Arcadi Espada: “El periodismo no debe preocuparse de responder el porqué de nada”

Foto de Alejandro Menéndez / @Alejandro_MenmoPionero en incorporar el cientifismo al periodismo y a la vida pública, Arcadi Espada (Barcelona, 1957) es un periodista intelectual, principio de oxímoron. Es columnista en El Mundo y escritor, además de miembro de la plataforma Libres e Iguales y colaborador de debates en radio y en televisión. Ha hecho de todo en el periodismo. Alto y de elegancia afrancesada se presenta puntual en el hotel de las Letras, en la Gran Vía de Madrid. Rodeado de libros, Arcadi Espada se siente más cómodo, hasta el punto que ordena al camarero apagar la música porque “esto es una biblioteca”. La entrevista se produce un día de después del atentado en París contra la redacción de Charlie Hebdo. Cada pregunta relacionada con su profesión la escruta detenidamente, con paciencia. Muestra en su mirada cómo de importante ha sido, es y será el periodismo en su vida. Reconoce que llevaba tres años escribiendo todos los días y se ha cogido una semana de vacaciones que aprovecha para “leer, pasear y comer”. Hablamos sobre la situación actual del periodismo, sobre sus libros o sobre el panorama político actual. Durante nuestra conversación, en ningún momento Espada empaña la imagen que refleja como columnista: brillante, polémico y perspicaz.

¿Cuando empezó a escribir?

Yo empecé muy pronto. A los 17 años ya trabajaba en un periódico. Y además ganaba dinero. Poquísimo, simbólico. Pero ganaba.

Estudió Ciencias de la Información. ¿Qué opinión tiene de la universidad? ¿Cómo fue su formación?

No está mal aprovechar lo que dice. Esa idea que afirma “la universidad no sirve para nada”, depende con quién te encuentres. Yo tuve mala suerte porque tuve profesores que eran auténticas calamidades. Al contrario que en el Bachillerato, donde eran buenos. La de literatura era genial y me enseñó todo lo que sé. Le debo mi análisis y la comprensión de los textos. Si tienes suerte te encontrarás con personas a las que podrás y deberás escuchar. Puede darse en cualquier circunstancia: en un café, en un aula, entre unos amigos y en la universidad.

Se ha instalado una falsa creencia de que una foto o un dato es algo empírico, verdadero.

¿Ah, sí? ¿Pero quién lo dice?

Profesores, periodistas…

Hombre, sí, será cierto. Pero son profesores o periodistas estúpidos. Los argumentos de autoridad no me gustan. Las personas tienen que justificar lo que dicen, no por lo que son, sino por lo que saben. Por los textos, no por nada más. Ninguno estamos a salvo de no decir estupideces. Me parece una bobada sin mayor misterio.

Sin querer profundizar en los enfrentamientos que hubo entre Bauluz primero y Cercás después, lo que da a entender es: “Un periodista no puede alterar nada en la redacción del mensaje aunque de esa forma crea que facilite el mensaje de la realidad al receptor.

Un periodista no puede transformar la realidad. Vamos a ver. ¿Para facilitar el qué? Esto es como si tú me dijeras: “Un periodista no puede transformar la realidad para transmitir la realidad”. Hay dos sujetos aquí que se llaman “realidad”. Tienen que coincidir y ser lo mismo, porque si no qué es lo que se está transmitiendo. En el propio planteamiento de la pregunta está la respuesta.

Muchos periodistas lo hacen. Añadir aspectos ficticios que piensan que no modifican la realidad o que no son relevantes.

Estamos en lo de siempre. Los periodistas hacen muchas tonterías, como en cualquier otra profesión. Hay una cuestión que la gente se plantea pocas veces. Cuando una persona tiene una enfermedad grave, suele elegir al mejor especialista. Cree que lo que está en juego es importante. Sabe conscientemente que hay médicos buenos y malos. Y la mayoría son malos. Esto ocurre en todos los oficios. ¿Por qué no iba a pasar en el periodismo? El 90% de los periodistas no tienen interés. Tampoco lo tiene el 90% de los cocineros. Son gente que se dedica a hacer su trabajo, un oficio mecánico y a tareas subalternas: ponen una foto aquí, corrigen, editan un blog… ¿Por qué el 100% de los periodistas tienen que ser unos genios y decir cosas maravillosas? El 90% dice bobadas. Es natural.

Hace mucho hincapié en el cientifismo del periodismo. Todos los periodistas conocen a Tom Wolfe o a Truman Capote pero muy pocos a Hersey.

Sí, es cierto. Hersey no forma parte del canon… especialmente en España. Esto no ocurre en otros lados del mundo donde el oficio no es el pariente pobre de la literatura. En el top de los 100 libros de periodismo más importantes para la universidad de Nueva York, Wolfe aparece en el puesto 18 y Capote en el 22. Hersey en el número uno. Yo a Capote no lo pondría ni en el 99. Eso sí, en España suele pasar normalmente lo que ocurre en el resto del mundo, tampoco hay que ser dramáticos. No podemos aplicar ese racionamiento de una manera mecánica.

Dice que la labor del periodista no es dar respuestas porque no está en posición de explicar nada. Si algo demanda la sociedad actual son soluciones y respuestas.

