París (III)

“De vuelta, 23:30. Hemos rodeado todo el Sena. Casi lo que más me gusta de París es sentarme y mirar el Ministerio de Justicia desde la orilla contraria. Después hemos callejeado por St. Germain. […] Mientras caminamos por el quai des Tulleries Ana habla de un amigo suyo gay. Intento ponerla en un aprieto. ¿Cómo sabes que yo no soy gay? Tartamudea, duda, reconoce. “Ya. En verdad no lo sé, puede ser. ¿Y qué más da?”. Le digo que no, que claro que no, pero ahora sus dudas de repente no me hacen gracia, me molestan, y pienso que por qué me habré metido en este juego. Por dentro me cabreo. Intento disimular, pero cuando hablan de chicos me callo y demuestro un sentido primario que me espanta”.

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Te despiertas en una casa y te duermes en otra. Tan solo tienes un poco de suerte. Sigue leyendo

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París (I)

París es una puta que te ha recibido con una gran patada en el culo. Un señor te pidió dinero en Opera agarrándote del brazo y, como no te gusta que te toquen, le empujaste. Caminabas con Blanca y Belén hacia el Arco del Triunfo, riéndote despreocupado, y no te esperabas su reacción, pero cuando le apartas y te vuelves hacia ellas notas la punta de una bota en tu culo. Una patada estratosférica. Te giras y le gritas, y todas las personas que te rodean te miran con ojos de pájaro. A ti, que es el que grita, y no al clochard. El hombre se te acerca, y tú no quieres líos o no te atreves a enfrentarte a él, así que te das la vuelta y sigues tu camino. Blanca y Belén andan muy deprisa, porque el tipo os sigue. No para de gritarte, de decirte que eres un maricón. “¡Maricón, marica!” Tú sigues caminando, mirando de reojo por si se acerca más. Que sepa español te acojona. Durante cinco manzanas el hombre os sigue, y tú estás avergonzado. Intentas rebajar los gritos con bromas, que no son muy graciosas. “¿Os imagináis que no para de seguirme nunca?”.

Después, unas horas más tarde, solo y tranquilo, rodeas el Panteón y bajas la Rue Clovis. “Voy a vivir en la misma ciudad en la que vivieron muchos de los escritores que admiro”. Quieres, pretendes y luchas por convertirte en uno de ellos. Te acuerdas de algunos que has leído: Cortázar, Hemingway, Vargas Llosa, Joyce. Incluso piensas en autores contemporáneos que pasaron por aquí y que has entrevistado, como Vila Matas, Guadalupe Nettel o Iñaki Uriarte. Te sientes bien y decides cambiar tu destino hacia el Sena. Al llegar dejas la mochila en el suelo y observas el río más literario del planeta: “¡Venga! Venid aquí, adverbios acabados en mente, uno a uno, a ver si podéis esquivar este directo-directo-gancho. ¿Alguien más? Voy a escribir un libro que recoloque los cimientos de la novela. ¿Tú qué coño quieres, estilo? ¡Toma crochet! Y tú, ballena varada, mundillo literario, pienso destrozarte en menos de cinco asaltos. Da igual que te muestres indiferente a mis puñetazos, pronto caerás. Pum, pum, pum. ¿Alguna coma que se atreva a desafiar mis frases? Soy imparable. Mirad cómo me muevo y golpeo. Estoy bailando dentro del ring. ¡seré el mejor escritor del mundo!”. Sigue leyendo