El arriesgado momento de convertirse en escritor

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Desde que descubrí la ingente y exquisita cantidad de entrevistas de la Paris Review que se realizó durante todo el Siglo XX a mis escritores más admirados, cada vez que entro en una biblioteca busco en la sección de “escritura” algún libro relacionado con la revista. Sé que están todas publicadas en Internet, pero el papel me sigue transmitiendo más sensaciones que la fría pantalla. Aquí en Monterrey, en México, no hay muchos, pero está mi querido El oficio de escritor de la editorial mexicana Era. Pues bien, a su lado, con un lomo verde oscuro, estaba apoyado una recopilación de entrevistas de la Paris Review a escritores latinoamericanos, justo lo que se echaba en falta en Writers at work. Están todos: desde un Borges ya ciego que apenas le queda por decir algo más de su obra que no haya dicho ya hasta un García Márquez pletórico y guasón, pasando por un Vargas-Llosa recién defenestrado de la política o un Cortázar con su majestuosa pedagogía a la hora de hablar de literatura.

A la Paris Review la conocí con 18 años, la primera vez que tuve el valor de sentarme en frente de Arcadi Espada. La descubrí porque, preparando la entrevista, vi que Espada lo citaba en su libro Diarios como una de las mejores recopilaciones de entrevistas con escritores. Nada más acabar la conversación en el Hotel de las Letras fui corriendo a casa a buscar por Amazon el libro. Solo quedaba de segunda mano y lo compré por casi 30 euros. Por aquel entonces yo veía a los escritores como seres de otro planeta, dispuestos a contarme el verdadero secreto de cómo convertirse en Tolstoi o Hemingway, las figuras que yo admiraba en aquella época. Cuando me leí todas las entrevistas de los escritores que conocía (Faulkner, Hemingway, Capote, Henry Miller, Huxley, Eliot) quedé algo decepcionado. Sí, daban consejos para los escritores primerizos, pero no había ningún tipo de pócima, ni siquiera una lista de 10 o 20 libros que me introdujeran en el verdadero oficio de escritor. Pero lo más flagrante no era eso, sino que además los propios escritores discutían entre sí sobre las mejores circunstancias para escribir. ¡Qué suplicio! ¿A quién debía hacer caso? ¿Debía orientar mi juventud hacia un camino de excesos, intentando poner mi vida a la altura de mi futura obra, o por el contrario tenía que encerrarme y no parar de escribir, aunque trabajara en un burdel como Faulkner? ¿Tendría que drogarme para alcanzar una mayor percepción artística de las cosas? ¿Cómo podía escribir si yo tenía una vida apacible, y al final la obra de un escritor no es nada más que lo que ha vivido? Esto me enfrentaba a un dilema: tenía que vivir cosas. Todo fueron dudas y pesadumbre, pese a que yo apuntara esos consejos como un humanista a punto de conseguir la inmortalidad.

Han pasado casi tres años desde entonces y aún seguimos a lomos de gigantes sin atrevernos a luchar en campo abierto, aunque con la falta de ingenuidad que te van deparando los años. Pese a saber ya que mi ambición excede de sobra a mi talento, prosigo en mi búsqueda, por fin sabiendo que el trabajo del escritor no es fácil ni viene de la inspiración. Que aquello que pensaba como boutades de los escritores de que el 99% de sus libros era esfuerzo y trabajo resultó ser totalmente cierto y que, aunque no cabe duda del inmenso talento innato de la mayoría, las miles de horas de lecturas previas han sido causalidad y no casualidad en su éxito.

Uno no aprende a escribir, pienso, hasta que no se lee todo lo que se ha hecho hasta la fecha y después se sienta a imitarlos. No de una forma intencionada, (imitar de forma consciente es fracasar) sino a través de retazos que se quedan en tu cabeza, de frases que aún colean como espermatozoides y que, encajadas, conforman toda una obra. Esto no me lo han enseñado las entrevistas a escritores en las que creía que podría encontrar la solución a mis problemas, ansias y vértigos, sino cada uno de los fracasos que amontono y que seguiré amontonando cada vez que escribo. Digo todo esto a colación de las palabras de Vargas-Llosa sobre el momento de convertirse en escritor. Cuando lo leía, se me abrían miles de puertas como si un fuerte ventanal hubiera invadido mi cabeza, revelándome que la única verdad no se encuentra en ningún erudito, sino en el riesgo personal al que uno es capaz de enfrentarse.

 

Vargas-Llosa:

“{…} en ese momento decidí ocuparme por entero a la literatura. {…} Creo que esa decisión marcó un hito en mi vida, porque desde entonces tuve poder para escribir. {…}

Creo que la elección de un escritor, cuando decide dedicarse por entero a su trabajo, poner todo al servicio de la literatura en vez de relegarla a otras consideraciones, creo que esa elección es absolutamente crucial. Algunas personas creen que la literatura es una actividad complementaria o decorativa dentro de una vida dedicada a otras cosas {…} En esos casos se produce un bloqueo, la literatura se venga y no permite escribir con libertad, audacia ni originalidad”.

Confesiones de escritores (Paris Review), Editorial Ateneo

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