Londres (I)

Casi nada de lo que te está pasando en Londres lo puedes contar. Te limitas a registrarlo en tus cuadernos, aunque no sabes si para crear una historia coherente en tu vida o, simplemente, para hablar contigo mismo, pues estos cuadernos no ha de leerlos nadie.

Convives un par de semanas con un ratón que corretea por tu cuarto en el barrio de Victoria, en Londres. Cuando lo ves por primera vez, te asustas y bajas a la recepción, escandalizado. Al día siguiente se lo cuentas a tus compañeros de habitación y le restan importancia. “Es muy pequeño”. Son británicos que rondan los 50 y llevan casi dos años viviendo aquí. Uno es hincha del Manchester City y se bebe 8 cervezas cada noche. Ha sido soldado en Irak y en los Balcanes, pero ahora es conductor de grúas. La misma noche que le conociste se tiró un eructo. Le siguió un “sorry” tan sincero que respondiste con una risotada. Pero siguió eructando y disculpándose por algo que no tenía intención de cambiar. En uno de sus grandes eructos su barriga estuvo a punto de deshincharse como un globo al que se le escapa el aire.

 

22 de enero

“Conocí al otro compañero de mi habitación. ¿50 años? Pelo blanco, metro setenta, con barriga pero no muy gordo. Es igual que Julian Assange aunque por los libros, el cofre y sus trajes parece un comerciante del siglo XIX”.

Les haces bromas sobre el ratón y le restas importancia. Pero otro día, solo, ves al ratón pasear muy tranquilo por debajo de una de las camas. Te mira, hambriento, y tú te quedas paralizado en la cama. Es muy pequeño. Ciertamente, es inofensivo. No pasa nada. Te das la vuelta y te duermes. Esa noche sueñas con miles de agujeros donde centenares de ratones chillan y salen a la superficie. Unos días después te cambias de habitación.

***

Estás saturado de actualidad. Son tiempos convulsos, y todo lo orientas hacia el futuro, sin entender bien qué futuro es ese: cuando llega un éxito lo celebras, pero no tarda en instalarse en tu vida como algo normal. Aquella pretensión pasada se incorpora como un acto cotidiano, y vuelves al proceso circular de depresión ante la falta de expectativas. Esta especie de agresividad la llamas “exponencialidad de la ambición”. De tus cuadernos:

15 de febrero

“Me encuentro encerrado en la cárcel del presente. No hay mirada, ni espera, ni anhelo, tan solo este intenso fluir de los acontecimientos, tan azarosos, tan inconsistentes. He de separarme de mí mismo para observar con perspectiva y alejarme de la rutina”.

Por un lado, detener ese “fluir de los acontecimientos” es difícil. En parte no depende de ti. Y los estímulos tecnológicos tampoco ayudan. Ahí está tu particular batalla contra el móvil. No hace falta ser un ludita trasnochado para darse cuenta de los cambios que está provocando la tecnología. Hablemos de la escritura y de la lectura. Los escritores de mañana son los que están leyendo hoy. Y hoy se lee mucho más que ayer, pero, ¿qué se lee? ¿Cómo se lee? Lo ves en ti. Es imposible que en otro lugar del mundo haya alguien que no sucumba a los atractivos del móvil. La concentración ha muerto. Pero vas mejorando:

23 de febrero

“Atontado por el móvil. 3.50/24 horas hoy. He de restringir su uso de forma drástica. Pero ahora en serio. ¿Cómo hacerlo? La voluntad no parece ser suficiente. Estamos ante meses importantes. Necesito estar fresco y rápido. Surgirán más ideas”.

3 de marzo

“Dos días consecutivos en los que me vengo a leer y a escribir al café sin móvil. Frescura mental. Hemos de trasladar esta costumbre al resto de nuestras acciones. Tan solo podremos ser claros si nos alejamos del móvil. Visualizo posibles relatos, coherentemente armados y bien escritos. Imaginarse el futuro no debe ser otra cosa que construir el presente”.

