París (VI)

Que la vida no es una novela uno se da cuenta rápido. Por ejemplo, el Bandini de Fante. Es un personaje literario que solo come naranjas. ¿Pero quién come naranjas? Tú solo comes manzanas, porque son baratísimas. Las naranjas son pringosas y dejan hilillos en las uñas y un olor fuerte en las manos. ¿Por qué la fruta del Edén era una manzana y no una naranja?

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En la presentación de Steven Pinker. Viene a París para hablar de la traducción al francés de su libro The Better Angels of our Nature: 800 páginas que explican el declive de la violencia a lo largo de la historia. Quedas con Z. en la puerta, en el Boulevard de l’Hopital. Cogéis sitio con media hora de antelación. Al principio solo hay gente mayor y Z. se pregunta qué hace toda esta gente aquí, diciendo que ella cuando tenga 60 años no vendrá a estas cosas. Al revés, lo raro es que estemos nosotros, piensas. Pero después llegan más estudiantes y los anfiteatros se llenan.

Giras la cabeza y ves a Pinker bajar por las escaleras. Él va mirando a la gente que hace fotos. No es la entrada de una estrella de rock, pero suscita murmullos. Lleva una mochila negra casi en el cuello. Pinker te mira durante unas décimas de segundo, y los pies se le traban y está a punto de tropezarse. Te imaginas a Pinker cayendo a tus pies, la sangre de Pinker manchando tus botas. Dejas de verle como alguien especial al ver su cara, sus ojos atemorizados y sus labios tensos ante la posibilidad de hacer el ridículo.

Llega un amigo de Z. Hay un error, porque se sienta en medio de vosotros. Si en una cena crees que has tenido mala suerte con los que te ha tocado sentarte es que no has estado atento. Intentas ser majo, pero el tipo no te da conversación. “Es Carlos Barragán, ¿te acuerdas de él de la fiesta?” “Mmmm, no, lo siento”. Sigues intentando ser majo. Habláis de Pinker y, aunque sea una intuición, estás seguro de que él piensa que tú solo has venido aquí porque ha venido Z. Es condescendiente contigo y te parece un gilipollas.

La presentación es muy aburrida. No por Pinker, sino por el traductor. Cada 15 segundos corta y traduce al francés. En el folleto dicen que es el traductor del Dalai Lama. A Z. y a ti os cae fatal y os entra la risa más tarde cuando os dais cuenta que un tío hablando de progreso, de razón y ciencia con ese vestido naranja no es muy convincente.

Para entretenerte, piensas que uno de los tipos que están sentados en las primeras filas es Houllebecq. Tiene los mismos pelos y se sienta con una postura chulesca, muy tumbado y cruzando las piernas. Le está mirando a Pinker. Parece que le hace gestos, gestos obscenos. Houellebecq le pone caras como si quisiera pelea mientras Pinker habla del declive de la violencia por las instituciones y el self control.

En la película de En un lugar solitario, Humphrey Bogart no para de pegar a la gente, sin poder controlar sus instintos primarios. Es un prototipo de ese perfil de hombre de siglos pasados que es impulsivo y cuyo honor está por encima de todo. Si él existiera en 2017 sería un cani de los que se pegan en la puerta de las discotecas. Pinker cuenta en el libro por qué razón cuando eres pequeño te dicen que no puedes utilizar el cuchillo para empujar la comida. Todas las normas sociales siempre tienen una explicación histórica detrás. En este caso era para que los hombres en el siglo XVII solo utilizaran el cuchillo en las comidas cuando fuera estrictamente necesario, y no tuvieran la tentación de rajarse y abrirse el estómago entre plato y plato.

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¿Es Ménilmontant y el Boulevard de Belleville la mejor zona de París?

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“Cortázar dice que pasear por París es pasear hacia uno mismo. Aquí tenemos el ejemplo de una boutade, una especie de aforismo gracioso que no significa nada. Cuando paseo por París lo único que pienso es que ojalá tuviera dinero para entrar a una brasserie y tomarme un café con leche de 6 euros”.

Por el contrario, Trouve avant de chercher, de Válery, no es una boutade. Todo lo que buscas se esfuma y desaparece, bloqueándote y confundiendo la realidad. Pero, en cualquier momento y sin pretenderlo, encuentras la explicación de algo que nunca te habías preguntado y que te soluciona la vida un par de horas.

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Te hartas del móvil. Parece que la gente se está empezando a preocupar por sus efectos. Tampoco mucho. El scroll infinito controla vuestras vidas, y te preguntas qué haces bajando y bajando en Facebook si te ibas a dormir ya.

Te has descargado en el móvil una aplicación para que te diga cuánto lo usas al día. Que el libre albedrío es una mentira que se inventaron los humanos para justificar sus impulsos lo suponemos desde hace tiempo. Hay un amplio debate sobre qué es y hasta dónde llega nuestra consciencia, pero estás casi seguro de que la neurociencia, la filosofía del siglo XXI, pronto confirmará tus sospechas. Ya no hablamos de la piedra que tira Spinoza hacia arriba y que de repente cobra consciencia de sí misma y se cree que está volando. Tan solo hace falta estar unas horas con el móvil al lado para saber que no eres libre. Algo así como que nuestros actos son los de aquel mono del que hablaba Iñaki Uriarte:

“Una serie de experimentos realizados durante los últimos años indican que la mente consciente es como un mono cabalgando un tigre de decisiones y acciones subconscientes, inventándose frenéticamente historias que cuentan que es él quien tiene el control”.

