París (I)

París es una puta que te ha recibido con una gran patada en el culo. Un señor te pidió dinero en Opera agarrándote del brazo y, como no te gusta que te toquen, le empujaste. Caminabas con Blanca y Belén hacia el Arco del Triunfo, riéndote despreocupado, y no te esperabas su reacción, pero cuando le apartas y te vuelves hacia ellas notas la punta de una bota en tu culo. Una patada estratosférica. Te giras y le gritas, y todas las personas que te rodean te miran con ojos de pájaro. A ti, que es el que grita, y no al clochard. El hombre se te acerca, y tú no quieres líos o no te atreves a enfrentarte a él, así que te das la vuelta y sigues tu camino. Blanca y Belén andan muy deprisa, porque el tipo os sigue. No para de gritarte, de decirte que eres un maricón. “¡Maricón, marica!” Tú sigues caminando, mirando de reojo por si se acerca más. Que sepa español te acojona. Durante cinco manzanas el hombre os sigue, y tú estás avergonzado. Intentas rebajar los gritos con bromas, que no son muy graciosas. “¿Os imagináis que no para de seguirme nunca?”.

Después, unas horas más tarde, solo y tranquilo, rodeas el Panteón y bajas la Rue Clovis. “Voy a vivir en la misma ciudad en la que vivieron muchos de los escritores que admiro”. Quieres, pretendes y luchas por convertirte en uno de ellos. Te acuerdas de algunos que has leído: Cortázar, Hemingway, Vargas Llosa, Joyce. Incluso piensas en autores contemporáneos que pasaron por aquí y que has entrevistado, como Vila Matas, Guadalupe Nettel o Iñaki Uriarte. Te sientes bien y decides cambiar tu destino hacia el Sena. Al llegar dejas la mochila en el suelo y observas el río más literario del planeta: “¡Venga! Venid aquí, adverbios acabados en mente, uno a uno, a ver si podéis esquivar este directo-directo-gancho. ¿Alguien más? Voy a escribir un libro que recoloque los cimientos de la novela. ¿Tú qué coño quieres, estilo? ¡Toma crochet! Y tú, ballena varada, mundillo literario, pienso destrozarte en menos de cinco asaltos. Da igual que te muestres indiferente a mis puñetazos, pronto caerás. Pum, pum, pum. ¿Alguna coma que se atreva a desafiar mis frases? Soy imparable. Mirad cómo me muevo y golpeo. Estoy bailando dentro del ring. ¡seré el mejor escritor del mundo!”.

Cuando despiertas de tu ensimismamiento tienes los puños cerrados, a punto de romper un lápiz. Por unos minutos te habías salido del mundo, pero el camino de regreso se te muestra clarísimo. La idea del boxeador-escritor es de Fante, no tuya. Tú no eres un gran escritor. Tan solo copias. No eres nadie, como la inmensa mayoría de la gente. No has escrito nada que merezca la pena. Tienes 21 años. ¿Cómo ibas a ser alguien? Además, tú aquí has venido a estudiar economía, no a escribir. ¡Ni siquiera vives en París! Duermes en una habitación en Fontenay aux Roses, un pueblecito al sur de París, de clase media. Tus hombros se caen, desaparecen los barcos y el río se muestra como una mole negra y peligrosa. Te has quedado solo en las escaleras. Tiras el lápiz al suelo de pura frustración, pero al instante lo recoges, porque te parece estúpido hacer eso. No estás en una película. Nadie te está mirando. Te levantas y te ríes, rehabilitándote en un segundo y pensando en los miles de jóvenes que vinieron a París soñando con convertirse en grandes escritores y fracasaron, pero tuvieron después una vida normal, burguesa y feliz. No les pasó nada por no triunfar porque nadie esperaba nada de ellos, igual que nadie espera de ti que seas el nuevo Salinger. Coges el RER en Luxembourg y en el tren echas un vistazo a Twitter.

***

La primera idea de este diario se te ocurre cenando en el Vips, solo, apenas unos días antes de volar a París. Tu madre te ha pedido que te vayas de casa, porque viene a cenar Antonio. Da por hecho que tienes plan (es viernes) y tú finges que lo tienes. Es verano y no hay mucha gente en Madrid. Podrías escribir a Gonzalo o quizá a los del colegio, pero te apetece estar solo y te vas al Vips a leer. Pides un sándwich y te llega un mensaje de Mónica, preguntándote cuándo te vas. Le contestas al momento. Tienes suerte, porque ella acaba de llegar a Madrid. Decidís veros en una hora en Sol, aunque más tarde iréis a Malasaña a beber cerveza en el 2 de Mayo. Acabáis muy tarde. Son las 5 de la mañana y mientras vuelves andando piensas en París, en el rumbo que está tomando tu vida y en cómo te comportas con Mónica: algunas veces solemne y pedante; otras callado y retraído. Al llegar a casa desarrollas las ideas que habías anotado mientras cenabas:

 

“¿Es posible definirse en un único, indivisible y omnipresente YO? No. Lo sé porque llevo tiempo observándome. Al principio me sorprendía por las cosas que hacía, pero ya no. Mis actos son contradictorios. ¿Y? Todos mis esfuerzos por elaborar una historia causal que los agrupe han sido un fracaso. Me encuentro, como Mario Levrero, en período de centrifugación. Toda mi expansión del yo se encuentra encogiéndose y apretándose como una pelota de tenis.

Ya no eres capaz de escribirte, incluso de pensarte, en primera persona. Al menos del singular. ¡Car je est un autre! Ya hace unos meses que te venías adueñando de una primera persona extraña, plural, como si tu cabeza fuera una ciudad poblada por miles de Carlos que formaran y disolvieran facciones, intentando hacerse con el control de la máquina. Relees tu libreta y no te cuesta encontrar ejemplos. “Debemos leer más”, escribes repetidas veces. “Propósitos de verano: dormirnos más tarde, leer más ensayo, fumar porros cuando nos lo propongan pero nunca proponerlo, […] y mirar menos el móvil para que tengamos la cabeza más despejada”. Y otra anotación más antigua: “Síndrome de abstinencia. Diez días sin hablar con ella. ¿Y si vivimos mejor así? Ayer anduvimos desesperados, hoy estamos pletóricos. Quizá sean las horas de sueño”. Pero no, te das cuenta de que suena falso y pretencioso, que la lucha contra el yo no puede acometerse en plural, así que desestimas la sugerencia y desenfundas el tú”.

La segunda persona nace en guerra contra la literatura del yo, que miente, se inventa o se oculta cosas así mismo.

***

Henry Miller: “París es como una puta. Desde lejos parece cautivadora, no puedes esperar hasta tenerla en los brazos. Y cinco minutos después te sientes vacío, asqueado de ti mismo. Te sientes burlado”.

 

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