Jorge Bustos: “El aprendizaje de la escritura es un despojamiento. Es el aprendizaje de la sencillez”

Hace un año entrevisté, junto a Gonzalo R. Sevilla, a Jorge Bustos. La entrevista se hizo con el mismo propósito que la conversación con Arcadi Espada: hablar sobre el oficio del escritor. En este caso, Jorge Bustos cuenta su visión sobre el ensayo, su estilo y su pasión por la lectura. No hay nada de actualidad. También charlamos de posmodernismo, cultura y libros.

Esta entrevista se realizó en mayo de 2016:

PREGUNTA: El nazismo nos enseñó a replantear el poder y nuestra confianza en la cultura.

RESPUESTA: Ahí empieza un desprestigio de la cultura y de la razón que siguen Adorno y Horkheimer con su Dialéctica de la Ilustración. ¿Cómo la nación alemana, la más culta del mundo tal y como era en los años treinta, pudo desarrollar el mayor horror de la historia? ¿Si la cultura no nos blinda de algo tan horrible como el nazismo, ¿de qué sirve la cultura? Emerge un cierto nihilismo. Entran en crisis todos los relatos que daban sentido a la vida del hombre: la comodidad, la religión o las tradiciones. Mientras tanto, gana fuerza el individualismo. Al mismo tiempo, el consumo de masas permite la democratización de la cultura. A partir de los años cincuenta, creada la cultura de masas, quedan trastocados los parámetros por los que se regía el mundo cultural y literario, hasta llegar al momento actual donde conviven todo tipo de corrientes. La posmodernidad es un océano donde han desembocado todas las corrientes de la historia occidental, y cada uno nada en la suya.

Pero donde el canon occidental, según Steiner, está en peligro.

Steiner está preocupado por la idea de tradición y autoridad. Todo eso se dinamita en los años sesenta: la disciplina cada vez está más en cuestión. Lo importante es que la posmodernidad tiene muchas ventajas, es una gran explosión de libertad, pero al mismo tiempo tiene la manía constante de la banalización. Al perder las referencias de lo canónico, al odiar las normas, la disciplina, las viejas jerarquías, el propio constructo de canon, la convicción en que hay autores mejores y peores y en que es posible jerarquizar la belleza llega la apoteosis: el mercantilismo. Todo lo que vende es lo bueno, y los críticos pierden sentido. Su función social desaparece, porque qué sentido tiene ir contra el mercado o arrogarse la superioridad intelectual, aunque estés muy formado, para decir lo que se debe leer y lo que es basura. ¿Quién se arroga esa superioridad? Antes todo el mundo reconocía esa autoridad. La democratización total, que es una conquista tan absolutamente irrenunciable y positiva, en el arte y en la cultura nunca ha funcionado. El arte nunca ha sido democrático. Nunca. Las grandes obras artísticas las hacen seres tocados por un genio absolutamente antidemocrático, individualista y egoísta que no se puede compartir ni diseñar y que ha hecho avanzar a las sociedades y cambiar las percepciones del hombre.

“Las grandes obras artísticas las hacen seres tocados por un genio absolutamente antidemocrático, individualista y egoísta que no se puede compartir ni diseñar y que ha hecho avanzar a las sociedades y cambiar las percepciones del hombre”.

Pero ese miedo de Steiner de “Occidente va a desaparecer” se lleva repitiendo desde el mismo inicio de la idea de civilización.

El ensayo que yo escribí intentaba no ser una jeremiada que dijera que vamos al desastre o al apocalipsis porque al mismo tiempo que veo cómo en los periódicos hay más erratas y menos creatividad que nunca, también encuentro chavales que están leyendo a Kafka en el metro y que están estudiando, formándose o creando una web en latín. Tampoco me gustaría encajar en esa especie de Casandra que está todo el día alertando de la desgracia.

¿Qué opinas de Harari y de su libro De animales a dioses? Su idea de que son las ficciones el motor de la historia.