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Paseas con Z. por el Quai de la Mégisserie. Es domingo, hace sol y aunque tenéis resaca y acabáis de ver un par de ratas correteando por un parque, todo va bien. Ella habla por teléfono. Tú estás preocupado por el mes de enero. No has conseguido las prácticas que querías, y aunque aún no acabas la carrera, apenas te quedan asignaturas. Todo el mundo de tu alrededor no para de aplicar para trabajos o de rellenar hojas para estudiar un máster. ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer? Una bengala blanca estalla en tu cabeza: escribirás una novela. Una gran novela. ¡La novela que quisiste escribir en París y no estás escribiendo! En cinco meses te dará tiempo de sobra. No tendrá más de 200 páginas. Quizá hasta seas finalista del Premio Anagrama. Porque claro, si escribes una novela tendrás que presentarla al premio. Entonces Jorge Herralde te llamará y quedaréis en París. Le llevarás a un gran café para impresionarle, aunque no haga mucha falta, porque él, en su ocaso de vida, estará asombrado por tu potencia literaria. En Anagrama harán una excepción y te dejarán publicar en la edición amarilla, ya que la gris de escritores hispanohablantes te parece bastante fea.

Sigues paseando ensimismado. En tu novela no habrá muertes, aunque los personajes que te caigan mal desaparecerán sin más. El protagonista no parará de mirar el móvil para saber si tiene que abrir el paraguas o puede quitarse el jersey. Pero, por encima de todo, no será una novela posmoderna. Lo primero que harás será revisar todas las frivolidades que se han cometido en los últimos cincuenta años, para no repetir ninguna.

De repente, ves cómo unos niños se alejan riéndose y pedaleando muy rápido con sus bicicletas. Gritas ¡gilipollas! Estás empapado porque os han tirado una botella de agua. Z. te mira, aún con el móvil, y tú te miras, y te empiezas a reír por ser tan ridículo de no haber insultado ni siquiera en francés.

Entráis en el museo de l’Orangerie, y por un momento crees que esos murales de Monet te están revelando algo, pero te vuelve la resaca y quieres salir de ahí.

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Está claro ya, lo ha escrito mucha gente, pero repítelo una vez más: se escribe por miles de motivos, pero nunca por felicidad. En ese terreno uno está bastante ido y no tiene tiempo para sentarse. Cuando se da cuenta de su suerte, empiezan a llegar las malas noticias.

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Más tarde vuelves a pensar en Vila-Matas y te acuerdas de su Asesina ilustrada. Una novela no se planifica así de fácil. Lo primero que tienes que hacer es perfeccionar tu personaje en la vida. Antes de escribir, tienes que ser escritor. Ser un poco cínico y no parar de reírte de ti mismo. Crear murmullos a tu paso o que la gente enseñe tu Facebook por tus excentricidades. ¿Cómo se consigue eso?  Unas horas antes habías releído un fragmento de París no se acaba Nunca en casa de Z.:

“Un día, también en el altillo, el actor Jean Marais, el héroe de las películas de Jean Cocteau, me había dado un misterioso consejo al que desde entonces no he cesado nunca de darle vueltas. Había ido yo acompañando a un periodista amigo que le entrevistaba para una revista española. Al final de la reunión, Jean Marais se enteró de que yo quería ser escritor y, dando un rodeo antes del consejo, me dijo que seguro que yo soñaba con alcanzar la fama. “¿No es así?”, me preguntó. No le contesté, no sabía muy bien qué decirle, en realidad más que la fama yo deseaba triunfar en París, pero tal vez una cosa y otra eran lo mismo. “La fama”, dijo entonces Marais, “está hecha de mil rumores y malentendidos que suelen guardar poca relación con la persona real”. Yo lo escuchaba solo a medias y no sabía muy bien adónde quería ir a parar, y lo que mentalmente me tenía más ocupado en aquel momento era lo mucho que imitaba a Jean Cocteau, pues hablaba como él, se había impregnado de la personalidad de su antiguo amante y maestro, a veces sus gestos eran una copia exacta de los de Cocteau. Cuando me anunció que me iba a dar un consejo, pasé a escucharle con atención: “Fabrícate un doble de ti mismo”, dijo Marais, “que te ayude a afirmarte y pueda incluso llegar a suplantarte, a ocupar la escena y dejarte tranquilo para trabajar lejos del ruido”. Tiempo después, supe –y no me extrañó nada- que ese consejo era una famosa frase que solía decir mucho Cocteau”.

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Imre Kertész escribió: “Lo principal era no abandonarse; algo siempre pasará porque nunca ha pasado que algo no pasara”.

Lo contrario también ocurre. Nada es estable. ¿Pero es necesario que las cosas sean tan precarias?

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Quitando lo de Cataluña, nada interesante en la prensa. Intentas mantener el silencio, no decir nada para no contribuir al ruido. Dejar que hablen los que saben. Pero es que empieza a ser delirante. Ya no se trata solo del nacionalismo, rancio y excluyente, sino de que se está actuando contra la ley, la Constitución y el estado de derecho por la “libertad del pueblo”. Y lo que también es grave: una parte de la izquierda española está blanqueando un ataque a la democracia. ¿Por qué no se preocupan por el otro 50% de la población catalana, sin altavoz y atemorizada?

 

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Da igual que seas de izquierdas o de derechas, hombre o mujer, negro o blanco: la lucha del ser humano es contra la biología.

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