Arcadi Espada: “Tengo que escribir muchas cosas al día y tengo prisa. No me puedo permitir el lujo de ser pedagógico”

Hace un año estuve charlando con Arcadi Espada sobre su juventud, su obra y sus influencias literarias. La entrevista iba a publicarse en un proyecto de conversaciones con escritores, pero finalmente decidimos incluir solo a novelistas y poetas.

 

Pregunta: Su primera obra fue Ibiza, una guía turística.

Respuesta: Fue un encargo de un amigo que tenía contactos con una editorial que estaba conectada con el Ministerio de Turismo. Buscaban personas que estuvieran dispuestas a estar unos meses en distintos lugares. Me lo ofreció y yo acepté, haciéndolo con mi mujer de entonces.

¿Y leyó a la Generación Beat?

¡Sí! Me acuerdo que tuve que leer a Ginsberg. Hasta leí cosas de extraterrestres. Yo me lo pasé genial haciendo parte de ese libro, pero decir que ha sido una obra mía es un poco excesivo.

Uno de sus autores favoritos es Léautaud, en cuya lápida se puede leer: “escritor francés… extraño a toda fe y a toda inquietud filosófica”. Usted en el libro En nombre de Franco se describe como un joven que no tenía ninguna inquietud.

Esto es complicado de explicar. Hay dos maneras de ser joven. Una es contraindicada y la llevan a cabo esos adolescentes que van dando vueltas en espiral a la inquietud filosófica. Pueden ser personas muy inteligentes y muy bien formadas pero no logran insertarse bien en el ambiente. Siempre están divagando, aunque luego hagan obras maestras. Tienen una vida generalmente infeliz. Yo no. Yo fui un adolescente que miraba siempre hacia delante. Yo seguía mi camino y no me preocupaba ni por la muerte ni por esas cosas que los adolescentes se preocupan.

Ni citaba tampoco a Tagore.

¡No, por supuesto que no! Yo leí cosas que eran buenas, pero nunca leí a Hesse, ni Tagore ni todos esos coñazos… ¡ni Salinger! Los he leído luego a algunos. Yo leía Los Cinco y luego mucho Salgari, que me alegraba la vida y que es un gran escritor. No sé si es porque uno siempre tiende a considerarse mejor de lo que fue, pero tengo un recuerdo bastante agradable de esa juventud extraña a toda fe y a toda inquietud filosófica.

Siguiendo…

A pesar de todo yo era comunista. Pero yo milité de una manera laica, nunca de forma religiosa.

Siguiendo con los autores de referencia, ¿qué opinión le merece Kapuscinski?

En la vida es muy importante leer los libros a su edad y acertar con los autores que necesitas leer. Eso a veces pasa y a veces no. Los maestros, los amigos o los hermanos mayores van muy bien porque te dicen qué leer. Yo cuando leí El emperador, El imperio y El Sha tuve una impresión muy poderosa de Kapuscinski. Había descubierto una manera de escribir periodismo que veía que era la forma en la que yo quería escribir. Durante muchos años consideré que eso era la manera de escribir, y en parte sigo considerándolo. De Kapuscinski no me gusta su evolución moral posterior. Se convirtió en un misionero que iba por ahí diciendo que las personas o los periodistas tenían que ser buenos. Además, investigaciones posteriores han puesto en duda reportajes suyos. Para mí algo muy apreciado es el respeto a los hechos. No de un modo tan convincente para abjurar de él, pero digamos que el personaje se me ha hecho un poquito menos simpático de lo que era hace años, cuando le descubrí en 1987. Han pasado 30 años. Me gustó conocerle.

¿Le entrevistó?

Sí, yo fui con El País a Varsovia. Tuvimos una larga conversación. Me di cuenta y tuve la impresión cuando salí de su casa de Varsovia de que era un hombre que tenía más pliegues de lo que parecía. No era un hombre abierto, tomaba precauciones. De todos modos, estuvo encantador y amable. Fuimos a comer y me llevó al aeropuerto. No tuve queja ninguna y es verdad que no sabía quién era yo, aunque viniese de El País. Me sigue pareciendo un gran escritor y aprendí mucho de él.

