París (IV)

En París no se acaba nunca, Vila-Matas cuenta que su padre se hartó tanto de mandarle dinero a Francia para que él escribiera su primera novela que le pidió que volviera a España. “Por fin me estoy dando cuenta de que mi hijo es un verdadero idiota”. Tú, por el contrario, te llevas bien con tu madre. Como mucho le asustas un poco y le comentas que estás adelgazando tanto que el reloj se te cae del brazo y las botas te quedan más grandes que antes.

Hablas por teléfono con ella después de un fin de semana con sol en París. Le dices que si en esta ciudad hiciera buen tiempo los 365 días del año todas las personas del mundo querrían vivir aquí.

Pero París tiene un problema. Hay bastante gente que vive en la calle. Una noche paseas por Bastille y ves a una familia durmiendo en un colchón grande. Es tan grande que la gente tiene que bajarse al arcén, mirando que no venga ningún coche. A un lado duerme la madre, con un gorro con pompones. Al otro, el padre. Entre medias, tres niños rapados, con caras de ángeles petrificados, doradas por la luz de la farola y la suciedad. Los padres no duermen, pero ellos sí. Te quedas pasmado ante esas cabecitas y abres mucho los ojos como si estuvieras ante una obra de arte que no entiendes.

Durante toda la semana la imagen te persigue, pero después se oscurece y emborrona y ya no te acuerdas de sus caras.

***

26 de septiembre

“Recaído. Casi diría que muy recaído. Los motivos no importan. Solo es relevante entender toda la felicidad que había encadenado estos días y que me hacía imposible seguir de esa forma. El fregadero no traga, uno de los fuegos de la cocina ha dejado de funcionar y el retrete pierde agua como si fuera la desembocadura de un río”.

Hoy ha hablado Macron en la Sorbona sobre la Unión Europea. Un discurso de 1 hora y media. Al acabar te acuerdas de una frase que leíste en una entrevista suya: “La Unión Europea no es un supermercado”. Y relees lo que escribiste hace unos cuantos meses:

“F. me pregunta por la chica con la que estaba quedando. Le digo que prefiero estar solo y que me sentía incómodo con ella. “Eso es que no te gustaba”. No sé por qué le digo que el amor no es un supermercado, y para disimular escribo muchos jajas seguidos.

El amor no es un supermercado. Me parece ingeniosa, pero se lo he dicho a una mujer que odia la literatura.

El paso del tiempo. F. ya no es F. sino “una mujer”.

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Discutes con Z. por la Rue des Écoles y le cuentas tus dudas sobre la ficcionalización del yo. Te parece un fracaso personal. Necesitas salir de tu cabeza, de tu mundo. Quizá haya que rebajar el ego. Cuando en tus relatos o historias describes a personajes y desarrollas diálogos, todo es forzado. Todo suena demasiado a ti o a lo que te rodea. Z. te pregunta qué más da que aparezcas directa o indirectamente en el texto. Intentas explicarte, pero no puedes. Te cuesta mucho discutir con Z. Te sientes torpe y lento. Al cabo de un rato crees tener la respuesta. Escribir es un acto íntimo, y como tal se utiliza para expresar emociones guardadas, no compartidas. Se escribe porque se ha pensado, pero más tarde se escribe para pensar.

Por ese motivo, la gran mayoría de las veces, a nadie le interesa lo que el otro escribe. Los sueños que te cuentan siempre son aburridísimos. Tú te encuentras en esa cárcel. Buscas profesionalizar tu escritura, desnaturalizarla, objetivarla. Z. te replica que eso es imposible, que nunca vas a salir del texto. Pero tú no quieres utilizar tu escritura como purga y explicación. Necesitas encontrar un método, un enfriamiento de los acontecimientos. Empezar a escribir hacia afuera.

 

***

En la universidad de París sientes que estás desperdiciando el tiempo. Ni la gestión financiera, ni las matemáticas ni la microeconomía avanzada te interesan. Cada vez te sientes más lejos del camino que habías trazado para alcanzar tus ambiciones. La cuerda se tensa. Solo se mantiene entera cuando al otro lado hay algo o alguien que la relaja, que estira o encoge según la necesidad. Pero si ese lado desaparece, si no hay nada más que la nada de más nada entonces habrá que enfrentarse a la realidad. Una realidad muy parecida a la que se refería Eugene Ionesco mientras tiraba aceite hirviendo a los jóvenes de Mayo del 68: “¡Desgraciados, sinvergüenzas! ¡Dentro de tres semanas todos seréis notarios!”.

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Apenas lees. Durante el mes de septiembre has leído Rayuela y medio libro de la biografía de Salter, Quemar los días. 150 páginas que te resultan aburridas y pretenciosas.

Rayuela te ha calado un poco más. La mayoría de los libros que se leen llegan o muy pronto o muy tarde. Al final todo tiene que ver con las circunstancias. Por eso algunas frases de Rayuela te parecen espléndidas, auténticas obras de vida y consumación. No solo te imaginas escribiéndolas, sino también te sitúas en ellas y las vives.

Pero te ha costado acabar el libro. Has seguido de forma rigurosa sus instrucciones, mareándote entre tanto cambio de capítulo. La segunda parte del libro es un despropósito, una piedra más en la montaña de un posmodernismo que solo tiene sentido en el preciso instante en el que se inaugura. Una obra que dependa tanto del contexto nunca podrá ser un verdadero clásico. En definitiva, te gusta más escuchar a Cortázar leyendo a Cortázar que leer a Cortázar.

***

Como un niño con una pantalla, como un asteroide que queda atrapado en la atracción de un enorme planeta, observas con perplejidad los cambios que se van produciendo en ti, al mismo tiempo que abandonas cualquier pretensión que no sea dar vueltas en torno a esa fuerza.

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