Discriminación en las discotecas: cómo combatir sin carteles el machismo

Mi padre vive en China desde hace siete años. Primero estuvo en Shanghai y después se movió a Pekín. He ido varias veces a verlo y la última fue hace dos veranos, con dos amigos. Nada más llegar decidimos salir de fiesta, porque mis hermanos me habían hablado muy bien de la noche en China. Nos fuimos a Sanlitum, la calle de Pekín donde están las discotecas más famosas. Allí, un chino vestido de traje nos paró para invitarnos a una nueva sala que acababan de abrir. No nos fiamos nada, pero decidimos ir. Cuando entramos, alucinamos. No nos había mentido. La discoteca era enorme, repleta de luces y de gente. El chino sacó tres pulseras y nos las dio para que tuviéramos alcohol gratis. En ese momento nos sentimos estúpidamente orgullosos de ser europeos. La barra de la discoteca estaba repleta de jóvenes como nosotros, personas entre 20 y 30 años que eran occidentales y que llevaban la pulsera amarilla fosforescente. ¿Y los chinos? Ellos estaban en los reservados, bebiendo Moët & Chandon y mirándonos con una sonrisa en la boca. Yo pedí copa tras copa, contentísimo por no tener que pagar. Pero al volver a casa, pensando en el tema, me di cuenta de lo obvio. Nos habían utilizado, decorando la barra de la discoteca para que los chinos, niños ricos, estuvieran contentos. Y ese día comprendí lo que tanto me había costado entender cuando empecé a estudiar economía: si te ofrecen gratis un servicio es que el producto eres tú.

Sigue leyendo