¿Y Curzio Malaparte?

Bueno, tiene menos influencia en mí, pero sus libros y sus apuntes son extraordinarios. Me parece que es un hombre a reivindicar. Me gusta que lo lean los jóvenes porque es un autor vigoroso. Hay autores que los lees y te quitan las telarañas, ¿no? Malaparte es uno de ellos.

Hay un documento muy interesante en el que usted habla de cuatro grandes escritores: Orwell, Gaziel, Camba y Pla. Sobre el primero dice que “en cualquiera de sus párrafos se advierte la presencia de un hombre que escribe y no de un phraseur”. ¿A qué se refiere?

Bueno, es lo que digo. Hay hombres, a los cuales me gustaría parecerme, que lo que leen y lo que piensan lo van escribiendo de manera ordenada y cuidando que el discurso sea claro y flexible. Que no suene mal. Hay otros que se ponen a escribir y van haciendo frases. En vez de ser continuo, algo eléctrico o fluido lo único que buscan es hacer la pequeña miniatura de la frase. Es cierto que cuando uno escribe se aburre. ¡Yo me aburro mucho! Normalmente escribo por dinero, como tú sabrás bien. Esto lo he dicho miles de veces sin que nadie me crea. A veces es muy aburrido escribir. “Voy a hacer una buena frase”, es como dar un caramelo. “Joder, he escrito una frase genial, ya puedo seguir escribiendo normal”. Esto me pasa a mí eh, hablo de cosas que son verdad. “Bueno venga, vamos a buscar un adjetivo que sea deslumbrante”.

¿Se quita presión cuando lo consigue?

Sobre todo me libero de la aridez de la escritura. Escribir es un trabajo de una inmensa soledad. Lo veo con mi amigo Juan Abreu, que es escritor y pintor y hemos hablado mucho de esto. Cuando tú pintas estás de pie, puedes oír la radio, vas dialogando con los pinceles un poco (se levanta y empieza a manosear unos pinceles), con los colores, sales a la terraza… Escribir es un asunto que a mí me aburre profundamente. Así como me encanta comer, pasear o charlar, escribir me aburre. A veces yo hago frases que son como celebraciones. En ese momento te acuerdas del lector y dices: “Menos mal, iba a estar aburridísimo”.

¿Comparte entonces lo que decía Pla de que hay que escribir por imposición?

Sí, totalmente. El encargo, por ejemplo. Es una cosa buenísima. Todos o casi todos los libros que he escrito son encargos.

¿No le encuentra a la escritura ni un asomo de redención?

Uy, uy, uy… ¡Eso no! Eso le pasa a los escritores que se divierten tantísimo. Primero, la redención no existe. Lo que puede ser -aunque yo todavía sea muy joven y aún no lo haya experimentado- es que exista la escritura como recuperación. A mí me gustaría escribir unos cuantos libros de memorias sobre cosas que he visto o pensado. Pero la escritura como redención no, porque esa palabra no la entiendo y me parece que tiene un tufo religioso lamentable. Puede haber algo en aquello proustiano de la escritura como recuperación del tiempo. De todas formas seguirá siendo igual de pesado. Mis amigos me preguntan: ¿pero entonces tú cuando escribes lo pasas mal? A ver, cuando he acabado me lo paso de puta madre, sobre todo porque he acabado. Conozco escritores que disfrutan siendo escritores. Es admirable, a mí me encantaría. Yo siempre encuentro otra excusa para no escribir. Gracias a que existe el encargo y las fechas de entrega puedo trabajar. Escribir es un trabajo, eso es lo que quiero que quede claro. Un trabajo muy serio, muy duro, muy desagradecido y muy mal pagado. Eso es lo que es escribir para mí.

