Discriminación en las discotecas: cómo combatir sin carteles el machismo

Mi padre vive en China desde hace siete años. Primero estuvo en Shanghai y después se movió a Pekín. He ido varias veces a verlo y la última fue hace dos veranos, con dos amigos. Nada más llegar decidimos salir de fiesta, porque mis hermanos me habían hablado muy bien de la noche en China. Nos fuimos a Sanlitum, la calle de Pekín donde están las discotecas más famosas. Allí, un chino vestido de traje nos paró para invitarnos a una nueva sala que acababan de abrir. No nos fiamos nada, pero decidimos ir. Cuando entramos, alucinamos. No nos había mentido. La discoteca era enorme, repleta de luces y de gente. El chino sacó tres pulseras y nos las dio para que tuviéramos alcohol gratis. En ese momento nos sentimos estúpidamente orgullosos de ser europeos. La barra de la discoteca estaba repleta de jóvenes como nosotros, personas entre 20 y 30 años que eran occidentales y que llevaban la pulsera amarilla fosforescente. ¿Y los chinos? Ellos estaban en los reservados, bebiendo Moët & Chandon y mirándonos con una sonrisa en la boca. Yo pedí copa tras copa, contentísimo por no tener que pagar. Pero al volver a casa, pensando en el tema, me di cuenta de lo obvio. Nos habían utilizado, decorando la barra de la discoteca para que los chinos, niños ricos, estuvieran contentos. Y ese día comprendí lo que tanto me había costado entender cuando empecé a estudiar economía: si te ofrecen gratis un servicio es que el producto eres tú.

Cabe decir que en ningún momento pienso en que sea comparable con la cosificación que sufren las mujeres semana tras semana, pero cuento esto para hablar de la discriminación que se produce en las discotecas. He visto lo del manspreading, la última ocurrencia del Ayuntamiento de Madrid para combatir el machismo. No estoy en contra, porque pienso que en política los gestos importan. Pero dejan de tener sentido cuando detrás del gesto no hay una acción consecuente. Desconozco si es el caso del Ayuntamiento, pero sí es necesario reprochar su inacción ante algo mucho más machista que el despatarre de un hombre: la discriminación por sexos en las discotecas. Supongo que acabar con costumbres machistas arraigadas en otra época es más difícil que poner un cartelito en el bus o en el metro. Porque, al fin y al cabo, este tipo de actuaciones para reducir los micromachismos no son más que soluciones homeopáticas. Como mucho habrá un efecto placebo, esto es: la gente que está convencida de sus ideas se reafirmará en ellas y estará orgullosa de que su ciudad combata el machismo.

Cuando una mujer entra gratis a una discoteca, no solo se está discriminando al hombre por ser hombre, sino que se está tratando como mercancía a la mujer. He leído con alegría la noticia de que el gobierno vasco ha presentado un borrador para prohibir la discriminación en las discotecas. Será un buen precedente para el resto. Buceando en Internet me topo con una petición de un ciudadano madrileño “para que se aplique la ley” y que se sancione a los locales de ocio que practiquen la discriminación. Citando al BOE:

“En materia de acceso a bienes y servicios y su suministro, la Ley Orgánica 3/2007, que incorpora al ordenamiento español la Directiva 2004/113CE, sobre aplicación del principio de igualdad de trato entre hombres y mujeres en la materia, en su artículo 69 establece que “Todas las personas físicas o jurídicas que, en el sector público o en el privado, suministren bienes o servicios disponibles para el público, ofrecidos fuera del ámbito de la vida privada y familiar, estarán obligadas, en sus actividades y en las transacciones consiguientes, al cumplimiento del principio de igualdad de trato entre mujeres y hombres, evitando discriminaciones, directas o indirectas, por razón de sexo”; si bien añade que “serán admisibles las diferencias de trato en el acceso a bienes y servicios cuando estén justificadas por un propósito legítimo y los medios para lograrlo sean adecuados y necesarios””.

