París (III)

“De vuelta, 23:30. Hemos rodeado todo el Sena. Casi lo que más me gusta de París es sentarme y mirar el Ministerio de Justicia desde la orilla contraria. Después hemos callejeado por St. Germain. […] Mientras caminamos por el quai des Tulleries Ana habla de un amigo suyo gay. Intento ponerla en un aprieto. ¿Cómo sabes que yo no soy gay? Tartamudea, duda, reconoce. “Ya. En verdad no lo sé, puede ser. ¿Y qué más da?”. Le digo que no, que claro que no, pero ahora sus dudas de repente no me hacen gracia, me molestan, y pienso que por qué me habré metido en este juego. Por dentro me cabreo. Intento disimular, pero cuando hablan de chicos me callo y demuestro un sentido primario que me espanta”.

***

Te despiertas en una casa y te duermes en otra. Tan solo tienes un poco de suerte.

En la primera quieres salir corriendo. Tienes una resaca tremenda. Le das un beso y le dices que te tienes que ir. “¿Me puedo duchar?” Con ella hablas en francés o en inglés, indistintamente, así que a veces no os entendéis porque no os ponéis de acuerdo. Te dice que sí. “¿Me dejas una toalla?” Solo tiene la suya. “¿Y me dejas la tuya?” No, responde sonriendo. Piensas que es broma, pero no lo es. Te marchas renegando, escandalizado y sucio.

La noche anterior habíais llegado muy borrachos, después de abandonar la discoteca en el momento justo. Estabas durmiéndote en el bus, y hacías verdaderos esfuerzos para que no se diera cuenta. Solo espabilaste cuando viste que su habitación era para minusválidos. Le miras desconcertado, y a ella le brillan los ojos por el alcohol y no se da cuenta. ¿Qué le pasa? No parece coja. Tampoco tiene ningún retraso. Piensas en la corrección política, en qué harás si se quita una pierna. Ella acaba explicándote que la consiguió por sorteo, porque es más grande, y aunque estás seguro de que dice la verdad acabáis teniendo un sexo raro y descompasado.

Llegas a las 13:00 a tu habitación. Tienes tanto sueño que te vuelves a dormir. Comes a las 15:00 un couscous frío, coges Rayuela y te vas a París, a leer al Luxembourg. Te habla tu amigo alemán, Alekko, y quedáis allí. Hace un buen día, un cielo madrileño, aún es viernes y las expectativas siguen siendo numerosas. Estás muy atento al móvil. Vuelves a las andadas. Hay veces que te descubres mirándolo cada 30 segundos, y te enfadas. ¿Cómo puedes estar tan enganchado? Lo pones en modo avión. Cuando llega Alekko discutís sobre cosas interesantes. Él no tiene ningún tipo de interés en Alemania como nación. “Me he pasado toda mi vida en clase escuchando historias sobre Hitler”. Y pasáis a Europa. “Mira, no cogería un arma para defender a Alemania, pero quizá sí lo haría por toda Europa, por lo que representa”. Alex es un tipo genial, inteligente y muy gracioso.

Más tarde Alekko y tú os dirigís al estudio de Francesco. Lleváis una botella de vino y él cocina pasta al pesto. Escucháis Buena vista social Club, Kaleo y Parov Stelar. Francesco os enseña una bolsa de marihuana y os encogéis de hombros. Francesco va a publicar un libro con su padre, una novela que se desarrolla en Milan y donde toda la población se vuelve loca. Dice que lo van a publicar en Mondadori y se pone a bailar. Alekko también escribe. ¿En inglés, alemán, griego, español o francés? Bromeamos. Te da envidia la facilidad que tienen los alemanes para hablar todo tipo de lenguas. Se os ocurre escribir un libro escrito a seis manos, en tres idiomas distintos, una obra ultraposmoderna que casi nadie pueda leer. Os gusta la misma música, bebéis vino y bailáis solos por el estudio, moderno y lleno de cosas caras.

Antes de que anochezca vais a casa de las chicas. También vienen tu amigo José y Ana, su novia, que están de visita en París. Bebéis y la noche avanza con entradas y salidas del piso de gente que va a por más botellas de vino, muchísimas más, y en un momento indefinido llegan más chicos y chicas que conoces de vista de la universidad, algunas francesas. Hacéis ruido, pero nadie se queja.