“Escribir es un trabajo, eso es lo que quiero que quede claro. Un trabajo muy serio, muy duro, muy desagradecido y muy mal pagado. Eso es lo que es escribir para mí”


¿Es Cataluña el lugar ideal para que Arcadi Espada escriba?

No lo sé. En todo caso es mi escenario. Yo vivo en Cataluña pero paso muchos días aquí en Madrid. Yo tengo a Cataluña bastante agotada desde el punto de vista estético y político. Si la política en Cataluña es muy poética… hombre, es un lugar inagotable de bobos. La cantidad de tontos que produce por metro cuadrado es siniestra. Un sitio que te ha tocado vivirlo en esa estupidez te da mucha materia, pero por lo demás es el que ha tocado y uno no puede renunciar ni a su tiempo ni a su espacio. Este asunto lo veo con bastante frialdad.

No consigo encontrar un autor que usted haya tomado como referencia para alcanzar su estilo actual. ¿Hay alguien?

No, ¡nadie! Ninguno. Jamás he leído a nadie para aprender a escribir. A todos los escritores que he leído, incluso releído, lo he hecho por el puro placer de las historias que me contaban. Nunca me he fijado en cómo construyen sus libros. Tengo que reconocer que eso está muy mal hecho, pero es que no me interesa. Quizá exagero, porque sí que leía los tres adjetivos de Pla, subiendo y bajando. Pero no me fijaba en nadie para aprender. Lo que sí he hecho han sido dos cosas: una es no escribir copiando a nadie. Yo tengo en la cabeza una característica de mímesis. Por ejemplo, estoy leyendo a Proust y me pongo a escribir como Proust, ¡al cabo de cinco minutos! Se me pega, al igual que con las canciones. Pero no lo hago porque si no imagínate qué lío. Y lo que también he intentado en mi escritura ha sido siempre despojarme de lo barroco. Del barroquismo, de la hipérbole o de la exageración. He tendido y tiendo al laconismo, lo que perjudica a veces la comprensión de mis cosas. ¿Por qué? Cuando uno tiende al laconismo mucha gente no entiende lo que has escrito. Ya lo escribí en Diarios. Yo tengo prisa. Tengo que escribir muchas cosas al día y tengo prisa. No me puedo permitir el lujo de ser pedagógico. Tampoco lo sé hacer.

 

“En mi escritura siempre he intentado despojarme del barroquismo, de la hipérbole o de la exageración. He tendido y tiendo al laconismo, lo que perjudica a veces la comprensión de mis cosas. ¿Por qué? Cuando tiendes al laconismo mucha gente no entiende lo que has escrito”


¿Entonces detrás del estilo de cada escritor hay una razón premeditada?

En mi caso no. (Se queda pensando unos segundos) Bueno, quizá sí. Creo que la gente escribe demasiado largo. La brevedad y el laconismo es un valor, especialmente en nuestro tiempo, que hay tantas voces y está todo tan cargado de estupideces tuiteras y de todo género. No contribuir al ruido ambiental sí que ha sido y forma parte de mí. Intento no repetirme. A veces lo tengo que hacer, porque las cosas no han quedado claras o porque ese día no tengo material. Los periodistas también vivimos de la repetición aunque yo poco, mucho menos que la media de mis colegas. Creo que hay que pasar por la vida intentando molestar lo menos posible. A mí esas larguísimas elucubraciones de algunos escritores para decir al final algo que es banal y se podría haber dicho en mucho menos tiempo me parece lamentable.

En su obra hay investigaciones y ensayos, pero sobre todo destacan los dietarios. Esto también se ve en Pla o en Gaziel. ¿Por qué esa insistencia en los dietarios? 