El periodismo no tiene que dar respuestas a nada. Lo que tiene que hacer, como su oficio indica, son preguntas. El periodismo tiene que fijar el grado cero de los hechos y procurar algo básico. En eso que has citado antes de Bauluz, yo desarrollé -pese a que nunca se sabe porque en las polémicas ocurre como con el cerdo, que se aprovechan sobre todo cosas extraordinarias- una cierta teoría del hecho. Consistía en explicar lo que hizo Bauluz ahí. ¿Qué hizo? Aprovechar la lejanía del sujeto, el zoom y demás y recortar. ¿Qué ocurre cuando recortamos la realidad? Si alguna vez se quita ese zoom de la fotografía, el objetivo, y van apareciendo nuevos datos de la realidad, lo trascendental es que esos datos nuevos no contradigan el dato esencial. Aquello que tú enmarcaste. ¿Qué ocurría con Bauluz? Cuando se desampliaba la imagen veías aparecer policías, asistentes, ambulancias… Todo su planteamiento retórico y argumentativo habitual se iba al traste. La obligación del periodista es fijar ese núcleo esencial de verdad de los hechos, al cual tiene acceso. Tratar de que siempre, por mucho que se abra el objetivo, ese sintagma inicial siga siendo cierto. Tú puedes poner miles de añadidos a un sintagma esencial que es “Roma venció a Cartago”, pero no hay ningún sintagma añadido en toda la historia de la humanidad que desmienta ese sintagma oficial.

Hablando sobre fotografías, menciona en Periodismo Práctico el caso de Spencer Platt. Hizo una foto de un descapotable y de unos jóvenes en Beirut donde se veía el contraste entre ellos y los edificios derrumbados. Al final resulta que ellos eran los propietarios de la casa destruida. ¿El fotógrafo debe ser periodista?

El fotógrafo lo que no tiene es que mentir. Ni nadie. El que se dedica a las ficciones tampoco miente. Tú no puedes decir que Flaubert mentía en Madame Bobary. El patrón verdad-mentira no tiene sentido. Lo que debe hacer, ya que se sitúa en el terreo fáctico de los hechos, y no de las imaginaciones, es no mentir. Un fotógrafo cuando está haciendo ese tipo de trabajo tiene el mismo compromiso deontológico que el periodista.

Volviendo al tema del cientifismo, ¿hasta qué punto la rapidez en el servicio de la noticia nos hace consumir informaciones falsas por ser precipitadas?

Acostumbraba a decir en mis clases que cualquier periodista sería un genio si tuviera cinco minutos más de tiempo. Pero no los tenemos. Las cosas se han de acabar a una hora determinada. A veces en circunstancias difíciles, es cierto, pero forma parte de nuestro trabajo. Cuando un periodista pide “más tiempo”, me recuerda a un neurocirujano que se queja porque antes de operar le tiemblan las manos. “Oiga, pues no se dedique a la neurocirujía”. En el periodismo igual: si usted no sabe hacer las cosas bien y rápido, no se dedique a este oficio. Tiene que ser algo que o no le sea exigente o le permita hacer bobadas de una manera sistemática.

¿Por qué el why siempre remite al what?

Esa es la máxima. Ni la ciencia ni el periodismo se ocupan de eso. Ocuparse de por qué estamos aquí en este momento no tiene sentido. Hay tal cantidad de respuestas que no tiene mayor importancia. El periodismo es muy aficionado al porqué. Sobre todo porque tiene que dar la ilusión a la sociedad de que las cosas suceden por una causa y esa causa ellos la descubren en 24 horas. Hay un asesinato y dicen: “Mataron a la niña porque querían ser famosos”, un ejemplo que yo pongo mucho. Pero, ¿usted cómo sabe esto a las veinticuatro horas? La sociedad lo demanda y en realidad lo hacemos todos. La pregunta de por qué pasan las cosas es una cuestión que se repite siempre. Por ejemplo, en el ascensor: “Mari Sol ha abandonado a Javier” “¿Sí? ¿Por qué?”. Si esa pregunta uno se la toma en serio, es muy difícil de responder. El periodismo no es una conversación de ascensor. Tú no puedes tratar a los lectores como si fueran episódicos visitantes de tu casa que subieran durante un segundo y coincidieras con ellos. “Mari Sol lo ha abandonado porque se ha enamorado de otro” ¿Y, por qué se ha enamorado de otro? La mejor impugnación del porqué viene de los niños. Es alrededor de los 4 y 5 años. Constantemente se están cuestionando cosas. “¿Y papá, por qué pasa esto? ¿Por qué no lo otro?”. Al final papá se cansa y se calla o estampa al niño. Qué es lo máximo a lo que podemos llegar honradamente sobre la explicación de las cosas: el what. Intentar enriquecer al máximo tus conocimientos. El periodismo es una carrera de materiales. Cuando hago un reportaje, algo que solo hago en mis libros, -ya que los periódicos no lo pagan- y que duran años, yo me siento como una persona que va llevando paladas y paladas de materiales sobre un lugar donde hay un libro. Voy acumulando cosas. Las ordeno e intento que tengan una coherencia. Eso es el what. ¿Qué es lo que ha pasado? Que si lo haces bien esa pregunta de por qué pasan las cosas se desprende y al final encuentras la respuesta.

¿Qué importancia tiene la lectura en la formación de una persona? ¿Y en la de un periodista?