Es verdaderamente original decir que ha tenido mucho más que ver en el progreso del hombre el mito que el logos. Y el relato hasta ahora había sido al revés. Resulta que Harari nos dice que no: en nuestras hipertecnificadas sociedades racionalistas y ateas los mitos siguen estando presentes, cada vez con más fuerza. Lo que ocurre es que a lo mejor ya no son las misas de los domingos, sino el equipo de fútbol, la comunidad vegana o el pilates. El hombre es religioso por naturaleza. Lo que hace es cambiar el objeto de su adoración. Al final, las soluciones de la religión siguen estando presentes en fuerzas políticas cuyos programas son absolutamente inaplicables, que tienen más de catecismo, de promesa o de cielos. El marxismo, dice Steiner, no es más que un sucedáneo del cristianismo. Y tiene mucha razón. La pervivencia del marxismo, cuando ha sido probado y ha fracasado en tantos países, solo se explica porque el mito es muy terco. La persistencia del nacionalismo, cuando ha provocado ríos de sangre, solo se explica porque es mucho más poderosa la idea de que nosotros somos el pueblo elegido (como el judío, el catalán o el vasco) que debe defenderse de una agresión externa. Es irracional. Pero funciona porque los mitos tienen más fuerza. Decía Wilde que es más fácil compartir un sentimiento que un razonamiento. Estamos diseñados para sentir en décimas de segundo y para pensar en minutos o en horas. Es una cuestión de velocidad. Vivimos en un neorromanticismo desbocado. Creo que lo que le falta a este país y en definitiva al paradigma occidental es una especie de nuevo clasicismo. Una vuelta a la Ilustración.

Según Sloterdijk lo importante, lo que nos mueve, son los espacios que habitamos, las esferas familiares, no las ficciones.

Eso dice Sloterdijk. Lyotard habló de los grandes relatos. Da igual cómo lo llames: esferas, relatos, ficciones o cosas que te vinculan a una comunidad. Para el hombre es muy importante el sentido de pertenencia. El individualismo puro no sé si es humano, aunque ciertas personas lo prefieren. Algunos ejemplos son la desentimentalización del sexo o el amor en los tiempos de Tinder, cuando consigues satisfacer tus necesidades antropológicas despojándolo de todo el aparato antropológico, afectivo o psicológico, que durante siglos se fue labrando por una buena razón.

¿Por una buena razón?

Ha habido un refinamiento de un puro instinto animal que quiere decir algo. “La iglesia que nos oprimía…” quizá la Iglesia es producto de un refinamiento previo. No es que la Iglesia llegara de la nada y eligiera oprimir las costumbres sexuales de sus súbditos. Hay una decantación de normas y de códigos que viene desde la Prehistoria, y hay gente que las codifica y se da cuenta de que en esas normas la comunidad se hace más fuerte y que vulnerándolas se desinfla, se vuelve más débil. Como los tiempos cambian, los códigos van cambiando. Están crujiendo ciertas condiciones que parecían eternas de moral. Yo no creo que la parte mítica del hombre pueda ser subsumida por la razón, por la ciencia y por la tecnología. ¡Porque no es una rémora animal prehistórica! Es lo que nos ayuda a progresar. Muchas veces pierdes el tiempo discutiendo con un amigo, con una novia o con un votante al que quieres convencer, y sin embargo llegas a él de una forma mucho más persuasiva, con un gesto, con una canción…

O con una metáfora.

Exacto. Grandes escritores, de ideologías perversas, a los que ves con buenos ojos porque te sacuden, te tocan otras cosas que no son la razón. Hay otros escritores que son pura lógica. Kant no es precisamente seductor, aunque haya cambiado la historia. Hay filósofos de una escritura más atractiva cuyos errores pasan desapercibidos porque los envuelven en metáforas. Bajando a lo prosaico hay columnistas hoy en día que envuelven ideas equivocadas o juicios que parecían ya superados en una prosa tan atractiva que se les perdona. Eso va a tener fuerza siempre, a no ser que vivamos en la distopía de Wall-e.

¿Por qué eliges el ensayo para escribir?

Eso no se elige. Uno tiene el temperamento más propio para narrar o para pensar. He perpetrado algunos cuentos y me he presentado a concursos.

¿Y qué tal eran esos cuentos?

Es que nunca le he dedicado mucho tiempo, al contrario que con el ensayo. En una carrera como la mía en Filología hice muchos trabajos. Tenías que alcanzar una idea propia de lo que leías. Todo aquel ejercicio fue dejándome una mirada de crítico antes que de creador. Mi primera colaboración pagada en prensa fue con 19 años en una agencia de prensa. Me mandaban novelas a casa y yo hacía la crítica. Para mí el ensayo no es una elección. El ensayo te elige a ti. Mi mirada es la de un proyecto de ensayista. No renuncio el día de mañana a escribir una novela, pero me va a costar infinitamente más.

Me han dicho que estabas preparando una.