Yo soy un mal urdidor de tramas. También en la vida. Hay gente que en la vida urde tramas para conseguir cosas. Yo no. Yo soy bastante espontáneo y naif. Tampoco en la literatura. Sí me gusta, dado que tengo que escribir, anotar las cosas que se me pasan por la cabeza. Mis personajes son los personajes públicos. Yo siempre he dicho que mi escritura algún día deberá enfrentarse al reto de la intimidad. A pesar de eso en muchos artículos míos, aunque siempre de un modo incrustado, hago mucha referencia a la persona que está escribiendo.

El que sí lo consigue es su amigo Trapiello, ¿no?

Bueno, me remito a la entrevista que le hice. Sin más comentarios (risas).

¿En cuál de sus obras ha disfrutado más? ¿Aly Herscovitz?

Quizá. A mí lo que me gusta es investigar. Hacerlo literariamente me produce una sensación erótica. Yo me acuerdo muy bien dónde estaba y en qué circunstancia cuando mi amigo Sergio Campos me dijo que había encontrado el cadáver de Aly, que había muerto en Auswchitz. Me acuerdo muy bien cuando mi amigo Beltrán envió desde Buenos Aires las fotos de Aurora Perea, otra de las amantes de Pla. He investigado mucho a Pla. He disfrutado mucho haciéndolo con Sanz Briz y los judíos, descubrimos muchas cosas y fue un trabajo maravilloso. Me gusta mucho trabajar con gente. Jaume Boix, Sergio Campos, con la gente magnífica de Aly Herscovitz… porque me distrae de la penuria que es esto, escribir en soledad y no tener un diálogo. Raval, por ejemplo, es el libro más angustioso que he escrito. Tuve un abogado que me ayudó mucho, pero me habría encantado tener un amigo que hubiera hecho ese libro conmigo, porque lo pasé muy mal escribiéndolo.

¿Le influyó la crítica? ¿Y ahora?

A mí me influye todo de una manera moderada y por poco tiempo. Creo que las personas que se han tomado la molestia de leer un libro o un artículo tuyo y luego las comentan merecen ser apreciadas, leídas y tenidas en cuenta. Incluso las veces que digan cosas banales. Soy respetuoso con eso. Uno de los dramas del sistema cultural español es la desaparición de la crítica. En terrenos de seriedad intelectual y siendo una generalización, por supuesto. A mí sí me influye, los leo y a veces me irrita, pero dura poco. Yo voy a lo mío. Supongo que incorporando la crítica, pero voy a lo mío.

Volviendo a Raval, ¿tuvo algo que ver la polémica en la que se vio sumergido con que al año siguiente escribiera Un instante de felicidad? Rompe un poco el esquema respecto a sus otros libros.

No, no, para nada. Un instante de felicidad fue un encargo. Yo acostumbro a trabajar en verano y en aquella época, en el mes de agosto en El País, me lo propusieron. Y yo dije que me gustaría que hubiera un personaje que recomendara cosas, libros y que tuviera un dibujito. El director del periódico me dijo: “¿por qué no lo llamamos Un instante de felicidad?” Bueno, a mí me parecía un poco cursi, pero no me desagradaba. Me gustó. Además hice un pequeño personaje que se llamaba Felicidad, quizá para pervertirlo un poco convertí el nombre común en nombre propio.

Un libro muy difícil de conseguir, por cierto.

Sí, desde luego. Es muy complicado. A mí me quedan muy pocos ejemplares porque además es un libro muy bonito. Pastor hizo unos dibujos maravillosos. A ese libro le tengo mucho cariño, porque algunos de los textos me parecen de lo mejor que he escrito. Eso sí, son un poco de phraseur.

En el libro En Nombre de Franco cita a Adorno: “Escribir poesía después de Auswchitz es un acto de barbarie”. ¿Otro phraseur?