Esto de la lectura me interesa mucho porque se están produciendo cambios significativos. La gente está dejando de leer libros. Yo lo comprendo. Tenemos una capacidad limitada de absorción de información a lo largo del día, y la gente practica en pequeñas dosis homeopáticas muchas noticias. Procesa una cantidad enorme de datos: Twitter, el teléfono, las pantallas de la calle… Eso sí, leer un libro no es más difícil que leer un tuit. Me parece que la gente se fatiga por la emisión de tantos mensajes. El problema está en que el 90% de esos mensajes son idioteces. El dos mil por mil de lo que se publica en Twitter son bobadas y sandeces. Son una serie de chistes. Twitter es, muchas veces, como si tuvieras un chistoso al lado que te está contando chistes constantemente. A veces tienen gracia y otras no. Antes, nos planteábamos: “¿Quién coño inventa los chistes?” Ahora los tienes visibles. Se muere el Papa y al cabo de cinco minutos ya había un chiste corriendo misteriosamente por el éter. Cómo es posible. Pues estos tíos ya están localizados, pese a que pueda ser en el anonimato. El gracioso de turno que hacía reír a toda la barra del bar ahora lo escribe en el Twitter. Relaja mucho, pero fatiga la adquisición de conocimientos. Leer es imprescindible. Alguien que quiera ser periodista en serio, no un bobo, lo primero que tiene que hacer es limitar estruendosamente sus dosis homeopáticas. De una manera radical. A eso me puedo dedicar yo que soy un hombre mayor, serio y formado y al que las drogas no le hacen daño (risas). Pero un tierno joven que está expuesto a los miles de peligros que la humanidad provee no puede arriesgarse a que toda su inteligencia se consuma en una faena como Facebook, Twitter, Instagram… Son pérdidas de tiempo. Están provocando una formación de cierto bajón. Aun así sigo pensando que los periodistas están mejor formados que los que había en mi juventud y que dentro de veinte años estarán mejor que ahora. Creo en eso. De todas formas estoy seguro que hay un desaprovechamiento enorme de Internet para hacer cosas grandes. Internet te permite ser grande a una escala como la humanidad no ha conocido nunca. Internet te da la posibilidad de aprender chino en seis meses si eres una persona constante y obstinada. ¡Y encima sin pagar! Puedes convertirte en un superhombre a los veinte años. La paradoja es que facilita enormemente, por su facilidad, su comodidad y su laxitud, ser un ser liliputiense. Y al final, la mayor parte de la gente elige ser una persona pequeña.

Hay un discurso en la actualidad que afirma que el periodismo se está muriendo. Pero si ha habido una etapa de mayor difusión ha sido la actual.

Acabo de poner un tuit que dice “este oficio moribundo del periodismo. ¡Y que haya que rematarlo con tiros a la cabeza!” (risas). Es una cosa curiosa. Escribí en Periodismo Práctico: “Esto de la muerte del periodismo está muy bien, pero alguien tendrá que dar la noticia mañana de que ha muerto”. Me hace mucha gracia. El periodismo está más vivo que nunca. El problema es que se ha vuelto gratuito por un extraño mecanismo que demuestra cómo los cambios en las morfologías de las cosas afectan a sus contenidos. La crisis de los periódicos es muy preocupante. No solo para los periodistas porque ha habido otros oficios que han muerto y el mundo ha seguido funcionando. La paradoja del periodismo está en que alguien tiene que pensar en la evidencia de que mientras Facebook censura un artículo de El Mundo Today sobre Charlie Hebdo, en Francia entran unos tíos y matan a la redacción. ¿Desde el punto de vista del periodismo no provoca alguna reflexión? Se ha de meditar. El periodismo es un elemento esencial de la sociedad democrática. Cada vez más. Tan fundamental que el periodismo acabará siendo un servicio público protegido por el Estado porque, evidentemente, los ciudadanos acabarán reclamando un periodismo fuerte, jerárquicamente organizado.

¿Protegido por el Estado?

Bueno, protegido por los ciudadanos. A mí no me da miedo. El Estado protege el ballet o la televisión. Para mí el periodismo es como el agua corriente y la electricidad. No hay una sociedad imaginable que pueda vivir sin periodismo. No hay. Ni la concibo. No digo que no pueda existir para el resto, pero yo no la concibo. El periodismo tiene ese rango de servicio público. Cómo se solucione no es de mi incumbencia. Me da igual. Si el mercado es el que ha de regular su libertad o la han de regular organismos independientes pagados por los ciudadanos a través de los impuestos… Me da igual. Ese no es mi trabajo. Mi función es advertir que sin periodismo no hay democracia. No estoy diciendo redes sociales. Estoy diciendo periodismo en el sentido duro y hard de la palabra.

