París (II)

Son días felices. Estás en uno de los mejores momentos de tu vida: tienes muchos y diferentes amigos, las expectativas son numerosas y vives en París solo y con dinero suficiente para un tiempo. Todo ha cambiado en apenas un mes:

“Me levanto y compruebo que ya no me duele la espalda. Noto cierta molestia, pero no es la punzada de ayer.
Llevo dos días y medio sin hablar con nadie. Iba a escribir que también sin abrir la boca, pero sería mentira, porque ayer recité en alto el poema de Cortázar y creo que en algún momento me hablé a mí mismo”.

***

Aprender un idioma es igual que trabajar de vigilante de noche en un edificio. Cuando uno llega a su trabajo no conoce nada y solo escucha ruidos extraños. Conforme va pasando el tiempo enciendes luces, descubres nuevas habitaciones. Tener buena base de una lengua significa conocer el edificio y saber por dónde te pueden venir los problemas. Tú, sin embargo, avanzas a tientas con el francés, buscando el interruptor que te indique si el verbo va con avoir o con être. Cada día mejoras un poco más. Ya te comunicas y lo comprendes. Pero tan solo basta el gesto torcido del que no te entiende para que comience una tormenta que cortará la luz y te cerrará todas las puertas, sumiéndote en la oscuridad. Aprender un idioma, sabiendo que las luces que dejas atrás pronto se apagarán, es difícil y desalentador. Has notado cierta mejoría, entiendes bastante, pero sigues escupiendo las palabras y casi nada sale fluido.

***

Sales del Pompidou, tuerces a la izquierda en rue Sébastopol y andas por el quai de la Mégisserie. Has quedado en los Champs de Mars, detrás de la torre Eiffel, aunque tienes tiempo para ir andando. A medio camino te encuentras con Manuel, un asturiano del grupo de la universidad que habla muy bien francés y estudia Farmacia. Le cuentas de dónde vienes y empezáis a tener una discusión sobre el arte moderno. “No he podido entrar a la exposición de David Hockney porque había que pagar”, explicas. “¿Te gusta? A mí nada. Sus piscinas no me llaman la atención”, contesta. Sin saber muy bien por qué, te cabreas y te pones a contradecir todas sus opiniones. Le dices que ya en 1917 había un ruso dibujando una cruz negra en fondo blanco, y que todo el vanguardismo posterior no es más que el intento de trazar la línea unos centímetros más allá antes de caerse en la nada. “¿Malévich, no?” Sí, sí, admites avergonzado.

Duchamp y el ruso son interesantes por ser tan innovadores, igual que cualquiera que practique la transgresión contra la esclavitud de su tiempo. Pero ser transgresor es una cosa y enseñar las tetas en el siglo XXI es otra. La transgresión en el arte no debe consistir solo en hacer rabiar a los conservadores ni en rizar el rizo de la última canallada posmoderna.

Él no responde, pero hace un comentario sobre la sala de arte contemporáneo del Pompidou. “Uno necesita abstraerse mucho más con el arte del siglo XXI que con el del XX”. Le rebates. ¿Y en el arte moderno no? ¿No hace falta saber qué hay detrás de un Mondrian para apreciarlo? Cuando os calláis tienes la certeza, aunque ninguno parezca saber de lo que habla, de que has ganado la discusión. Al menos hasta unos días más tarde, cuando descubres que habías confundido a Hockney con Hopper.

Llegáis a la torre Eiffel, que ya está iluminada. La regla es que nadie puede hablar en su idioma original. Se entremezclan el inglés y el francés en las conversaciones. Intentas encontrar adjetivos para la torre que tienes delante, pero no lo consigues, así que te olvidas un poco de todo y bebes a morro de las botellas de vino que se van pasando mientras se expande la noche. Ya nadie mira la torre Eiffel, los jóvenes empiezan a gritar como lobos, se arquean las espaldas y se rompen los grupos grandes en favor de grupos más pequeños, incluso en parejas, porque hay que acelerar los acontecimientos, todos presentan la urgencia de vivir experiencias para tener un pasado que contar. Más tarde, los grupos se rehacen y os vais antes de que salga el último tren de la noche.