Hablas con María de películas, y te sientes un inculto. También de Manuel Jabois y de Enrique Vila-Matas, y le cuentas el libro fallido de las entrevistas. Después de su asombro tartamudeas una objeción, alguna excusa, pero te das cuenta que lo empeoras y te quedas callado. Ella se está leyendo París no se acaba nunca, ya te lo dijo antes delante de José, lo que te dio mucha vergüenza porque en el grupo de amigos de toda la vida nunca nadie te había preguntado qué estabas leyendo. Le cuentas la entrevista que hiciste en Barcelona a Vila-Matas, y evocas su paso de tortuga a lo lejos, el lento avanzar del fantasma que se sabe observado y atemoriza. Por último recuerdas lo que te dijo Vila-Matas sobre su problema con el alcohol:

Es difícil explicarlo. Añoro solamente del alcohol —y eso que han pasado 10 años— el ir en las noches sin límite. O sea, perderse. Perderse dos o tres días. Por eso Doctor Pasavento es así. Tenía la nostalgia del combate, me sentía en las barras de los bares como un combatiente de la noche, un marginado y un tipo muy interesante. Pero claro, no me veían así. El atrevimiento lo he tenido siempre. Ahora, al no haber alcohol no hay huida en el sentido de perderse de repente y la coartada de no haberse dado cuenta. Era muy extraño todo. Por poner un ejemplo, me acuerdo de una tarde que me había emborrachado ferozmente solo en mi casa a base de vodka. Un vodka que no te das cuenta. Yo era como un soldado ruso en casa con el proyecto de descansar aquel día. En esto llamaron al timbre y apareció Javier Cercas. Por aquella época nos acabábamos de conocer. Me dijo: «He venido a buscarte para llevarte a la fiesta del premio Tusquets». Él no se dio cuenta hasta que estábamos allí de que yo estaba borrachísimo. Estuve engañando con mi actitud, porque el vodka da una especie de sobriedad. Una vez en la fiesta él se dio cuenta de que estaba muy borracho porque cada vez que me acercaba a un grupo todos se apartaban. No debería haber ido.

Finalmente la gente se va, casi a patadas, porque a los borrachos hay que echarles a patadas, y se cierra la puerta.

***

Avanzan los días. Llevas dos semanas de universidad. Las clases en Francia parecen un anuncio de Benetton, con gente de todas las razas y religiones. Te sientes un provinciano fascinado ante el cosmopolitanismo de la capital. Los chinos que hay no son chinos, y se enfadan si les preguntas si son chinos. ¡Yo soy francés! Es igual que si a una persona negra le preguntas de qué parte de África es.

Por otro lado, las clases de economía son complicadas. O tomas apuntes de las diapositivas o escuchas al profesor, pero las dos a la vez es imposible. Las mañanas son rígidas, la parte mala de esta felicidad que te impulsa. También piensas en qué harás a partir de enero. Aunque es muy pesado, es comprensible que los jóvenes estén dando vueltas en espiral a la vida. Por un lado, han alcanzado una edad para ser racionales y conscientes de su poder de decisión. Por otro, todo es una incógnita y aún se puede cambiar el rumbo, porque con cuarenta años uno está tan adentrado en la selva de su vida que volver atrás no es una opción. Lo que siente un joven es una sensación incómoda, pero real, aunque tampoco hay que preocuparse mucho por ella porque el azar es poderoso y se suele tener poco margen de maniobra.

Apenas pasas por tu habitación. Cuando vuelves, tienes que tirar comida que se ha puesto mala y limpiar el suelo. El polvo se acumula, se forman batallones paramilitares para rebelarse contra la ausencia de su dueño. Pelusas de los rincones más alejados del reino se reúnen y forman alianzas. Sale polvo por todos lados. No tienes escoba, así que te pones las chanclas y barres con el pie, dejándolo en una esquina. Haces esto un par de días, pero es insostenible. Te decides a comprar una. A la vuelta barres toda la habitación, y cuando reúnes el polvo te das cuenta de que no has comprado recogedor. La montaña de pelusas te observa desafiante, vencedora, y tú le devuelves la mirada, dándote cuenta que, al fin y al cabo, la vida no la vas a aprender solo entre mujeres y libros.

 

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