París (VIII)

“No escribo. Salvo ráfagas, tampoco leo. Lo bueno es que he dejado de ir a clase, y observo cómo transcurren las semanas sin mucha más preocupación que la de alegrarle el día a Z.”

Noviembre se ha pasado muy rápido. Lo primero que hizo fue traer el frío a París. El tiempo lucha por no empeorar, pero son semanas duras. Vienen amigos de Z. y más tarde te visitan Miguel y Gonzalo por separado.

Te irritas con tus amigos bastante fácil. ¿Por qué? Quizá porque hayan roto tu rutina. Con Z. todo va muy bien, tan bien que no sabes qué habéis hecho. Los mejores momentos no pasan ni rápido ni lento, simplemente se diluyen en el olvido. Como estás distraído no te fijas en los detalles, y sin detalles no hay recuerdo. Es duro decirlo, pero París te ha dejado de impresionar. El jugador de cartas de Cézanne, el ocre pálido y los tejados de las casas, los reportajes sobre geopolítica de Le Monde. Lo que antes te fascinaba ahora tan solo te produce indiferencia.

***

Discutes con bastante gente. En casi todas las conversaciones te das cuenta que no estás persiguiendo la verdad. Atado de pies y manos a tu idea inicial, el cerebro se dedica a buscar argumentos que la apoyen y la solidifiquen. Tan solo quieres vencer, y el motivo de la discusión te importa bastante poco. Lo habías aprendido en Kahneman, pero constatarlo en ti mismo te asusta.24331875_309451319540394_384952318103126016_n

***

Son las nueve de la mañana. Vas a estudiar a una biblioteca que está al lado de la Sorbona, así que aprovechas y desayunas en la esquina de Mouffetard con Thouin. Estás en la cola de la pastelería y ves entrar a Ricky, recién despertado. A Ricky le admiras y le tienes envidia (sentimientos que suelen ir de la mano) porque hace lo que tú querrías hacer. Al sobresaltarte tiras al suelo una cesta con rodajas de un pan muy caro. La escena es bastante divertida, porque apenas os habíais saludado. Intentas meter el pan en la cesta de nuevo mientras te dice que no te han visto. Consigues hacerlo rápido sin que el dependiente se dé cuenta. Él sube a casa de Z. con muchos croissants para ella y para Rosana y tú te tomas un café abajo. Unos minutos más tarde Z. se despierta y te pide que subas. Compras dos botellas de zumo en la misma pastelería y nada más entrar en la casa cuentas lo que ha pasado. Traigo tanto zumo por la escena del pan, explicas. Es mentira. Compras zumo porque le gusta a Z. y quieres ser majo con ellos.

Al día siguiente os reunís más gente cerca de Notre Dame, en la casa de Belén y Blanca. Sales sudando de la cocina porque has abierto una botella de vino. En la casa hace muchísimo calor. Antes de volver al salón con el resto te metes en el baño, te quitas la camisa y la camiseta y te vistes solo con la camisa. Con la camiseta te secas el sudor.

Escuchas unas risitas a tu llegada. Aún no puedes hablar por el esfuerzo. Intentas disimularlo. No entiendes lo que está ocurriendo. Te enseñan una foto de un cuadro del museo de Orsay. “Es Rimbaud… ¿no?” dudas, sin comprender. Algunos dicen que os parecéis porque ambos tenéis cara de niño. Rimbaud te parece un poeta muy sobrevalorado. Sus poemas o no los entiendes o te parecen una cursilada.

Manu te dice que no te pareces. Él estudia un doctorado en poesía francesa, así que te quedas más tranquilo. El resto insiste en la cara de adolescente de 17 años. Sonríes, acostumbrado. Intentas peinarte como Rimbaud en el cuadro, echándote los pelos para arriba, y repites en varias ocasiones que ahora solo necesitas buscarte un viejo calvo y gordo que esté desesperado por ti y te pegue un tiro. No te sale el nombre de Verlaine y nadie te ayuda, porque el resto de gente parece haber pasado a otra cosa.

Dos días más tarde te levantas pronto y coges el RER a París, dispuesto a enfrentarte cara a cara con Rimbaud. A punto de desviarte en Sant Germain des Près te llega un mensaje de Z., que te pregunta si quieres desayunar en el Barrio Latino.

Al entrar de nuevo al museo de Orsay, llevas a Miguel directo al cuadro. ¿Me parezco? Le preguntas. Él duda, sin saber si tiene que decir que sí o que no para agradarte. Gonzalo, una semana más tarde, se encogerá de hombros y te dejará claro que le aburren un poco tus obsesiones.

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***

Leyendo sobre Ernest Hemingway en el New Yorker:

“Married four times, he taught each of his wives how to shoot and how to survive on safari”.

La virilidad está sobrevalorada y suele ser impostada. Como aquello que dijo Houellebecq sobre Hemingway:

“No vale casi nada, está totalmente sobrevalorado. Me contaron algo el otro día, que no sé si es verdad pero está muy bien, encaja con él. En su época de macho-plaza de toros alguien entró en su habitación de hotel y Hemingway se estaba pegando los pelos en el escote”.

***

¿De dónde sale esta seguridad en mí mismo, que pase lo que pase siempre acaba volviendo?”. Es una buena pregunta. Jonathan Haidt afirma que la vanidad y el ego no pueden ser ventajas evolutivas. En la cueva era mejor pasar desapercibido y cooperar en equipo que destacar y erigirse como líder, aumentando las probabilidades de que alguien te clavara una piedra afilada por la espalda.

Tú tienes confianza en tu yo futuro, aunque a veces sobrevuelen dudas. Y esas dudas se parecen bastante a la madurez.

***

Escribe Patricio Pron en Letras Libres sobre Ricardo Piglia:

“Un diario –afirma Piglia– registra los hechos mientras suceden, no los recuerda ni los organiza narrativamente. Tiende al lenguaje privado, al idiolecto. Por eso, cuando uno lee un diario encuentra bloques de existencia, siempre en presente, y solo la lectura permite reconstruir la historia que se despliega invisible a lo largo de los años. Pero los diarios aspiran al relato y en ese sentido están escritos para ser leídos (aunque nadie los lea).”

Sobre la literatura en segunda persona, del prólogo de El Condotiero, de Perec (ed: Anagrama):

“[…] El lugar en el que se da vueltas a lo mismo, el lugar del tormento como el punto de partida de la escapada por venir. Celda de donde el “yo” sale en parte gracias al “tú”. El tú que une el yo a los demás, que interpela, rememora tanto como incita a moverse, se pone a distancia, crea distancia”.

 

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