Unos días después estás esperando en la esquina de Thouin con Descartes y Mouffetard, mojándote y disimulando, preocupado porque la gente piense que te han dado plantón. De repente, una chica se te acerca y te llama por tu nombre, y tú reconoces a la hermana de Javier. Sabes quién es María, has visto alguna foto y es evidente el parecido, pero pese a todo le preguntas sin saludar que cómo te ha reconocido. Ana aparece por detrás y te presentas, mientras María tartamudea y explica que te ha buscado en Facebook. Entráis al bar de la esquina a esperar a Manuel, Belén y Blanca y pedís tres pintas de cerveza por cinco euros cada una. Te cuentan sus experiencias en Atlanta y Nueva Orleans. Cuando llega el resto de gente hablas mucho. Quizá demasiado. Otra vez te asalta la misma duda, no sabes si lo que cuentas es interesante o eres un coñazo. Es cierto que no paras de preguntar, de interesarte. ¿Pero con qué objetivo? ¿Simple curiosidad o para que te pregunten a ti? Exageras cuando piensas que eres muy narcisista, egocéntrico y que no te importan los demás, pero cada cierto tiempo tu paranoia te muerde con insistencia. Cuando te acuerdas, te callas y te metes hacia dentro, desconcertado.

En otro bar, le dices a Belén que ya sabes cómo explicarle por qué piensas que Instagram está jodiendo a toda una generación, ya que no supiste hacerlo la semana pasada en un concierto de jazz. Ana te pregunta por qué no tienes, y tú te vuelves a expresar fatal. Todos dan argumentos a favor y te rindes. Para cerrar el tema haces lo mismo que hiciste con Belén el otro día: recomiendas la cuenta de Instagram de Christoph Niemann.

Los acabas juntando a todos con los internacionales de tu universidad y algunos salís de fiesta a Bastille, donde prometes que estará bien. La música no es buena, todo está lleno y es caro. Mientras os acercáis a la barra a pedir una copa María te dice que tienes los ojos verdes y tu sonrisa brilla. No sabes cómo tomártelo, te alborozas y sonríes tontamente, pero ella te aparta y se pone en tu posición para que lo veas. El efecto de las luces del bar hace que la boca reluzca y los ojos brillen como los de un marciano. Te rehaces y le pides que se ponga seria. “Ahora pon cara de miedo”. Hay gente de todas las edades. Suena la campana porque alguien ha dejado propina, los vasos descuidados desaparecen de las barras y una pareja baila borracha empujando a los de su alrededor.

Ana y María no se han llevado bien con la chica y el chico españoles, que le explican a otro amigo alemán cómo bailan los hombres en España. Ellas dos acaban hablando con dos franceses muy modernos. Uno chapurrea el español y ofrece casa en varios sitios de Francia. Tú no sabes qué hacer, es evidente que están ligando con ellas y acabas por pedir que te líen un cigarrillo, aunque no fumes. Se te apaga todo el rato y a la décima vez que pides el mechero decides tirar el cigarro a la basura. Las chicas se van y vuelves dentro con el resto. No pasan más de diez minutos cuando ves a los dos franceses liándose y metiéndose mano entre ellos.

Al día siguiente, a las orillas del Sena, los franceses extienden sus manteles y hacen picnic. Acuden con sus familias o con amigos. Muchos sonríen, quizá porque no llueve y no hace frío. Es un día especial porque hay fuegos artificiales por la noche, y el río es un espejo de los colores que saltan por los aires e iluminan la ciudad. Nada podría ir tan bien, salvo por un numeroso grupo de españoles que no para de mofarse y gritar que los fuegos artificiales de Valencia son mejores.

Después

Se hace hueco y se aleja del círculo de amigos que baila, se detiene en medio de la pista y echa la cabeza hacia atrás para mirarte, con unos ojos azules tan claros que no pueden venir de Italia, y entiendes que lo que quiere es que le sigas. Cuando llegas, te pregunta si estás borracho. Decir que no es decir que sí, así que te callas y dejas que suene la música.

***

Mario Levrero: “Hoy también me desperté con la determinación de no releer lo que llevo escrito en este diario, al menos no con frecuencia, para que el diario sea diario y no una novela; quiero decir, desprenderme de la obligación de continuidad. De inmediato me di cuenta que será igualmente una novela, quiera o no quiera, porque una novela, actualmente, es casi cualquier cosa que se ponga entra tapa y contraportada”.

 

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