***

Se lo cuentas todo esto a un amigo mayor en un bar, cerca de Charing Cross. “Tienes que tener paciencia”, te dice. “Pero yo tengo mucha prisa”, exclamas. Él se ríe. Aprecias mucho su consejo, así que escuchas: “Cuanto antes te alejes del malditismo típico del joven y te pongas a escribir, mejor. Tienes que destruir tu ego y encerrarte”. Esto supone el empujón definitivo para quitarte la lista de lecturas de tu blog, una absurda y pretenciosa manera de decir que lees.

En el primer tomo de sus diarios, Ricardo Piglia le dice a su amigo Rodolfo Walsh: “Dentro de 10 años seré el mejor escritor argentino”. Una noche, en una fiesta, recibes un mensaje de Nacho preguntando qué tal estás y le contestas, borracho: “Dentro de 10 años seré el mejor escritor de España”. Él no conoce a Piglia, pero mejor. En el segundo tomo de sus memorias, con 35 años, el escritor argentino lleva 8 años sin publicar nada y está lejos de ser lo que se proponía. Tampoco le caía muy bien Cortázar, el escritor de moda en Argentina. De rebote, acabas leyendo una columna de Alberto Olmos sobre los diarios de Piglia:

“Hay quien dijo que eran “el punto culminante de una obra literaria”. Es curioso que el punto culminante de una obra literaria lo constituya el diario que escribiste con 17 años, que es lo mismo que decirte que toda tu vida de aprendizaje y de escritura no ha valido para nada. Otro crítico, también muy sagaz, afirmó (repito: sobre el primer volumen de estos diarios, textos escritos por Piglia entre los 17 y los 25 años): “Su obra más luminosa y representativa”. La crítica laudatoria la carga el diablo: lo más representativa de tu obra resulta ser lo que anotaste antes de tener una obra”.

Los diarios son maravillosos. Pero, tras leer el artículo de Olmos, te desentiendes un poco. Un escritor ha de defenderse con su obra, y el resto son palabras.

***

Cena en casa de Edoardo, que vive con otro amigo suyo italiano. Está en Baker Street, cerca de la casa de Sherlock Holmes. Compras más cerveza de la que vais a beber porque él siempre te está invitando. Cuando entras en su casa te sorprende Giacomo, al que no ves desde hace 10 meses, y de la alegría casi te rompes las gafas. La casa es enorme, con dos habitaciones y un salón con cuadros y una televisión de plasma.

Edo cocina un risotto y te prohíbe hacer nada. Te deja bebiendo cerveza y viendo el Chelsea-Barcelona. Ellos se ponen a hablar en italiano cuando no prestas atención, pero no te importa, porque disfrutas del lujo y te arrebullas en el sofá. Durante la cena habláis de mujeres. Ambos están quedando con otras chicas, y tú no tienes nada que contar.

Sorprendentemente, no te sientes mal por mentir.

***

“Duermo mucho. ¿9 horas? Me siento muy bien. Desayuno rápido y me voy a Hyde Park a correr. A la vuelta me ducho y voy al café. Se está bien en la terraza, así que me quedo leyendo fuera. Mi plan era leer un capítulo del libro de Isaiah Berlin y seguir con el segundo de Barea, pero me quedo con la boca abierta tras subrayar todas las hojas de El propósito de la filosofía. Hay frases de Berlin que ya le hubiera gustado escribir a Borges”.

***

Leído en alguna parte: “Me fui de tu vida como quien se va de una frase”.

***

Decidir siempre nos preocupa y agobia, pero hay que saber que la negación es determinación. De los diarios de André Gide:

“Me preocupa no saber quién seré; ni siquiera quién quiero ser; pero bien sé que hay que elegir. Querría andar por caminos seguros, que lleven sólo allí donde había decidido ir; pero no sé; no sé lo que debo querer. Siento mil identidades posibles en mí; pero no puedo resignarme a no querer ser más que una. Y me asusto, a cada gesto que hago, de pensar que es un rasgo más, imborrable, de mi figura, que se fija; una figura dudosa, impersonal; una figura cobarde, puesto que no he sabido elegir y limitarla fieramente”.

 

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Autor: Nigel Van Wieck.

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