París (VII)

Vienen tus amigos del colegio a verte a París. Les cuentas que has empezado a escribir una novela. Nacho te pide que se la enseñes. Le dices que no, pero él coge tu ordenador y lee en alto un fragmento de un documento abierto:

“Te cabreas y piensas que estás perdiendo el tiempo. Pero, transcurridos unos minutos, suena el móvil y ves que es ella, cambiando de nuevo todo tu universo narrativo. Porque aquel lluvioso día en la Rue Champollion, cuando la conociste por primera vez, intuiste que algo había en ella que te perseguiría. O mejor dicho, que te obligaría a perseguir, sin más opción que aceptar que tienes que correr hacia ella cuando escapa y frenarte cuando ella decide ir a por ti. Es un amor precario que se apaga, pero cada vez que vuelves a hablar con ella renace un poco, y tú lo aguantas y lo callas y lo soportas tan bien como puedes, hasta que su rostro se vuelve a oscurecer y ya solo te queda refugiarte ante el aluvión de su pereza, de su fatiga amorosa. No tienes miedo al olvido, porque su París siempre serás tú. Lo que añoras es lo que se pierde, las turbulencias y los vaivenes, sus ataques de cariño ante tus nuevas perspectivas de vida o las horas que eran minutos en su habitación. Allí acariciabas sus desiertos de piel blanca y te enredabas en sus muslos níveos y sedosos. Te gustaba alejarte y observar su largo cuello y su cuerpo desnudo mientras dormía, atado a ti después de un sexo que siempre dejaba un halo de levedad, un sabor a certeza vacía.

Exageras, pero te das cuenta de que vives feliz en esa exageración, en el ansia feroz de alimentarte de todo lo precario”.

 

Juan suelta una carcajada y te contesta:

-Puedo contar con los dedos de una mano los libros que me he leído, pero te voy a dar un consejo. Bueno, dos. Tienes que escribir más claro y menos sobre ti. Además, ¿por qué esa manía de no escribir normal, en tercera persona?

Le replico que es un experimento literario, una guerra contra la novela convencional. Pienso en Perec y en Un hombre que duerme, pero me callo. Alejandro vuelve a la carga:

-Pues no te va a entender nadie. ¿Y por qué no escribes en primera persona?

-Walter Benjamin decía: “Hay que acostumbrar a los escritores a considerar la palabra yo como su reserva de víveres. Así como los soldados no pueden tocar la suya antes de que pasen 30 días, tampoco los escritores deberían desenterrar el yo antes de cumplir la treintena. Cuanto más temprano recurren a él, peor entienden su oficio”.

-No sé quién coño es ese. De todas formas, se nota que tú eres el personaje de la historia.

-Yo no soy el protagonista. En la literatura los escritores cogen un sentimiento que han vivido y lo retuercen, le dan la vuelta y crean situaciones similares. (“El poeta es un fingidor / finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”) ¿Acaso se puede crear de la nada? ¿Podrías escribir sobre cómo huele Auschwitz? No, yo no tengo nada que ver con eso.

-¿Tú te crees que somos gilipollas?

***

Durante todo el fin de semana os acecha la sensación de que va a pasar algo, sin que nunca acabe pasando nada de verdad.

Nacho viene de Grenoble el jueves por la tarde. Dejáis la maleta en la residencia y os vais al Pompidou. Cuando entráis no os enteráis de nada y al final os dicen que el museo ya ha cerrado. Desilusionados y confusos dais una vuelta por la tienda, con miedo de romper algo caro. Lo que no entendéis es por qué cada vez entra más gente, si el de las taquillas os había dicho que iban a desalojar a la gente. Al parecer hay un concierto de música electrónica y vienen franceses muy bohemios y alternativos. Casi ni habláis para disfrutar, aunque de vez en cuando miras a tu amigo y ves cómo observa acomplejado a los parisinos. “La gente aquí es muy moderna. Ninguno va vestido igual que otro. Esto en Madrid no te lo encuentras, nosotros ya estaríamos juzgando”.

Al día siguiente vais al Airbnb en París, al norte de Le Marais. Llegan Juan y Alejandro. La casa es de dos pisos, con una escalera peligrosísima. Arriba están las dos camas grandes y es como una buhardilla, pero no hay bombillas y por la noche hay que dejar la luz del baño encendida para no caerse.