¿Qué es lo que ha ocurrido en los últimos diez años? Ha pasado la paradoja del crucigrama, algo que también ha ocurrido en las editoriales. La paradoja del crucigrama es que nosotros ya sospechábamos cuando hacíamos periódicos que efectivamente la gente no leía nuestras crónicas. Cuando yo trabajaba en El País, el periódico vendía los domingos un millón de ejemplares. De ese millón de personas a lo mejor mil, pongamos, me leían a mí o a otro y los artículos más allá de los titulares. El resto solo ojeaban, porque también sirve para eso el periódico. Para rellenar el crucigrama. Ese crucigrama financiaba mis columnas. Nunca hubiera podido, ni yo ni ninguno de los columnistas -ni el más leído, ni el más apreciado o el reportero más audaz- escribir sin esa financiación. Se mantenía en un discreto segundo plano. ¿Y qué ocurría en las editoriales? Más o menos lo mismo. Publicaban infinidad de libros que eran complemente deficitarios. Por ejemplo, Vargas Llosa antes de ser Nobel. Es un escritor que ha vendido pocos libros siempre, incluso ahora. La gente no lo sabe pero ha vendido pocos libros respecto al eco brutal que tiene su pluma y la calidad de su literatura. ¿Quién financiaba los enormes contratos de Vargas Llosa con las editoriales? Llega Alfaguara y le pone encima de la mesa un cheque en blanco. Pues Isabel Allende o Paulo Coelho. Estas personas salvaban a las editoriales y les permitía publicar libros menores. Sin ser deficitarios no permitían ganar dinero. Ese sistema cultural ha sido el dominante desde principios del siglo XX hasta hace unos años. ¿Ahora qué ha pasado?. Pues se ha instaurado la estúpida dictadura del click.. No puedes pagar a nadie por los clicks que tiene. ¿Por qué? Las personas que clickean no tienen todas el mismo valor. Lo mismo ocurre con los columnistas. Una cosa es ser muy leído y otra muy influyente. Puedes ser un hombre que da en cada columna cinco ideas y otra alguien que se limita en dar los tópicos al uso para masajear a su público.

Usted, en el programa Noches blancas de Sánchez Dragó en 2005 cuenta una anécdota curiosa de Karl Kraus. Descubrió que había escrito toda su vida porque había ganado una herencia.

¡Claro! Es verdad. Un rentista (risas).

Y no le gustó, ya que decía que usted escribe por dinero, como la gran mayoría de los columnistas.

No, no. La gran mayoría de los columnistas no. No he visto a ninguno que diga eso. Solo a mí. Todos se llenan de grandes propósitos. Mis contemporáneos tienen algunas ideas tremendas sobre este trabajo. Hay alguno incluso que dice que escribe porque lo necesita. Efectivamente, yo también lo necesito. Pero de forma económica. A mí esto de Kraus me decepciona mucho porque es mi líder. Si yo fuera rentista… Mira, llevaba tres años seguidos donde yo he escrito todos los días. Y esta semana me la he cogido de vacaciones, ya estaba harto. Y ahora estoy la mar de bien. Viviendo de una manera admirable. Entre mis próximos se creen que yo miento y esta afirmación es una coquetería y que me encanta escribir o meterme en líos. A mí lo que me gusta es comer, leer y pasear. Y las mujeres (risas).

El 14 de julio de 2011 usted escribe una columna muy peculiar donde narra un suceso con un masajista hombre y habla sobre la homosexualidad. Atlántida XXII. Solo salió en su blog.

Sí, es verdad. A mí no me gusta que me hagan masajes los hombres, qué lástima. Yo tengo un amigo que es gay desde hace dos siglos. De esos gays que si no le llamas maricón se enfada. Reivindicaba que era un maricón. Yo decía una cosa que, lo siento, pero me sigue pasando igual. Voy a decirlo con prudencia: a mí la pornografía gay no me molesta. Sí he visto dos imágenes pornográficas gays en mi vida. Aviso, no la consumo. Tengo que mantener mi imagen. Eso sí, dos gays besándose en la boca después de haberse casado… me provoca una sensación que no puedo reprimir. Yo estoy a favor del sexo gay pero del amor me cuesta más.

Usted, a la pregunta de por qué tenía el Twitter y el blog tan solo para los suscriptores contestó que “no hay en España nadie al que yo pueda interesar que no me conozca”. Sí se me ocurre alguien: la gente joven.

Yo tengo muchos lectores jóvenes. Muchísimos, creo. La cantidad de bobadas que se escriben sobre mí en las webs o en el Twitter es verdad que solo la pueden escribir gente muy joven. Eso es evidente. Estoy más o menos seguro de ambas afirmaciones. Recibo muchas cartas de jóvenes admirables que estudian, leen y me comentan cosas. Yo tengo muchos lectores jóvenes. Es más, creo que es una cierta anomalía. Yo, así donde me veis, tengo 57 años (risas). En fin, los llevo muy bien, estupendamente. De mi generación no creo que haya ningún otro que sea leído por tantos jóvenes como yo. Pero eso es una apreciación no científica. Me da la impresión.

¿Prefiere tener lectores jóvenes?

Ah, no. ¡A mí me da igual! Yo no pienso en los lectores.

Si no le ocurriría lo que le pasó a Camba con aquel lector de Guadalajara.

Maravilloso, cierto. “¡Si yo intereso a este señor…!” (risas). Esto es algo desagradable, la gente se molesta. Si dices esto te tachan de pedante. Creo que uno de los errores graves de un escritor es ponerse a pensar sobre los lectores. Si lo hace, ha fracasado. No lo he pensado jamás. Solamente escribo por dinero y para darme satisfacción. Ya que tengo que escribir, intento darme la mayor cuota posible de satisfacción debido a que tengo que dedicarme a este oficio árido y lamentable. Lo mejor para eso es escribir lo que uno quiera sin la censura ni de los poderes tradicionales ni de ese poder misterioso, invisible y más letal que es el de la opinión pública. El llamado “pueblo en armas”.

Me han dicho que le gusta mucho Camba, sobre todo por la forma en la que cierra sus artículos. Me extrañó porque es un tipo de escritura diferente.

