Londres (II)

Adelantas tu vuelta a Madrid. Vuelas el jueves. De repente, estás tan feliz que te da pudor contarlo. Estos dos años, en los que has vivido en cuatro sitios distintos (Monterrey, Madrid, París y Londres) te has dado cuenta que todos necesitamos un lugar al que arraigarnos. Ser cosmopolita está muy bien hasta que llega el sábado por la tarde y no tienes planes porque no conoces a nadie.

En tu diario ha desaparecido la fluidez. Todo vuelve a ser fragmentario. Y un diario debe presentar la limpieza del monólogo para ser algo más que unas simples notas. ¿O no? Quizá sea más genuino un diario lleno de distintas voces, con recuerdos, ideas y citas entremezcladas. Si para algo sirve este diario es para hablar menos de ti cuando estás rodeado de gente.

Abandonas la residencia, donde has compartido habitación durante más de tres meses. En total, con 10 personas distintas. TEMA: una habitación enorme, o una isla, con toda esa gente viviendo a tu lado. Entre ellos no hablan. Tú eres su intermediario.

Hace unos días se fue el alemán gordo. Después, vino un joven inglés con los dientes negros y comidos. El siguiente fue un tipo que apareció de madrugada. Por la mañana te diste cuenta que era calvo, pero no hablaste con él. Ayer, un mexicano bajito que, a la quinta respuesta, te contó que nació en Oaxaca pero vive en Texcoco, cerca de Ciudad de México. También se marcha.

Esa misma tarde no trabajas y te echas la siesta, dispuesto a que estos últimos días pasen rápido. Disfrutas mucho del sueño, porque estás solo. De pronto, suena el ruido de la puerta (un ruido metálico al pasar la tarjeta por el detector) y entra un hombre muy grande. Se tropieza y se cae una caja del armario. Se disculpa al ver que te ha despertado y se tira en la cama, como si le hubieran pegado un tiro.

Ya no te puedes dormir. ¿Qué hago?, te preguntas. Parece que estás ante el malestar de los días de transición, donde el pasado ya se te muestra insoportable y el futuro aún parece una promesa demasiado lejana.

Cuando vuelva a Madrid, piensas, es urgente establecer una ética de la rutina. Es decir, no dejarse arrastrar por la tristeza y el aburrimiento de lo cotidiano. Y abrazar los imprevistos como ineludibles.

Por la noche empiezas a leer la primera novela de Darío Jaramillo: “La vida no tiene argumento. Siempre he creído esto, que leí en alguna parte, tal vez en Cioran: que los acontecimientos de la vida se presentan en desorden, imprevistos; que eso que llamamos destino, cuando así lo llamamos, nos aterra más por misterioso que por inexorable”.

***

“Cenamos en un griego. Pedimos la cuenta. “Bueno, no te lo vas a creer”, me dice. “Hay un camarero que es igual que Van Gogh”. Por un momento pienso que me está vacilando. “¡Ya!” Exclamo, para no quedarme atrás. Me doy la vuelta y me doy cuenta que yo estaba pensando en otro camarero. Nos levantamos y ella se lo dice. “Te pareces a Van Gogh”. Yo me muero de vergüenza, pero el tipo se ríe. “Es gracioso que me lo digas. ¿Sabes por qué? Mi novia está obsesionada con Van Gogh. Es su pintor favorito, y la primera vez que nos conocimos me dijo: “Tú eres igual que Van Gogh”, desde entonces, cada vez que me presenta, dice que soy un hijo perdido de Van Gogh”.

***

14 de febrero

“Hoy he hablado con Guadalupe Nettel, escritora mexicana y directora de la revista de la Universidad de México. Quieren publicar casi todas las entrevistas que hemos hecho. Mientras la escuchaba por teléfono, yo estaba gritando de alegría en mi cabeza. Nos pagan (muy bien) y encontramos una solución al proyecto de El oficio del escritor, que parecía que ya no le interesaba a nadie”.

Domingo 18 de marzo

Mañana se publica la entrevista a Iñaki Uriarte: “Yo no me hablo con adjetivos”, es un titular potente, con miles de usos, como una navaja suiza. Recuerdas que lo que más te gustó de Iñaki Uriarte cuando os recibió en su casa hace un año fue su inseguridad. Ahí se distingue al charlatán de la persona que piensa.