Tienen suerte y sale el último sol del año en París. Camináis extasiados y sin parar de reír. Te dan ganas de señalar todos los edificios, como si los hubieras construido tú, como si París fuera tu novia y te preocupase que tus amigos de toda la vida te juzgaran porque al final no era tan guapa. Pero a París no le importa qué piensen los demás. Poco a poco se recoge, cambiando los colores de las casas por el declive de la luz, oscureciendo el amarillo pálido de las fachadas.

Cenáis en un buffet de sushi, que como todos los buffets está malo, y pedís demasiado. Os acabáis comiendo todo asqueados. En la cuenta solo han puesto tres menús. Pagáis y dobláis la esquina corriendo.

Por la noche, todos en casa de A. y Z. Hay muchísima gente. Tus amigos y tú habéis llegado borrachos, y el resto de gente bebe con calma su primer vaso de vino. Casi todos los españoles que hay en la casa gritan mucho. Intentas hacer bromas con los alemanes. Llega Francesco, con sus largos y finísimos porros y su estilo habitual de dandi italiano. Alekko se emociona al escuchar a Nacho hablar inglés. Dice que nunca había oído a un español hablar tan bien. Salís muy tarde a la discoteca Concrete, un barco donde ponen música electrónica y la gente baila bastante drogada.

El sábado evitáis fumar. Juan se ha olvidado la cámara y cuando vuelve a bajar te dice que se ha dejado las llaves dentro. El dueño del Airbnb está en el campo y no va a volver a París. Está todo el día sin contestar. No tenéis abrigo, ni dinero ni sitio donde dormir, pero se acaba solucionando.

N. quiere empezar a leer porque dice que es un cateto, y te pide que le ayudes. Le prometes que le harás una tabla de ejercicios como si fueras su profesor de gimnasio, pero luego te ríes y le dices que le está yendo muy bien en la vida, que siga así: tiene una novia genial, ha montado un negocio con 21 años y es una persona que cae bien a todo el mundo.

Por la noche bebéis en el Sena, con más gente, y se habla de feminismo. Primero sale Emma Watson. ¿por qué hay premios en el cine para mujeres y premios para hombres? Dice una. ¿Y por qué hay fútbol femenino y fútbol masculino? Responde otro. Más adelante una explica que es indignante que las mujeres policías tengan pruebas más sencillas que los hombres policías. “Yo solo quiero que me protejan”. Las conversaciones con alcohol de por medio son fascinantes. Salís a una discoteca con tobogán. Apenas hay chicas. A. se pasa toda la noche hablando con una de ellas, pero sin éxito. Vuelve muy cabreado.

El domingo tus amigos no paran de repetir que te has convertido en un artista. Ellos no conocen a ninguno. Mientras se ríen de ti, te das cuenta de lo bien que les va en la vida. Todos ellos trabajan y ganan dinero mientras acaban sus grados universitarios. Todos tienen un futuro prometedor y se pagan sus propios viajes. ¿Tú qué haces? Pero a ver, ¿qué quieres hacer? Esta pregunta te la repiten mucho. ¡Escribir más claro!

***

Lees The righteous Mind, de Jonathan Haidt. Hay ciertas cosas que los niños no pueden aprender hasta que no alcanzan una edad determinada, por mucho que se lo intentes enseñar. En un experimento se sirven en dos vasos iguales la misma cantidad de agua. Después se coge uno de ellos y se vacía de agua en otro vaso, más estrecho pero más alto. Niños menores de seis años que han visto el proceso dirán que el vaso que contiene más agua es el más alto:

“Piaget focused on the kinds of errors kids make. For example, he’d put water into two identical drinking glasses and ask kids to tell him if the glasses held the same amount of water. (Yes). Then he’d pour the contents of one of the glasses into a tall skinny glass and ask the child to compare the new glass to the one that had not been touched. Kids younger than six or seven usually say that the tall skinny glass now holds more water, because the level is higher. They don’t understand that the total volume of water is conserved when it moves from glass to glass. He also found that it’s pointless for adults to explain the conservation of volume to kids. The kids won’t get it until they reach an age (and cognitive stage) when their minds are ready for it. And when they are ready, the will figure it out for themselves just by playing with cups of water.

In other words, the understanding of the conservation of volume wasn’t innate, and it wasn’t learned from adults. Kids figure it out for themselves, but only when their minds are ready and they are given the right kind of experiences”.

Este fin de semana has aprendido que hay que tomarse las cosas menos en serio, así que no vas a perder el tiempo en buscar comparaciones forzadas con tu vida.

 

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