Que sea una escritura muy diferente no estoy del todo seguro. Aun así puede ser. En cualquier caso no sería óbice: uno admira siempre a lo que no puede llegar. Se emperra en hacer lo que no está a su alcance. Muchas veces me gustaría seguir al pie de la letra los consejos que yo doy al resto. Yo creo que estos son mucho más afortunados que mi propia escritura. Espero que esta modestia la aprecie el público. Camba es uno de los mejores escritores del siglo XX español. Es un escritor poderoso sobre todo porque tenía el arte de la geometría. Se está perdiendo esa característica, hoy en día en Internet el formato ha desaparecido. La gente ahora viste en chándal, ¿no? Ropas cómodas. Es un error gravísimo. La gente, y en especial las mujeres, deberían recuperar un cierto gusto por la incomodidad y los límites. El formato. El hecho de que tengas que meter esas ideas en una columna y tengas que meter tantas palabras y ni una más, eso para el escritor es bueno. También lo es para la vida: conocer que existen límites. No llevar esa vida floja de chándal, de prendas sistemáticamente holgadas que hacen perder la elegancia y el respeto a uno mismo.

De Camba a Ferlosio. “Raval no puede entenderse como una novela”. A finales de la década de los noventa Ferlosio escribió un artículo sobre ti.

Sí, quizá lo mejor que se ha escrito sobre mí. Por dos cosas: es una crítica muy profunda y lúcida de Raval y después porque Ferlosio es lo máximo. A veces pienso en mi futuro epitafio: “Arcadi Espada… vivió 150 años y fue alabado por Ferlosio” (risas).

¿Orwell o Montanelli?

El italiano me ha influido menos. Hice una selección de artículos para una edición de Espasa que me gustó mucho y un prólogo. Me parece un enorme escritor, eso sí. Un tío con los cojones bien puestos, eso me gusta. Solo hay que ver cómo reaccionó cuando le dispararon las Brigadas Rojas. Orwell sí, más. Su escritura es la que me gustaría practicar y solo lo consigo a veces. Limpia, clara y sin metáforas y sin esa especie de cucarachas de la prosa. En Orwell es inexorable reparar en su actitud moral: un hombre que llega de la izquierda, aterriza a España y escribe Homenaje a Cataluña… es uno de los libros poco absurdos que recomendaría sin cesar a la gente. Me parece que es una persona bastante apreciable.

Conoce a Robert Redeker, tengo entendido. ¿Continúa hablando con él? Sigue en paradero desconocido. (Fue autor de la frase: Jesus is a master of love, Muhammad is a master of hate”.

Imagínate Robert ahora, hoy. Por eso mismo. Tengo pensado escribirle hoy, a ver qué tal está.

Volviendo al tema del periodismo, insiste mucho en la objetividad. Aun así la gran mayoría sigue afirmando que no existe.

Pero eso lo dice gente que no ha pensado en las cosas. La objetividad y su definición es muy simple: la posibilidad de describir el mundo al margen de tus convicciones. Ves un crimen y lo explicas. Yo he tenido que practicarlo mucho porque me dedico al periodismo de opinión, bueno, como tal eso no existe porque el periodismo es información. La opinión es barata y eso no lo quieren los periódicos. En una opinión también es necesaria la objetividad. Me permite a mí, que colaboré en la fundación de un partido político en mi etapa de urgencias -cada tantos años o meses vivo urgencias civiles y me parece que cualquier otra persona a veces debe intervenir en el ámbito público más de lo que ha hecho hasta ahora- es que si colaboras y ves que ese partido después de unos meses empieza a hacer gilipolleces pues lo escribes. La objetividad es muy simple: usted describe el mundo. Qué más da que usted crea que la culpa la tiene el asesino o la víctima. Explique cómo lo ha matado y ya está. Yo parto de una formación más o menos autodidacta pero muy cientifista. Todos los científicos del mundo saben que la objetividad existe y que los fenómenos pueden ser descritos en circunstancias habituales. La objetividad existe, lo sabe todo el mundo, lo ves cuando baja un autobús a 200 por hora por tu calle y tú estás en la calzada. En vez de quedarte quieto subes a la acera. Si la objetividad no existiera tú dirías: “Ah, no. Esto es relativo. Vamos a ver qué pasa” (risas). Pueden probarlo siempre los partidarios del subjetivismo. Que hagan la prueba.

¿Esta entrevista se la concedemos a usted o usted nos la concede a nosotros?

No, no. Esto ya lo he escrito yo. Yo a vosotros.

Sí, en Periodismo Práctico. Entonces, ¿es normal que no le hayan concedido ninguna entrevista a Rajoy? Entiéndase que el culpable aquí es el complemento directo.

Bueno, ellos sabrán (risas).

En ese mismo libro cuenta cómo John Lee Anderson, en La caída de Bagdad, va entrando en hospitales y ve que todo es un horror. Al final el propio periodista, reconoce que llora. La mejor definición que le he leído a usted sobre un periodista es que tiene que ser una persona muy fría.

Creo que lo que no pueden hacer las lágrimas es lo que decía Tagore en esa frase tan conocida: “Las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”, o algo así. En mi juventud todos los fumados iban repitiendo esa frase (risas). Los periodistas son hombres y están sujetos a las mismas pasiones que los demás. A mí se me han saltado muchas veces en mi trabajo, por ejemplo, escribiendo Raval. El más duro que he escrito. Lo importante es que las lágrimas te dejen ver las estrellas. Si te empañan la visión o si te dedicas a la descripción de tus lágrimas estás haciendo mal tu trabajo.

