Las mujeres que querían atropellar al machismo

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Son las tres de la mañana y Silvia ya está llegando al punto de recogida de su próximo cliente. El viento mece los pocos árboles que flanquean la calle. Parece que va a llover. Tampoco hay mucha luz en Fundidora. Cuando ella lo ve en la esquina, sonriendo y con la cara levemente ladeada, murmura: no tiene buena pinta. Él se sube y le sonríe: “¿Tú eres Silvia, verdad?” Ella asiente. Cuando trabajas para Uber hay que ser lo más amable posible, son normas de la empresa. Durante el trayecto él la pregunta por qué no se sube a su casa cuando lleguen. Ella declina la propuesta. Él insiste. Alza la voz. Sigue leyendo