Juan Pablo Villalobos: “Hay un imperio de la falsa profundidad que encubre la estupidez”

villalobos.pngJuan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973) es un escritor mexicano que en 2016 ganó el Premio Herralde de Novela con No voy a pedirle a nadie que me crea. De los cuatro libros que ha publicado, todos ellos con Anagrama, destaca una voz narrativa paródica y llena de ironía. En esta entrevista, Villalobos explica que su cruzada particular es contra la solemnidad en el arte y, concretamente, en la literatura.

PREGUNTA: ¿Se está produciendo en la actualidad un distanciamiento entre la alta literatura y la literatura popular o eso ha existido siempre?

RESPUESTA: La alta literatura siempre ha tenido pocos lectores. En las editoriales los llaman long-sellers, aquellos libros que se van vendiendo durante muchos años y se convierten en clásicos. No porque hayan vendido un millón de ejemplares en un año, sino porque acaban vendiendo miles pero a lo largo de muchos años. Estos son los que realmente acaban siendo considerados clásicos y entran en las universidades, volviéndose lecturas obligatorias. La alta literatura tiene un tipo de lector limitado. Después, hay un tipo de libro que se puede popularizar, que puede convertirse en un fenómeno editorial, pero tiene poco que ver con lo literario. Está relacionado con la mercadotecnia. Un ejemplo sería Patria. No es un best-seller al estilo de La catedral del Mar. Se le considera literario. Patria no se va a comparar con el último libro de Ildefonso Falcones o Dan Brown, sino con el último libro de Javier Cercas o Javier Marías. Se vuelve el fenómeno del año gracias a una recepción no solo crítica, sino también mediática. Aparece alguien en una tertulia hablando del libro, recomiendan su lectura todos los políticos y, además, conecta con un tema que ha estado mucho tiempo en la prensa… Se vuelve un fenómeno por razones ajenas a la literatura. Después, uno puede leer el libro y darse cuenta de que es un ejercicio de costumbrismo. Mejor o peor logrado, cada uno puede tener su opinión. Esto no va a cambiar, las leyes de cómo se construye el canon literario siguen funcionando más o menos igual. Esto solo lo veremos dentro de 50 años. ¿Qué perdurará de la literatura de hoy en día? ¿A quién se seguirá leyendo? ¿Se leerá a Almudena Grandes? ¿A Muñoz-Molina? ¿A quién? ¿Quién perdurará? Eso solo lo dirá el tiempo.

¿No se atrevería a hacer un pronóstico?

Creo que hay algunos nombres no solamente por la calidad de sus obras, sino por haber encarnado el estilo de la época. Ya se sabe que algo de ellos perdurará. Hablamos de Vila-Matas, quien hizo la literatura de los años 90. La exploración de lo metaliterario, de la autoficción, el ejercicio de la ficción delirante y mezclado con lo autobiográfico y con la erudición literaria… es una marca de esa época. Pero el canon se mueve. En América Latina, el canon se va moviendo desde una literatura más costumbrista hacia una literatura menos fácil de clasificar.

Es curioso que, en los países latinoamericanos, donde la realidad pega más fuerte, sea donde más se impulse la novela de ficción. En España es justamente lo contrario, siendo un país de un realismo muy castizo. Cela ante García Márquez, por ejemplo. ¿A qué se debe esta diferencia?

Es una muy buena pregunta. Habría que pensarlo en función de las tradiciones literarias que cada generación reivindica. Hay una tradición hispánica más irreverente que yo reivindico, que viene de la picaresca. Del Quijote, por supuesto, pero sobre todo de la picaresca y del teatro del Siglo de Oro. Tiene algunas cosas muy interesantes en el siglo XX en la vertiente humorística, como Gómez de la Serna. También me interesa mucho el esperpento de Valle-Inclán o Jardiel Poncela en lo humorístico. Hay una tradición más festiva e iconoclasta, pero políticamente es compleja. Las figuras de Poncela o la Gómez de la Serna son muy complicadas.

También está Wenceslao Fernández Flórez.

Sí, también. Hay una tradición más irreverente que no es la que más se reivindica. Aquí todos vienen de Galdós, por simplificarlo muchísimo. A mí me gustaría venir de Valle-Inclán o de Gómez de la Serna. En cambio, en Latinoamérica, las generaciones nacidas en los sesenta y setenta no solo reivindican la literatura del boom, también los autores que estaban en los márgenes de esa literatura y que, quizás, eran más interesantes. Pienso en Felisberto Hernández, Pablo Palacio o Juan Emar. En la literatura reciente, lo que salía del canon era Mario Levrero o César Aira, dejando de lado los grandes nombres como Carlos Fuentes o Roberto Bolaño. Hay otras referencias que reivindicar que ponen en conflicto esta idea del costumbrismo. Me parece que en España se reivindica poco esta otra idea de tradición. Tiende a considerarse literatura menor. Todo lo que tenga cierta irreverencia o sea considerado humorístico se ve con suspicacia ya de entrada. Incluso cuando un escritor serio escribe una novela entretenida se dice que es un divertimento como estrategia editorial.

 

Lee la entrevista completa en El oficio del escritor.

Entrevista realizada junto con Gonzalo Sevilla. Ilustración: Susana García.

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