Escribió un artículo, antes de empezar con Factual, que se llamaba “El contrato Factual”. Parece casi el código deontológico que se debe aprender cualquier aspirante a periodista.

Estoy muy orgulloso de eso. Bueno, de mi trabajo de lo que más orgulloso estoy es de dos cosas. Una de ellas es de un titular que hice en el diario El País, cuando estaba relegado a la sección de local y era Navidad. Estaba picando teletipos y había que escribir una noticia con la llegada de los reyes. Me sentía… en aquella época yo ya había empezado a escribir columnas. Tenía pretensiones. Me castigaron por razones que no vienen al caso. Ese día escribí un titular que decía: “Los Reyes Magos llegan a Barcelona, según fuentes municipales”. Me contó el director que habían estado dos horas pensando si lo publicaban o no (risas). Tampoco creo que mereciera tanto. Por suerte lo dejaron pasar y ahí está en las hemerotecas. Ese titular ha sido la cima de mi profesión. La otra es Factual. Es un producto periodístico no superado. Me gusta porque la gente, cuando lea esta entrevista se reirá: “Un producto no superado y duró quince días…”. Esto a mí me suda la polla (risas). Factual me llevó dos años de mi vida. Trabajé dos años y tres meses y empleé mucho dinero ahí, tiempo y energía. Estoy muy satisfecho porque creo, sinceramente, que es un producto periodístico hoy en día no superado y que han sido copiado algunos de sus armatostes. Representó para mí la síntesis de todo lo que yo sabía en aquel momento del periodismo. Un producto periodístico no superado y seguramente se tarde en superar, porque estaba muy bien hecho. Tenía una morfología maravillosa, inteligente y estaba hecho por personas muy preparadas. Había una sección de escritura fantástica y teníamos un punto de vista de las cosas. La posibilidad de llevar a la práctica estas teorías del what y del why fue sublime. Lo pusimos en marcha y fue efímero, apenas unas semanas. Para más inri, hay algo que lo ha hecho más legendario: ha desaparecido. Por un error absurdo de aquella empresa un día borraron todos los materiales y no se puede encontrar nada. En el último número de Factual conmigo como director sale en portada Steve Jobs y la presentación del Ipad. Factual estaba hecho como el Ipad: un periódico horizontal y además esa especie de Twitter actualizado, avant la lettre y enriquecido que nosotros llamábamos F5. Como un teletipo que además explicaba el making off de cómo los periodistas iban a trabajar la noticia, algo maravilloso. Todos aquellos que trabajaron en Factual seguramente tienen una gran frustración sobre el salario -yo nunca cobré-, pero estoy seguro que dirán que trabajar en aquel periódico era una adicción. Heroína en vena. Tuvo éxito. Mil suscriptores en las primeras tres semanas que pagaban cincuenta euros al año. Hubiera sido un producto de gran éxito si hubiéramos tenido dinero, pero nos pasó como a España: creímos que lo teníamos y no, no era así.

¿Volvería a ser director de un periódico?

De Factual sí. Creo que no tengo buen carácter para dirigir equipos pero soy capaz de rodearme de personas encantadoras que lo haces. Además tampoco es verdad que no tenga buen carácter. Por supuesto que lo haría y con interés, pero se necesita dinero.

España es un país pueril”, “en España tenemos problemas con nuestra memoria histórica” o “somos un país terriblemente maniqueo”. Estas afirmaciones suyas después de la publicación de su libro En nombre de Franco, ¿tienen algo que ver con la cercanía en el tiempo de la Guerra Civil?

A mí me molesta un poco ese tono de esa idea que dice que España tiene características muy peculiares. No me gusta lo de “en España pasa esto y mientras tanto en el mundo lo contrario”. Quizá haya una excepción en esta uniformidad, respecto a la Guerra Civil. Tiene una guerra muy cercana en el tiempo. Además una guerra que es una fuente de negocio y es la principal industria de negocio del país. Ahora va a salir una edición en italiano de En nombre de Franco (L’autentica impostura). A ver qué tal se lo toman allí.

La historia la escriben los vencedores, pero en la Guerra Civil no fue así. ¿Por qué?

Exacto. La mejor crónica de la Guerra Civil la escribieron los vencidos. Y eso es muy revelador. Después de dos o tres años de euforia, son los vencidos quien escriben sobre la guerra. Por ejemplo, el pobre Zapatero. Digo pobre porque cada vez me inspira sentimientos más cercanos a la piedad. Es una cosa terrible. Yo escribo una columna en El Mundo ( ENLAZAR http://www.elmundo.es/opinion/2015/01/07/54ad9c90e2704e0d398b4574.html ) sin saber que él va a escribir lo mismo pero peor. El periódico es una suma de asociaciones y de ecos entre columnistas. A veces son azarosos, otras no. Hoy, por ejemplo, ha sido casualidad. Nadie me informó de que Zapatero iba a escribir ese artículo. Es más, deberían habérmelo dicho. (le preguntamos sobre ella y nos contesta que eso le pasa a la gente joven por no leer el periódico) Eso sí, he tenido suerte. Su columna confirma todas las tesis que yo escribía, es más, ¡las amplifica! (risas). Es tremendo. Es bobo hasta unos extremos que no entiendo. Lo conozco y es un hombre encantador y amable pero no sé… ¿Señor expresidente, puedo hacer algo por usted? Yo le escribo sus artículos gratis si quiere. No he hecho nada gratis en mi vida, pero sería capaz. Vamos, es increíble… Tampoco quiero que suene pedante pero es tremendo. Él es el que mejor ejemplifica esa historia de que la izquierda todavía quiere ganar la Guerra, a pesar de haberla escrito.