Todo el día perdido por una resaca devastadora, más allá de tres líneas escritas sobre Uriarte. Te has venido al café a ver nevar. Las mesas de las terrazas se cubren de un fino manto blanco y los coches aparcados poco a poco se van haciendo indistinguibles.

De cuando en cuando sopla el viento y la nieve deja de caer, como si se desplazara hacia otro barrio. Esa nieve horizontal es incómoda, y la gente se tapa la cara mientras camina.

Es curioso el proceso de las influencias. Un pequeño gesto de una persona, un fragmento de un vídeo o una frase pueden acompañarte más lejos que miles de horas estudiando o un par de años de relación amorosa. Por ejemplo, los tres libritos de Uriarte, la tarde en su casa y los pocos correos que habéis intercambiado te han influido más que mucha gente de tu alrededor.

Y sobre las entrevistas, ahora que estás con El oficio del escritor, muy de acuerdo con esto que cuenta Leila Guerriero (en una entrevista): “Me interesa todo […] Es tan simple que casi da vergüenza: quiero saber qué pasado produjo el presente en la persona que tengo ante mí”.

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Esta frase un tanto ridícula, pero cierta: “Lo único que hacemos con convicción es llorar”. Aunque esta otra te gusta más: “Nadie es un héroe para sus contemporáneos”.

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Le mandas desde Estambul la postal más fea que encuentras y escribes: “La vida es un impulso hacia lo que todavía no es y, por lo tanto, detenerse a narrarla es cortar el flujo y salirse de la verdad de la experiencia”. Dos semanas más tarde, recibes un mensaje de tu madre: “Han dejado esto en casa”.

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Alex sabe lo poco que te gusta Rimbaud. “¿Por qué te trae esto?”. “Porque le envié una postal desde Estambul. Dice que soy igual”. O no lo dice él, pero no importa. “Para mi en absoluto!!! Expresión de tristeza y ojos pequeños. Pero bueno el detalle es el detalle”, responde tu madre.
***

TEMA. La farsa.

“-Trabajar con él tiene que ser genial, ¿no?

-¿Ese? Qué va, es un farsante”.

Cuando te preguntan cuánto tiempo te vas a quedar en Londres, a todos les contestas lo mismo: “Depende, cuando me vuelvan a llamar de Madrid para irme a trabajar”, y en el aire queda flotando una especie de incógnita que no te prestas a resolver, algunas veces quedando como alguien interesante y otras como un idiota que se da demasiada importancia.

***

Por la puerta entra una chica francesa, alta y guapa. No tardáis en daros cuenta, cuando dice su nombre, de que habla español. Tienes suerte porque, aunque sois muchos, se sienta a tu lado. Entablas conversación con ella. Trabaja en un estudio de arquitectura en Londres. Parece interesante y te aísla, por un momento, de tanto español. Ella te mira con curiosidad. Quizá no haya que ser tan pesimista, pues sabes que en cualquier momento todo puede cambiar. Pero cinco palabras te devuelven a la realidad: “¿Y cómo es que hablas tan bien español?” “Porque mi novio es valenciano”.

***

Gonzalo te cuenta una historia tan poco realista que no te la crees. Al principio le hace gracia tu insistencia, pero después se enfada. “¿Por qué me iba a mentir mi amiga?” te recrimina. Le preguntas si puedes contarlo en tu diario, y te dice que no, que ni de coña. “¿Por qué quieres escribir en tu diario sobre ella? ¿Por qué no hablas de cuando os vendieron menta en vez de marihuana a Alex y a ti en Candem? ¿O de que Z. y tú ya no os habláis? ¿O de que te quieres volver de Londres porque estás harto de trabajar gratis? ¿O de cualquier historia que me cuentas de la Embajada?”.

Porque es mi vida y no la quiero contar, le respondes.

***

20 de abril – VIAJE A PARÍS

8 horas en el bus, pero ya estás de nuevo en París. Cuatro días de visita. Todo sigue igual, salvo que no hay ni una nube, estás en camiseta y tu francés ha empeorado. El viernes y el sábado os emborracháis en el Sena, con miles de jóvenes gritando y con música sonando por todas partes.