Sí, de hecho escribí una novela cuando estaba en paro, de 20 páginas. Luego me llamó Casimiro y me incorporé a El Mundo. La metí en un cajón. Al volver a leerla me di cuenta de que era ilegible. No la voy a tirar, pero tampoco publicar. En su momento pensé que estaba escribiendo algo brillante, pero ahora recuperaría dos párrafos. Tengo otra en la cabeza, más ambiciosa, pero me exigiría tanto esfuerzo hacerla bien que tendría que quitar muchas colaboraciones con los medios. Creo que me llegará el momento en el que me salga de la exposición pública exagerada que tengo ahora y me retiraré a escribir. Es la novela, al igual que para el músico la ópera, donde uno se la juega como escritor.

¿Cuál crees que debe ser la finalidad de un ensayo?

El ensayo no es un manual técnico, no es un catecismo. Tiene que ser una mirada personal, escrito con lenguaje literario. El ensayo es una literaturización del pensamiento, no una literaturización de situaciones concretas, no es una poetización del yo. El ensayo desde que nace con Montaigne es poner al yo en observación. ¿No? Te sacas a ti mismo y a tu conciencia, ves lo que te está pasando, las cosas que estás observando, la sociedad en la que vives, los amigos que la alteran, la alegran o decepcionan. Sacas el bisturí y lo diseccionas.

(Se queda unos segundos pensando)

Es que está muy bien cogida la palabra. Es un boceto que se supone rápido, no exhaustivo. No es un trabajo de tesis, no es una documentación académica. La columna de periódico es un subgénero del ensayo. A partir de Montaigne en adelante es una investigación subjetiva de cualquier aspecto de la realidad o del yo. En ese sentido te da muchísima libertad. Es como una modulación del pensamiento. Tiene mucha importancia el tono, porque tienes que captar al lector para que entre en tu misma frecuencia de onda. En una novela lo puedes captar con una situación dramática o con una primera escena trepidante. En el ensayo le tienes que seducir con un susurro. Tiene que conectar con la forma de tu pensamiento. Las frases tienen que tener una cadencia intelectual.

“El ensayo es una literaturización del pensamiento, no una literaturización de situaciones concretas, no es una poetización del yo. El ensayo desde que nace con Montaigne es poner al yo en observación”.

¿Hay herramientas para conseguir eso?

Bueno, leer y pensar.

Hay trucos, claro. El ensayo no tiene que ser absolutamente libre, fluido y lo que salga. Tú no sabes muy bien a dónde vas a llegar pero partes de unas ideas que quieres defender. Lo que no vale la escritura automática. Eso es de vagos, joder. Lo que hay que tener es la idea clara, formada y localizar el problema.

¿Y en una columna?

El 60% de una columna es la elección del tema, no te engañes. Cuando uno elige un tema malo, la columna por mucho esfuerzo que le metas, va a salir mal. Hay temas en los que uno no se desenvuelve bien. Uno tiene que conocer sus habilidades. A mí por ejemplo se me da bien Pablo Iglesias. Pero se me da bien a la contra de Pablo Iglesias. A Jabo [Manuel Jabois] se le da muy bien Aznar. Cuando hay un tema de Aznar se le va la mano. ¿Por qué? Porque se te afila el colmillo de forma involuntaria. La clave está en que hay que elegir temas valientes, no te puedes acomodar. De vez en cuando también tienes que despistar a tu parroquia. Un columnista tiene que tener un punto de imprevisible. No ser un veleta tampoco, pero de vez en cuando hay que someter a revisión sus propios prejuicios.

¿Cuáles son tus ensayistas preferidos?

Para mí Steiner y Harold Bloom son los dos ensayistas que más me han influido de largo. De los que he leído casi todo, con cuya misión humanística me identifico y aspiro a ser un humildísimo discípulo. Todos los que estén en esa línea me van a gustar. Luego me divierten los cientifistas provocadores tipo Dawkins y Hitchens que Arcadi siempre está reivindicando, y que tienen muchísimas cosas absolutamente apreciables. Pero hay algo en ellos de “yo os voy a quitar el velo pobres ignorantes” que me carga un poco. Ahora estoy leyendo un ensayo de Imre Kertesz, el premio Nobel que sobrevivió al Holocausto y que no se mató porque dice que eso habría sido consumar el plan de los nazis, aunque quería suicidarse todos los días de su vida. Cuenta cómo se ha convertido después del Nobel en una celebridad y narra la banalidad, después de haber sobrevivido a Auschwitz, de soportar las entrevistas y a los periodistas, tribunas de opinión o gente que busca su consejo, cuando estuvo durante años en Hungría ignorado, viviendo fatal. Es un tipo al que para él el siglo XXI no tiene sentido. El único sentido de su vida fue sobrevivir a Auschwitz y no se puede adaptar a la posmodernidad. Es interesante porque lo analiza con hondura, además de que es insobornable.