¿Cuando dice periódico se refiere al papel o también a las webs?

Yo distingo entre las webs noticiosas y los periódicos. Considero que Orbyt es un producto maravilloso. La versión de Le Monde en papel son simples PDF que no han evolucionado como han tenido que evolucionar. En un Ipad, el periódico se ve mucho mejor que en papel. La gente se cree que el periódico son materiales donde se escriben cosas. Son obras intelectuales y donde, sobre todo, hay un guion del día. Un periódico le dice a una persona: esto es lo que tienes que leer. Ahora la tontería animalista de las redes sociales: “Nosotros ya seremos quién decidiremos sobre qué leemos” Usted es tonto, no decide nada. Lo que tiene que hacer es aprender y para eso tiene que dejar que le digan lo que tiene que leer. Luego usted elija. Un periódico es un guion del mundo.

Le preguntan muy poco o nada por un libro que sacó para Ipad con varios compañeros que se llama Cenizas sobre la vida europea de Josep Pla, cuya protagonista es Aly Herscovitz.

Yo he luchado toda mi vida por decir que no hay libros digitales. Son fotocopias. Hice uno con un grupo de amigos y nos gastamos todo. Yo en ese libro me he gastado todo mi dinero. En Factual y en ese libro me he arruinado. Esto mismo intentaba explicarle a mi inspector de Hacienda ya que me obligaba a pagar más dinero. Y encima le pagué. Vendimos 70. ¡70! El que más vendí fue Contra Cataluña, en torno a los 15.000, para que te hagas una idea. Yo no hago perder dinero a mis editores en general. Cuando tú te metes en un proyecto digital y que además eres tú el que lo financias, no lo lee nadie. Fue un trabajo impresionante de cinco personas que estaban en varias partes del mundo, un descubrimiento de una mujer de la que no se sabía nada, su vida… Nadie lo compra porque vale 19 euros. Yo tuve ofertas de varias editoriales para publicarlo en papel, pero no me dio la gana. Había concebido ese libro para un formato digital. Otros me decían: “Hombre, pero si no lo vendes, ponlo gratis”. No me da la gana.

¿En qué momento surge la idea de investigar a una mujer aparentemente normal?

Estábamos Sergio Campos y yo un día en Berlín y me llevó a ver el monumento del Holocausto. Había una base de datos sobre víctimas. Yo, que siempre llevo a Pla en la cabeza, me acordé de Aly Herscovitz. Busqué su nombre y no lo encontramos. Se lo dije a Sergio y a la vuelta nos pusimos a investigar. Se unieron varios en distintas partes del mundo: Eugenia Codina, Pericay… fue maravilloso. En Budapest, Sudáfrica, Mallorca, Barcelona…

A veces ocurre que confundo un cabaret con un crematorio”. ¿Qué le sugiere?

Es Roth, ¿no? Ahora estoy leyendo las cartas que tuvo con Zweig. Esa historia que cuenta de que tenía los niños en el jardincito y había un crematorio cerca. Me parece que esa frase es uno de los relampágos de Roth… un verso genial.

Dijo en una entrevista que no hay un límite entre la guerra y el terrorismo. ¿Ninguna acción de guerra es un acto de justicia?

Hay algo de verdad aunque hay que dotar a esa frase de cierto contexto. Cualquier guerra es un fracaso. Eso sí, a veces hay que ir a la guerra. Es como los toros. Hay gente que dice “es una poesía, es una maravilla”. No exageremos. Los toros es algo que no hay que defender. Todo lo que hacemos en la vida no tiene por qué ser defendible moralmente. Muchos placeres son así. “Usted se está comiendo el foie que la pobre oca…” Sí, lo siento mucho, me gusta el foie, qué voy a hacer. En un plano moral, la guerra a veces hay que hacerla. No quiere decir que uno tenga que ir a la guerra contento y satisfecho. Siempre pongo el mismo ejemplo, sobre un incidente que hubo en un vagón de metro. Las cámaras registraron cómo un matón empezaba a apalear a una chica y había más gente en el vagón que no hizo nada. Todo el mundo no paraba de decir que eran unos cobardes. Y sí. Es verdad. Pero la gente tiene derecho a ser cobarde. Yo me planteaba. “¿Qué hubiera hecho yo?” No sé qué hubiera hecho. Pero sí sé qué pensaría en ese momento: “Qué mala suerte. Ahora te vas a tener que levantar (se levanta del sillón y se arremanga), vas a tener que ir al gigante este de dos metros e intentar darle una patada en los cojones. No se la vas a poder dar y te va a machacar. Qué putada. ¿Pero qué vas a hacer? La vida es eso. Pues vas a la guerra. Hay que ir. El matón no se puede salir con la suya.

¿El progreso casi más absoluto llegará cuando se deje de matar en “nombre de”?

