Hiroshima

“Decidió que lo único que podía hacer era evitar que la gente muriera desangrada. Poco después había pacientes acuclillados sobre el suelo de la sala, en los laboratorios y en todas las otras habitaciones, y en los corredores, y en las escaleras, y en el zaguán de entrada, y bajo la puerta cochera, y sobre las escaleras de piedra del frente, y en la entrada, y en el patio, y a lo largo de varias manzanas en ambas direcciones de la calle. Los heridos ayudaban a los mutilados; familiares desfigurados se apoyaban los unos en los otros. Muchos vomitaban”.

Hiroshima, de John Hersey.

El día que se perdió la causa del pueblo

“Daniel ni había sido fascista ni había pertenecido a un sindicato amarillo. Se había limitado a desconocer y desacatar las organizaciones proletarias de la lucha de clases, a no secundar las huelgas y a procurarse mejoras económicas haciendo horas extraordinarias en la fábrica. Daniel siempre había sido el enemigo de la organización. Pero, a pesar de todo, era indiscutiblemente un obrero, un proletario ciento por ciento […] ¿Tenían derecho a condenarle quienes en nombre del proletariado hacían la revolución y administraban la justicia revolucionaria?

Todos, en el fondo de su conciencia, sabían que no.

Le condenaron, sin embargo ¿Por qué? Por lo mismo que condenaban antes a la burguesía: por miedo a la libertad. El miedo odioso del sectario al hombre libre e independiente. ¡Fue una lástima! El día en el que el consejo obrero expulsó del taller al obrerio tornero Daniel, se perdió la causa del pueblo. Los cañones del ejército sublevado martilleaban inútilmente las trincheras de Madrid; los aviones italianos y alemanes asesinaban en vano mujeres y niños. Pero la causa del pueblo se había perdido por este sencillo hecho. Porque el consejo obrero de una fábrica había tomado el acuerdo de expulsar a un obrero por el delito de haber defendido la libertad”.

A sangre y fuego, Manuel Chaves Nogales (Ed: Asteroide).

La verdad (del periodismo)

¿Cuál es el deber del periodismo?

“Esto es, aguardar en silencio la hora de la verdad; y si esto es así para la información relacionada con la judicatura, por qué no habría de regir la misma práctica en todos aquellos territorios de la noticia donde fulge y dictamina el lapidario titular, los deportes, la economía o la política, allí donde tarde o temprano llegue la hora de la verdad y con ella la dolorosa certeza de que el mejor periodismo es el que espera, devoto y mudo, que la verdad le caiga como una hostia”.

Arcadi Espada, Diarios (ed: Espasa).