Arcadi Espada: “Tengo que escribir muchas cosas al día y tengo prisa. No me puedo permitir el lujo de ser pedagógico”

Hace un año estuve charlando con Arcadi Espada sobre su juventud, su obra y sus influencias literarias. La entrevista iba a publicarse en un proyecto de conversaciones con escritores, pero finalmente decidimos incluir solo a novelistas y poetas.

 

Pregunta: Su primera obra fue Ibiza, una guía turística.

Respuesta: Fue un encargo de un amigo que tenía contactos con una editorial que estaba conectada con el Ministerio de Turismo. Buscaban personas que estuvieran dispuestas a estar unos meses en distintos lugares. Me lo ofreció y yo acepté, haciéndolo con mi mujer de entonces.

¿Y leyó a la Generación Beat?

¡Sí! Me acuerdo que tuve que leer a Ginsberg. Hasta leí cosas de extraterrestres. Yo me lo pasé genial haciendo parte de ese libro, pero decir que ha sido una obra mía es un poco excesivo.

Uno de sus autores favoritos es Léautaud, en cuya lápida se puede leer: “escritor francés… extraño a toda fe y a toda inquietud filosófica”. Usted en el libro En nombre de Franco se describe como un joven que no tenía ninguna inquietud.

Esto es complicado de explicar. Hay dos maneras de ser joven. Una es contraindicada y la llevan a cabo esos adolescentes que van dando vueltas en espiral a la inquietud filosófica. Pueden ser personas muy inteligentes y muy bien formadas pero no logran insertarse bien en el ambiente. Siempre están divagando, aunque luego hagan obras maestras. Tienen una vida generalmente infeliz. Yo no. Yo fui un adolescente que miraba siempre hacia delante. Yo seguía mi camino y no me preocupaba ni por la muerte ni por esas cosas que los adolescentes se preocupan. Sigue leyendo

Discriminación en las discotecas: cómo combatir sin carteles el machismo

Mi padre vive en China desde hace siete años. Primero estuvo en Shanghai y después se movió a Pekín. He ido varias veces a verlo y la última fue hace dos veranos, con dos amigos. Nada más llegar decidimos salir de fiesta, porque mis hermanos me habían hablado muy bien de la noche en China. Nos fuimos a Sanlitum, la calle de Pekín donde están las discotecas más famosas. Allí, un chino vestido de traje nos paró para invitarnos a una nueva sala que acababan de abrir. No nos fiamos nada, pero decidimos ir. Cuando entramos, alucinamos. No nos había mentido. La discoteca era enorme, repleta de luces y de gente. El chino sacó tres pulseras y nos las dio para que tuviéramos alcohol gratis. En ese momento nos sentimos estúpidamente orgullosos de ser europeos. La barra de la discoteca estaba repleta de jóvenes como nosotros, personas entre 20 y 30 años que eran occidentales y que llevaban la pulsera amarilla fosforescente. ¿Y los chinos? Ellos estaban en los reservados, bebiendo Moët & Chandon y mirándonos con una sonrisa en la boca. Yo pedí copa tras copa, contentísimo por no tener que pagar. Pero al volver a casa, pensando en el tema, me di cuenta de lo obvio. Nos habían utilizado, decorando la barra de la discoteca para que los chinos, niños ricos, estuvieran contentos. Y ese día comprendí lo que tanto me había costado entender cuando empecé a estudiar economía: si te ofrecen gratis un servicio es que el producto eres tú.

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