¿Y otros autores que te hayan marcado?

Milan Kundera me ha influido mucho. El arco y la lira, de Octavio Paz, fue un ensayo importantísimo para mí en la carrera. Los diaristas, los que conocéis. Pla, los textos de Ruano (aunque sea un impresionista y no tenga calado filosófico). Ortega cuando yo era joven. Bertrand Russell. Bueno, los ingleses en general: Mark Twain, los grandes humoristas… No tengo una escuela que diga: “¡Este!” Voy picoteando y cambiando. Roland Barthes, por supuesto. Los postestructuralistas franceses eran muy divertidos.

De ellos dijiste que rebajaron la calidad del humor, ¿no?

Depende. Blanchot es muy divertido. Escribe maravillosamente bien. A mí lo que me agota un poco es Deleuze. Tiene unos análisis interesantes pero abstrusos. El rizoma y todo eso. Nunca he tenido un sistema de influencias. He leído mucha novela, pero de un tiempo a esta parte leo ensayos.

Has hablado del lector, pero a la hora de escribir tu estilo es muy exigente. ¿Es premeditado?

No, no es premeditado. Es que con 20 años escribía ya así. Quizá lo he ido aligerando. Es muy común el barroquismo en un escritor que acaba de empezar. Uno empieza eligiendo las palabras, las construcciones más rebuscadas. Intentas camuflar tu conocimiento real de la vida, ya que todavía no has tenido tiempo de desarrollar una intuición, ni de vivir un desamor, ni de conocer a un político de cerca, con lo cual haces puros artificios. Son textos sin vida. Intentas animarlos a base de sílabas, pero no va así. Al final, el aprendizaje de la escritura es un despojamiento. Es el aprendizaje de la sencillez. Cuesta mucho llegar a un estilo depurado que no sea vulgar, que diga cosas y que sea tenso. Pulido. Pero me niego a que tengamos que escribir con las quinientas palabras con las que escribe el Marca. Lo siento, pero no. Cuando yo leo a Azorín hay diez palabras que no entiendo por cada página. Con 22 años Camba era un modernista rubendariniano. Era un tipo absolutamente pedante. Luego va depurando su estilo. En Camba el dominio léxico es brutal: cada palabra es esa y no puede ser otra. En Fernández-Flórez es todavía más rico, más vallinclanesco. Un autor tiene que tener una competencia léxica muy superior a la media, y el lector toda la vida ha aprendido vocabulario leyendo a los escritores. Es lo que le dijo Faulkner a Hemingway: no puede ser que no hayas remitido nunca a un lector a un diccionario.

¿Crees que tenía razón Faulkner?

Hemingway podría haber escrito como Proust si hubiera querido, pero buscaba su propio estilo. No es una cuestión de elegir la palabra más rebuscada, que eso es una paletada de principiante que se pilla enseguida. Se trata de que hay términos que tienen connotaciones que son exactamente las que tú quieres decir y no pueden ser otra palabra que esa. Y si tienes que estar media hora liándote un cigarrillo como hacía Pla para encontrar el adjetivo perfecto, pues lo estás. Si no lo encuentras sigue leyendo o cambia la estructura, pero no cambies la idea. El buen escritor es el que domina el lenguaje a su antojo. El mal escritor es como un alfarero que intenta hacer un jarrón y le sale un florero. Se ha dejado llevar y de repente, coño, un florero. Si quieres hacer un jarrón, ¡hazlo! Domina el medio, domina la materia. La materia del escritor es el lenguaje y tienes que dominarlo. El lenguaje tiene que ser dócil en tus manos. Para eso tienes que leer y escribir muchísimo. Y si se te ocurre una construcción feliz pero que contradice la idea que estás defendiendo en el artículo, te jodes y te la callas. Porque tiene que estar al servicio de la idea. El buen articulista es el que empieza y acaba las columnas y tú ves el hilo. Observas que es coherente con todo lo que ha dicho. Que no hay un párrafo donde cambia de tema y hay fuegos artificiales. El estilo pirotécnico está bien, pero las metáforas tienen que estar al servicio de la idea, y no la idea al servicio de las metáforas. Para eso hace falta disciplina, contención y morderse la lengua. Eso es el oficio.