Sí, es una manera de verlo. El progreso absoluto es un oxímoron porque el progreso es parcial, está amenazado y no es uniforme. En algunas cosas se retrocede. Pero sí, estoy dispuesto a comprarlo.

En cuanto a la política, usted está metido en la plataforma de Libres e Iguales, que defiende la unidad de España, el Estado de Derecho…

Bueno, Libres e Iguales defiende la unidad de España por supuesto pero defiende algo más importante, la democracia.

Escribió un artículo que decía que los nacionalistas son los primeros responsables del grave conflicto español, pero no los más importantes. ¿Quiénes son?

El resto de españoles no nacionalistas. Aquellos que no han sabido defender y plantar cara al elemento de deslealtad más lealtad con el que se ha encontrado la democracia. Libres e Iguales nace para intentar concienciar de eso mismo a los españoles.

Para mantener la democracia, ¿quiénes son los adultos que han de hacerse con el mando de la televisión?

Nosotros. Primero, los que no somos nacionalistas. Ser nacionalista es algo que se debería llevar oculto. Como una enfermedad. Con una gran resignación. “Bueno, soy nacionalista, pero estoy en trance de curarme”, algo parecido exagerando un poco con lo de “No mira, es que yo soy pederasta y me gustan los niños, qué voy a hacer. Lo siento. Cástrenme”. Ser nacionalista es algo que debería llevarse con una gran vergüenza. Lo digo en serio. Y no exhibiéndolo como si fuera algo distinto de lo que es: una de las miserias del ser humano. Con el comunismo pasa lo mismo: ¿Qué les ha pasado a estos muchachos neovenezolanos que se van a presentar a las elecciones? A esta especie de Jesucristo salvador que tenemos con coleta. Poco a poco están diciendo que ya no son comunistas. Pero yo lo entiendo, yo defiendo este paso atrás. ¿Pero cómo alguien que es responsable de la mayor y peor matanza de la historia de la humanidad -fue hecha en nombre del bien y de la fraternidad, por lo menos los nazis tuvieron la decencia de decir que se iban a cargar media humanidad que les molestaba- puede ser comunista? Lo único que se puede ser en esta vida para ser decente, a parte de ser del Real Madrid, es aquello que decía Manuel Chaves en el prólogo de Sangre y fuego: “Yo soy un pequeño burgués liberal”. Eso es lo más decente que se puede ser en este mundo hoy.

Procura siempre que los que te llamen fascista sea un grupo de niñatos subvencionados: no sabes cómo rejuvenece”.

En Cataluña ha pasado algo muy interesante, igual que ocurrió en Alemania: los que te increpaban en la calle eran los mismos que gobernaban. El poder de la calle y de las instituciones está en manos de los mismos, todavía. Esa sensación de estar en poder de esa gentuza, es una de las sensaciones más deplorables que yo he vivido.

Los que han querido hacer la revolución en España están muertos o en la cárcel”.

¿Eso quién lo dice?

Usted, a colación de ETA.

Cierto. La gente no se da cuenta es que la democracia y el Estado de Derecho es el final de la revolución. Yo estoy muy orgulloso de esta reflexión mía. Estos ignorantes de Podéis no saben que su planteamiento es completamente anacrónico. La democracia acaba con la revolución sin contemplaciones. De tal modo que si tú quieres hacer la revolución tendrás que acabar con la democracia. Tiene una característica: nunca empieza de cero. Jamás. El pobre de Zapatero creía que él empezaba con la democracia, que él era la Transición. Estos chicos de Podéis hacen exactamente lo mismo. Ellos creen que el sistema, el sistema… no, usted está profundamente equivocado. La revolución acaba con la democracia.

No concibe usted un sistema superior a la democracia?

No, porque es que no creo en Dios (risas).

Savater dice que el voto debería ser obligatorio. ¿Qué opina?

Es una idea razonable. Escribí una columna sobre ello. Yo no lo tengo claro: lunes, miércoles y viernes pienso que sí, martes, jueves y sábado me opongo. Y el domingo descanso.

Usted ha escrito sobre el error de UPyD tras la llegada de Podemos.

Hay un alma populista en UPyD muy peligrosa que es Podéis. Muchos de UPyD se irían allí mañana. Efectivamente, pienso que la aparición de Podéis debería de haber limitado la exaltación populista de la facción de UPyD y ha ocurrido lo contrario. Ha subido. “Nos quitan espacio político, vamos a ser más populistas”. Y eso no me ha gustado. Yo contra lo que siempre lucharé y estoy en pleno desacuerdo es con eso que se llama “la gente” o el pueblo”. Abstracciones absolutamente letales que nos pervierten. Me gustaría escribir un libro y lo voy a hacer que lleve en su primera frase aquello que escribió Hayek, “para todos los socialistas del mundo” en Camino de servidumbre pero que ponga “contra los reaccionarios de todos los partidos”. En el fondo la lucha es siempre entre el progreso y la reacción. Los reaccionarios de izquierdas tienen una desventaja y un factor peligroso respecto a los reaccionarios de derechas. Y es que la izquierda siempre se asocia con el progreso y sus reaccionarios pasan mucho más inadvertidos. Es falso. Muchas de sus ideas son antiprogresistas. Sobre la naturaleza humana o sobre el mérito son retrógradas. Contra lo que estoy es contra esos reaccionarios, que están en todos los partidos tanto de derechas como de izquierdas.

Entrevista realizada para la Revista Highway.

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