 

Salvo el bar de Albacete multado por cobrar entrada solo a los hombres, no hay más precedente. Tampoco es algo que genere mucho ruido, y esto me parece extraño. A veces en el feminismo echo en falta un poco de autocrítica. ¿Acaso no es machista aprovecharte de la situación por el hecho de ser mujer? Pienso en las palabras de Cristina Cifuentes diciendo que en ocasiones se hace “la rubia” cuando está rodeada de hombres. Si queremos erradicar la lacra del machismo en nuestra sociedad, podríamos empezar a fijarnos en el mundo de la noche. Hace poco le leí a alguien, en una comparación muy posmoderna, que las discotecas son los campos de concentración del siglo XXI. Me reí, aunque no acepté la crítica implícita porque suena a tópico de viejo que se queja de cómo se divierten los jóvenes. Pero las discotecas sí son lugares machistas. Las mayores burradas que he escuchado hacia una mujer han sido a la salida de una discoteca.

El único argumento a favor de que no se regule es el de la libertad de un negocio privado de establecer sus precios. Pero si se revisa la legislación actual la idea se desmorona: ¿Qué ocurre si monto una autoescuela y decido pedir más dinero a las mujeres porque las estadísticas me dicen que ellas estrellan con mayor frecuencia el coche? Me multan. Y porque discriminar por raza o sexo es moralmente reprobable: ¿Se imaginan que inauguro una discoteca donde cobro 10 euros a los blancos pero reclamo 20 euros a los negros? “Es que si cobrara igual a los negros que a los blancos, no vendría ningún blanco”.

No es fácil detectar si una costumbre arraigada en la sociedad continúa teniendo justificación lógica o no. La maraña de la tradición siempre es difícil de desenredar. Que las mujeres paguen menos que los hombres en un bar o en una discoteca no es ninguna tontería, sino la perpetuación de un modo de vida machista. El machismo no puede ser eliminado tan solo desde la política, pero tampoco lo puede ser exclusivamente desde la experiencia individual. En su libro La democracia sentimental, Manuel Arias Maldonado tiene un capítulo revelador en el que intenta explicar qué hacer con el machismo, viendo los resultados que se intuyen de la neurociencia:

 

“Pensemos en el conocido como efecto bikini, presentado por un equipo de investigadoras a partir de una serie de tomografías realizadas a varones a los que se mostraban fotografías de mujeres vestidas con esa prenda de baño. Según pudo observarse, en los cerebros de dichos varones se incrementaba la actividad del córtex premotor: la misma que cuando observamos objetos. […] Otros estudios han matizado estos resultados. […] Si la imagen muestra solamente el rostro de la mujer, tal efecto es a su vez neutralizado. Pero aún otros experimentos han apuntado que, en lugar de ver a las mujeres así representadas como objetos, los varones las perciben como sujetos capaces de sentir emociones y tener experiencias, pero no como agentes capaces de pensamiento y acción. En ambos casos, cuanto más sexualizada se presenta la mujer en su apariencia exterior, más disminuye la percepción masculina de su agencia”.

 

Pero antes de ser criticado de positivista, Maldonado está rápido y unos párrafos después contraataca: “[…] De modo que allí donde la neurociencia muestra un mecanismo inicial que contiene una disposición ya atemperada por las normas sociales, la reflexión moral opone un código de conducta que aspira a neutralizar la cosificación operada por el cerebro”. Y ya, por último, al final del libro, escribe: “La plasticidad relativa [de nuestro cerebro] deja un notable margen para las innovaciones educativas e institucionales; la relativa rigidez nos recuerda la prudencia que debe gobernarlas”. Para mí, es aquí donde Maldonado da con la clave. Es en la conciencia de nuestra autonomía personal donde podremos autocensurarnos y cuestionarnos repetidamente para ser un poco más libres y menos machistas. Pero es a través de la política donde la sociedad puede eliminar tradiciones arcaicas y enterrar nuestros impulsos más primarios, teniendo en cuenta aquello que escribió Richard Dawkins en El gen egoísta y extrapolándolo al comportamiento entre los hombres y las mujeres: “Si existe una moraleja humana que podamos extraer es que debemos enseñar a nuestros hijos el altruismo, ya que no podemos esperar que este forme parte de su naturaleza biológica”.

 

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