“El buen escritor es el que domina el lenguaje a su antojo. El mal escritor es como un alfarero que intenta hacer un jarrón y le sale un florero. Se ha dejado llevar y de repente, coño, un florero. Si quieres hacer un jarrón, ¡hazlo! Domina el medio, domina la materia. La materia del escritor es el lenguaje y tienes que dominarlo. El lenguaje tiene que ser dócil en tus manos. Para eso tienes que leer y escribir muchísimo”.

¿Cuánto lees al día?

Ahora poco. Me quita mucho tiempo la prensa, porque me leo tres periódicos al día. También tienes que dedicarte a tu vida privada y atender compromisos. En los transportes es fundamental leer. En mi maleta de viaje siempre llevo unos tapones por si me toca en un vagón de AVE con un puto niño o una señora ruidosa. La gente no sabe convivir con su silencio. De todas formas, yo quiero hacer lo de Cuartango. Me voy a meter en un monasterio, voy a entregar el móvil al padre prior, me instalo con una maleta llena de libros y fuera. Sí, ahora solo leo mucho en transportes y los sábados y domingos, que hago maratones.

De joven leías más.

He tenido facilidades. En mi casa la cultura libresca ha sido natural a mi formación. Con siete años no leía a Faulkner, joder, pero me leía Barco de Vapor, toda la colección. Y los Cinco, El pequeño Nicolás, Goscinny… Me leía todas las colecciones infantiles en el recreo mientras los demás salían a jugar al fútbol. Y en verano, con seis años, me iba a la biblioteca de mi pueblo, con la bici y con una bolsa de libros. En mi casa, como éramos pobres, nunca pude comprar los videojuegos cuando salieron. Devoraba libros. Y en la universidad me leía cuatro clásicos a la semana. Con esto quiero decir que uno tiene una vida de lector que empieza con literatura infantil y acaba descubriendo a los inmortales. Pero eso es lo que ha hecho todo el mundo. Si mi trayectoria es original y rara apaga y vámonos. Mi trayectoria es la que han hecho todos, desde siempre.

Tampoco es que sea muy normal que todos los niños lean tanto.

El problema es que ahora los profesores quieren meter a los chavales El Quijote cuando desde los tres hasta los quince están jugando al Candy Crush. Y que se enfrenten al El Lazarillo o a La Celestina. ¡Eso no puede ser! El problema es que la lectura no es un tormento. Tiene que ser un placer, una seducción del niño. Si el niño no crece en ese ambiente no descubrirá a los grandes. Hay lectores tardíos, por supuesto. Yo tengo amigos que no han leído nada en su vida, que entre los 16 y los 25 estuvieron metiéndose drogas en el Fabrik y que de repente les dio un venazo y ahora se están creando la cultura que no se crearon en la adolescencia y en la juventud. Me parece admirable. Habla muy bien del poder de la lectura. Es un placer tan superior que cuando realmente lo disfrutas ya no quieres bajar de la escalera a un peldaño inferior. El placer intelectual es un tipo de placer que no admite sucedáneos. Puedes elegir entre jugar un partido de fútbol o tomarte una caña, pero no puedes elegir entre escuchar una sinfonía de tu compositor favorito o salir a hacer footing. Son dos categorías totalmente diferentes del espíritu.

“El placer intelectual es un tipo de placer que no admite sucedáneos. Puedes elegir entre jugar un partido de fútbol o tomarte una caña, pero no puedes elegir entre escuchar una sinfonía de tu compositor favorito o salir a hacer footing. Son dos categorías totalmente diferentes del espíritu”.

Pero yo te he escuchado decir que para un escritor leer no puede venir tan solo del placer. Tiene que ser también una obligación.

Es que lo es. Yo no leo todo lo que quiero. Yo leo muchas cosas que me manda El Cultural para hacer crítica y cuando tengo tiempo leo por elección, por placer. A mí no me causa placer leer best sellers. Pero igual que a un crítico de cine que ha visto todas las películas de esta tierra no va a disfrutar nunca con la enésima de Marvel. El propio gusto se te sofistica, se refina. Te demanda lecturas interesantes. Los autores facilones se te caen de las manos de forma natural. No para dártelas de snob. Me das uno de Julia Navarro y no me produce placer. Un día en un aeropuerto me la puedo leer si me quedo tirado. Pero ahora que tengo tan poco tiempo, en los fin de semana estoy tres o cuatro horas seguidas leyendo. Ahí me pongo a leer a Elias Canetti, a Imre Kertesz o a alguien de ese estilo. Intento acumular. Es como un gimnasio mental. Lo que pasa es que hay veces que la gente coge el vicio del gimnasio. Pues esto es igual. Es un placer, pero también es una obligación.