Bueno, no sé en qué pensaba cuando dijo eso. Hay muchas teorías sobre el contexto. Si de algo hay que escribir en esta vida es de eso. Pla tiene un defecto, y es que no escribe sobre los grandes temas de su época. No habla ni de la Guerra Civil ni del Holocausto. Una persona tiene que mojarse. A mí me gustaría hacer un libro sobre la Guerra Civil Española. Seguramente lo haré. Creo que un escritor debe enfrentarse a los temas grandes. ¿Cómo puede no hacerlo? ¿Cómo un escritor no va a escribir sobre la destrucción que está haciendo el populismo del sistema democrático y sistema cultural hoy en día? ¿Cómo un escritor no va a escribir sobre el Holocausto? ¿Y sobre la Guerra Civil? Yo no concibo eso. A mí los escritores que me gustan son los que se enfrentan. Pla es una excepción.

“Pla tiene un defecto. No escribe sobre los grandes temas de su época, no habla ni de la Guerra Civil ni del Holocausto. Un escritor debe enfrentarse a eso”


¿Como Chaves Nogales?

¡Sí! Como Chaves. Exacto. Gente que no está ahí para hacer delicatessen o manicura, sino que plantan cara.

¿Nunca se ha visto tentado de sucumbir ante la poderosa imaginación? 

Es que a mí la imaginación no me parece poderosa. No hay nada más pesado que la gente que explica sus sueños. ¡Los sueños de uno tienen interés para uno! En general somos muy pesados explicando las cosas.

En cuanto a su blog, ¿la periodicidad de los textos que sube se debe más a una fidelidad a los suscriptores o a la necesidad de escribir sus notas?

Yo tengo un contrato con mi diario que me obliga a escribir cada día. Esa es la única razón por la que lo hago.

Volvemos a lo que dijo Pla de escribir por obligación. 

¿Por qué la gente no se hace las mismas preguntas con un cocinero? Si tiene un restaurante abierto tendrá que hacerlo, quiera o no.

¿Y qué opina de la inspiración?

La inspiración es una bobada. Me parece una cosa muy antigua. El concepto de inspiración puede ser explicado por la neurociencia. Hay mucha gente que dice: “Joder, se me ocurrió meando”.  Está probado que cuando llevas un rato en una habitación escribiendo, te levantas a hacer otra cosa y aprovechas el momento en que te has quedado atascado para ir al lavabo y… ¡plim! se te ocurre. Eso es por el cambio de ambiente del cerebro. Al trasladarse de habitación, el cerebro tiene que hacer un movimiento de acomodación. El cruce de neuronas facilita encontrar una solución al problema que estabas pensando. Eso es la inspiración. A mí se me ocurren más cosas por las mañanas que por las tardes, y conforme me hago mayor mi forma de trabajo es más intensa por las mañanas que por las tardes. A partir de las siete de la tarde me dedico a la diversión.

¿Esa es su rutina de trabajo?

Sí. Cada vez me levanto más temprano y cada vez trabajo más.

¿Qué implicaciones pueden tener las redes sociales en los más jóvenes?

No lo sé. El principal problema que tienen las redes sociales es que es comida basura. Está bien de vez en cuando comer marranadas, pero eso no se puede comer siempre porque provoca enfermedades y esteriliza el gusto. Hay mucha gente inteligente metida en el gran problema del egocentrismo en las redes sociales. Hay gente que pierde mucho tiempo leyendo cosas malas. Cuando yo daba clases en la universidad todo esto estaba en auge y yo insistía a mis alumnos para que leyeran cosas buenas: “Cada día hay que leer algo nuevo”. Los jóvenes le dedican mucho tiempo a leer basura. Las redes sociales son un juego, pero un juego adictivo porque está el yo entre medias, la vanidad o el deseo de triunfar y ser querido. Por eso es muy jodido apartarse. Las personas que quieren ser formales y serias (y que no quieren votar a Podemos ni a Donald Trump) tienen que leer a los grandes y meditar a solas lo que les dicen esos libros.

 

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2 comentarios en “Arcadi Espada: “Tengo que escribir muchas cosas al día y tengo prisa. No me puedo permitir el lujo de ser pedagógico”

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