El viernes vienen Javier y Belén y se unen al grupo. Hablan con Francesco, tu amigo italiano. “Fra ha publicado un libro en Mondadori con su padre” les cuentas, y a él le explicas que Javier está escribiendo una biografía. En este último caso tu entusiasmo es evidente, y trazáis un plan para publicitarlo en la portada de algún periódico nacional.

Les dejas hablando y les preguntas a las chicas a dónde han ido a mear. La chica suiza se levanta y te coge del brazo: “Yo te llevo”. Al principio te gusta la idea, pero conforme vais llegando ella sigue sin soltarte. Señala una esquina. “Ahí”. Te desprendes de su brazo. No consigues hacer pis, y su sombra se proyecta en la pared, como si estuviera a medio metro, esperando. De pronto la sombra echa andar hacia ti, y te pones muy nervioso, pero aparece un tipo que también quiere hacer pis y ves que ella está lejos, despreocupada.

A la vuelta alguien decide que es hora de ir a bailar. Se escucha, de fondo, una banda tocando flamenco. Recuerdos fugaces: gente de todas las edades, una pareja de viejos besándose, saludas a todo el mundo (quizá vas demasiado borracho), empiezas a bailar con la chica suiza y os perdéis entre la multitud.

Al día siguiente, Alex y Jan te preguntan cómo acabó la noche. “Mañana, me prometió que mañana”. Salís de nuevo de fiesta y, aunque la persigues con la mirada, ella no te hace ni caso. Acabáis la noche los cuatro amigos y ella viendo el amanecer en Montmartre y desayunando baguettes a la entrada de una pastelería, completamente borrachos. Os hacéis fotos haciendo el tonto y al día siguiente las veis, abrazados y riendo.

***

Lees un largo artículo en Dissent de 2014 sobre cómo ha de actuar la izquierda en las intervenciones militares. El #noalaguerra de parte de la izquierda tras los bombardeos  de la coalición Trump-Macron-May en Siria te produce risa. Tras más de medio millón de muertos y siete años de guerra, esta gente “de izquierdas” se escandaliza porque se hayan bombardeado tres edificios vacíos. El artículo responde al izquierdismo al que te adhieres: intelectual pero no excesivamente teórico, con los pies en el presente y pensando más en el futuro que en el pasado.

Otro problema que tiene la izquierda hoy es su constante necesidad de posicionarse, como si “las redes” formaran el clamor popular de la gente. Ante cualquier caso particular todos, políticos y ciudadanos, han de salir y dar un paso al frente. La actualidad engulle todo de tal manera que apenas se habla de lo importante: políticas para los jóvenes, más financiación para las guarderías, romper techos de cristal con cuotas, defensa de las instituciones y del estado de derecho, impuestos a las tecnológicas, regulación de los algoritmos, fin del cupo vasco, asumir una mayor cuota de refugiados y ser crítico con la Unión Europea sin dejar de tener claro que fuera de ella hace mucho frío.

Retumban dos frases: la primera, de Savater a Jonás Trueba: “De la derecha me molesta lo que es; de la izquierda lo que hace”. Otra, en forma de pregunta, escuchada hace unos días en una conferencia, en boca de un inglés: “¿Por qué los intelectuales españoles se siguen fijando tanto en sus raíces pasadas y no en el futuro europeo?”.

***

La chica parece dispuesta a salir de fiesta. “No sé qué hacer. Mañana trabajo, pero me apetece salir”. Mientras bebéis, ella dibuja en un cuaderno, y cuando se va al baño, escribes en la siguiente página: “El pasado está lleno de futuros que no existirán”.

Aunque es pedante te hace gracia, porque cuando la lea tú ya no la vas a volver a ver en tu vida.

***

 

“La explicación no convenció a casi nadie, pero no siempre la verdad convence”.

 

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Autor: Nigel Van Wieck

 

 

 

 

 

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2 comentarios en “Londres (II)

  1. Qué bueno, Carlos. Te leo desde Dublín, harto de trabajar gratis en la Embajada, tratando de que el pesimismo no me engulla. Si algo bueno saco de estos meses es que estoy leyendo más economía que nunca.

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