No me refería a la crítica literaria, sino a la consciencia de joven de que si querías ser escritor debías leer mucho.

Yo no sé si era así, una decisión tan consciente. Yo quería dedicarme a escribir desde los 18. He sido lector toda mi vida. Mi deseo de ser escritor no es porque vea a otros que escriben bien y yo diga quiero ser como ese. No. Fue la conclusión natural de que yo había sido un niño lector. Siempre fui el niño que más libros leía de la clase, al que el profesor mandaba en voz alta para que los demás entendieran. Mi vida es la vida de un lector. Después empecé a jugar al fútbol, pero ya tarde. Era la única competición que tenía mi ocio. Cuando llegué a los 18 pensé: “Coño, a lo mejor yo puedo hacer el día de mañana un libro, llevo toda mi vida leyendo”. Fue un corolario natural. No fue el proceso de “quiero ser escritor y por eso me leo todos estos clásicos”. Una vez que descubres tu vocación, empiezas a escribir y te metes en el mundo del periodismo, empiezas a cobrar por tu escritura, va subiendo tu ambición y ya eliges leer para ir rellenando lagunas. Yo en Filología me tenía que leer todos los clásicos. La muerte de Virgilio de Hermann Broch, El Ruido y la furia, de Faulkner, Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos. Todos eran clásicos absolutamente acojonantes. De repente, con 21 años, tienes que hacer trabajos sobre ellos. Incluso superas libros como Auto de fe de Canetti. No sé, yo cuando leí La trilogía de El innombrable de Samuel Beckett, me dije: esto es el Finisterre, después de esto no se puede hacer nada más. Después de estas tres novelas este es el final de la narrativa occidental, el final de la modernidad. Después de Beckett ya no se puede ser más vanguardista. Ya te caes.

Ocupas mucho tiempo escribiendo o hablando de la actualidad política. ¿Te jode no tener más tiempo para leer?

Yo sé que esto será temporal. Una vez que tienes esa vocación, nunca desaparece. Cuando estoy en tertulias o en foros no estoy a gusto. Hay una voz dentro de mí que me dice: “Eres un hijo de puta que estás traicionando tu vocación”. Y yo le contesto: “Espérate. No te preocupes, iré ahí, pero déjame ganar dinero dos o tres años”. Y esa es mi vida ahora mismo. Cuando tienes el veneno dentro te da igual. Que haya lectores o que no. Tú sabes que vas a escribir y vas a leer. Ese es tu destino en la vida. Yo lo tengo claro. No tengo ninguna duda. Ha sido una vida absolutamente enfocada a eso desde siempre. Y ahora me jode porque no estoy haciendo lo que debería. ¿El qué? Leer todo el día y escribir un ensayo muy sesudo que descubriera las claves del futuro político universal. Pero no, no puedo.

¿Por qué hay que leer a los clásicos?

Los clásicos son clásicos porque ocupan la cima de la belleza y de la inteligencia del espíritu humano. No son clásicos porque alguien decida meterlos en un plan de estudios. Lo son porque son átomos de placer intelectual que tienen más potencia que ninguna otra bomba conocida. Son bombas. Y uno necesita una cierta sensibilidad para activar esas bombas. Y tiene que formarse leyendo a los anteriores. Aunque un clásico puede explotar por sí mismo, al contacto con un lector profano, porque tienen esa capacidad. Si tú le das un clásico español como La familia Pascual Duarte a alguien que no ha leído en su vida es muy posible que ese libro le detone dentro. Luego hay otros más complicados como los que hemos citado antes, pero en principio un clásico lo es porque tiene fuerza. El autor consiguió volcar ahí una serie de universales estéticos, de inquietudes, de registros y de dominio del lenguaje que un autor normal no consigue. Esto de leer a los clásicos que parece una cantinela de señorita con el rodillo en la mano no es tal. Es una invitación al máximo placer. Chaval, deja de fumar porros y métete heroína a ver si tienes cojones. Este es el planteamiento. Lo que pasa es que en este caso es una droga buena.

 

Jorge Bustos es periodista y escritor. Ha escrito La granja humana (Ariel, 2015), El hígado de Prometeo, (Nobel, 2016) y Crónicas Biliares, (Círculo de Tiza, 2017).

 

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