Samanta Schweblin: “El límite entre lo posible y lo imposible me parece la zona más literaria y atractiva”

captura-de-pantalla-2018-04-09-a-las-0-54-55

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es una de las cuentistas más reconocidas del panorama literario actual. Con su corta novela Distancia de rescate quedó finalista del Premio Man Booker International Prize en 2017. En esta entrevista habla de la escritura como un trabajo del que nada se deja al azar.

PREGUNTA: Dice que en la formación de un escritor joven es clave leer mucho, pero solo a través de una lectura lenta. ¿A qué se refiere?

RESPUESTA: Creo que uno de los problemas cuando uno empieza a escribir es que en realidad escribir ya sabemos. Puede que no escribamos como los autores que admiramos, pero la escritura es una técnica adquirida: logísticamente, ya sabemos cómo se hace. Lo mismo sucede con la lectura. Cuando uno se sube a la bicicleta no piensa en los movimientos que nos ponen en marcha y a la vez nos aseguran cierto equilibro, uno solo ve el paisaje, y piensa en el lugar al que quiere llegar. Pero cuando se quiere tener un control más exhaustivo hay que volver a analizarlo todo. Hay que entender exactamente cómo se mueve el cuerpo sobre los pedales y el asiento, cómo funcionan los contrapesas y porqué, hay que ser consciente de cada mínimo detalle. A eso me refiero con una lectura lenta, a ser verdaderamente consciente, palabra a palabra, de qué acciona cada paso de un texto en la cabeza de un lector.

Para su formación como escritora fueron fundamentales las enseñanzas de su abuelo, Alfredo de Vincenzo. ¿En qué consistía el entrenamiento del artista? ¿Conserva el cuaderno en donde apuntaba esas lecciones?

“El entrenamiento del artista” era una suerte de juego, una idea de mi abuelo materno, que era pintor y grabador, y quería entrenarme desde chiquita “para sobrevivir como artista en este mundo despiadado”. Fue entre los cinco y los doce años, y tuvo distintas etapas. Mi abuelo tenía una idea muy romántica y dramática alrededor del sacrificio que implicaba dedicarse al arte: había que dejar de lado cosas “superficiales” como el amor, o la familia, había que aprender a circular todo el día por la ciudad, sin gastar un solo centavo, había que leer, había que ingeniárselas para entrar a cines, museos y teatros sin pagar entrada. Me enseñó a robar relojes antiguos de la feria de antigüedades de San Telmo, a viajar sin pagar. Y lo más importante, me enseñó a llevar un diario donde cada día anotábamos qué habíamos hecho, qué de ese día había sido importante, y porqué, y transcribíamos, como conclusión final, algunas líneas de algún poema de Alfonsina Storni, o Gabriela Mistral, o Cesar Vallejo. Ese fue para mí el principio de la escritura.

Es curiosa la anécdota de cuando ganó los seis premios literarios seguidos siendo una niña. ¿Cómo fue aquel momento?

Ay que papelón. Mi abuela insistió en que tenía que presentarme en un concurso literario de su club. Yo tendría unos diez, once años. Preparé todos los cuentos y las poesías que consideraba presentables y juntas pusimos cada texto en un sobre, cada uno acompañado de un sobre más pequeño con un seudónimo escrito en el frente y mis datos dentro. Eran muchos sobres, me acuerdo del pilón que armamos. El día del anuncio de los premios estaba lleno de gente, el jurado estaba en el escenario y dijo que abrirían los sobres de los ganadores uno por uno, llamando primero a los dos finalistas y luego al ganador de cada género, y que cada uno, al subir para recibir su premio, debía leer en público su texto. Empezaron con la poesía, abrieron el sobre del segundo finalista y dijeron mi nombre. Subí, muy emocionada –mi abuela feliz, aplaudiendo y animándome-, leí mi poesía, me aplaudieron, y volví a mi asiento. Estaba por sentarme cuando anunciaron el siguiente finalista con mi nombre. La gente aplaudió sorprendida, volví a subir, volví a leer mi poesía, y estaba por sentarme cuando abrieron el sobre del ganador, y también estaba mi nombre. Ahí ya la gente dejó de aplaudir con tanto esmero. Me acuerdo de ver gente comentando cosas por lo bajo, y la vergüenza que me dio. Pero pensé, ya está, ya pasó, ya están entregados todos los premios de poesía. Pero entonces empezaron con el género cuento, y me dieron también los tres premios. La gente empezó a protestar. Hubo silbidos. Ahora lo cuento y me da gracia pero en ese momento toda mi atención estaba puesta en concentrarme para no llorar. Encima los cuentos eran mucho más largos que las poesías, y tuve que subir y leer los tres también. La gente empezó a irse, y la cara de mi abuela, pobre… Un papelón. Estábamos las dos avergonzadísimas.

 

Lee la entrevista completa en El oficio del escritor.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s