Casus Belli

Me muevo y el roce ya es un calambre, como si tus muslos estuvieran conectados a la corriente eléctrica. Mi cuerpo se tensa y te miro, pero me llevo una gran decepción: duermes. De forma instintiva y torpe, vuelvo a repetir el movimiento anterior, pero ya no hay escalofrío. Te observo y descubro que hay alegría en tu dormir, y en mi fuero interno dos irreductibles debaten sobre si dejarte con Morfeo o arrancarte de sus garras. Acaba venciendo la opción más conservadora y noble. Mientras tanto, tu respiración marca el paso del tiempo. Bajo la mirada. Tus muslos, níveos y sedosos, descansan del esfuerzo. Ahora ya no parece que sostengan el mundo y eso me desconcierta.

En la oscuridad, tan solo corrompida por los primeros rayos del amanecer que se cuelan por la rendija de la persiana mal cerrada (las prisas, el amor sobrevenido, tus ingles furiosas, yo qué sé), también atisbo tu ceño, medio fruncido. ¿Seguirás soñando con el terciopelo de mis manos o un futuro turbio te acecha por las noches?

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El pasado / frase larga 2

Para G.

El pasado es irrevocable, pues ya pasó y, después de un lamento prolongado y necesario para extirpar el rumor, como el perro famélico que en una cuneta gime ante su soledad por morder la mano que le daba de comer, solo queda aprender de él, porque lo único que nos pertenece es el presente (ya, desafortunadamente, ni eso) y el futuro, lugares o momentos donde nuestra felicidad dependerá de cómo tratemos a esos impostores del pasado, a nuestros invencibles y sedientos fantasmas.

El arriesgado momento de convertirse en escritor

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Desde que descubrí la ingente y exquisita cantidad de entrevistas de la Paris Review que se realizó durante todo el Siglo XX a mis escritores más admirados, cada vez que entro en una biblioteca busco en la sección de “escritura” algún libro relacionado con la revista. Sé que están todas publicadas en Internet, pero el papel me sigue transmitiendo más sensaciones que la fría pantalla. Aquí en Monterrey, en México, no hay muchos, pero está mi querido El oficio de escritor de la editorial mexicana Era. Pues bien, a su lado, con un lomo verde oscuro, estaba apoyado una recopilación de entrevistas de la Paris Review a escritores latinoamericanos, justo lo que se echaba en falta en Writers at work. Están todos: desde un Borges ya ciego que apenas le queda por decir algo más de su obra que no haya dicho ya hasta un García Márquez pletórico y guasón, pasando por un Vargas-Llosa recién defenestrado de la política o un Cortázar con su majestuosa pedagogía a la hora de hablar de literatura.

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Las mujeres que querían atropellar al machismo

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Son las tres de la mañana y Silvia ya está llegando al punto de recogida de su próximo cliente. El viento mece los pocos árboles que flanquean la calle. Parece que va a llover. Tampoco hay mucha luz en Fundidora. Cuando ella lo ve en la esquina, sonriendo y con la cara levemente ladeada, murmura: no tiene buena pinta. Él se sube y le sonríe: “¿Tú eres Silvia, verdad?” Ella asiente. Cuando trabajas para Uber hay que ser lo más amable posible, son normas de la empresa. Durante el trayecto él la pregunta por qué no se sube a su casa cuando lleguen. Ella declina la propuesta. Él insiste. Alza la voz. Sigue leyendo

Yo (anotaciones)

Soy un hombre enfermo… soy un hombre rabioso. Miles de voces claman contra mí y me dirigen hacia el precipicio. Obedezco, avanzo. El ruido se eleva y sigo acercándome, inconsciente. Veo el río que corre abajo y me siento triste como una casa sin muebles. Era esto por lo que tantos hombres y mujeres se habían roto la cabeza, me digo. De repente, ya no escucho nada. Nadie me dice lo que tengo que hacer y no sé si tirarme o deshacer el camino andado y volver a perderme en la inmensidad de la jungla. Decido volver. No puede haber un Aquiles sin su Homero. Sigue leyendo