Enrique Vila-Matas: “La voz propia surge de todo lo que está detrás. Lo contrario es la ocurrencia del castizo”

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Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es uno de los autores más destacados el padre de toda una nueva generación de escritores. Quedamos para charlar con él en la librería Bernat, pero Mercedes Milá está grabando un programa de libros. Nos sentamos en una terraza. El escritor catalán se pide una botella de agua. El camarero chino le trae una botella de dos litros.

PREGUNTA: En su primer trabajo en la revista Fotogramas se inventó muchas entrevistas. Esto entronca bastante con la falsificación.

RESPUESTA: De hecho, en la conferencia sobre la falsificación quería empezar hablando de estas entrevistas, porque en Suiza no conocen el tema. Nunca pensé que se seguiría hablando de ellas, de esas entrevistas inventadas, las hice por salvar mi empleo. Por aquel entonces yo tenía dieciocho años y al entrar en Fotogramas me encargaron que tradujera una entrevista muy especial a Marlon Brando, les había costado mucho dinero comprarla, porque Brando no daba casi entrevistas. No quise decir que no sabía inglés por miedo a que me despidieran, por lo que me la inventé entera. Y luego me acabé creyendo que la entrevista era así, que Marlon Brando realmente había dicho aquello que yo le hacía decir, porque en un bar escuché una conversación diciendo: «¿Has oído las estupideces que dice Marlon Brando en Fotogramas?». Y yo pensé, ¿qué estupideces? Para mí eran ideas maravillosas. Luego hubo una segunda entrevista con el bailarín Nureiev, otra con Patricia Highsmith, otra con Anthony Burgess, el de La naranja mecánica… Iba inventándome las entrevistas para la revista. Trasladé esa costumbre silenciosa de la entrevista inventada a La Vanguardia. Durante un tiempo me dediqué a esto, sin saber que no estaba bien hacerlo. Yo actuaba por pura necesidad, porque no me quedaba otro remedio que actuar de esa forma sino quería salir perjudicado de todo aquello y que me despidieran. Mataba por necesidad, ¿me entiendes?

Como Tom Ripley.

Exacto. Ripley mata, pero mata siempre por necesidad, porque está tan acorralado que o mata o le detienen. Y en mi caso fue siempre por necesidad. Al saberse que había hecho esto, se empezó a comentar —sobre todo en Francia—, y surgió la idea de que con estas entrevistas había aprendido a fabular, a inventar. Es difícil saber si realmente aquella máquina de escribir de Fotogramas pudo alimentar esto, me gustaría que hubiera sido así, sería bonito, pero casi nunca estoy seguro de nada. Lo cierto es que yo lo hacía convencido de que era algo más que legal y natural. Pasaría mucho hasta que me explicaran que era incluso delictivo.

Le he escuchado decir que no le interesa analizar sus libros de forma individual, sino la obra en conjunto.

Sí, pero pienso que esto no lo podría haber dicho hace veinte años. Ahora sí, porque realmente hay mucha obra y abarco más que antes.

¿Y en qué momento toma conciencia de eso, es decir, de que toda su obra tiene una línea en común? ¿Después de Impostura o más tarde?

Más tarde. Sería después de Doctor Pasavento, creo que cuando escribo  Exploradores del abismo. Este es un libro que ya recoge cosas que estaban latentes en libros anteriores y, sin darme cuenta, empiezo a enlazar con ideas de libros anteriores. Eso pasa porque ya tengo detrás una obra que me va dictando quién soy yo, aunque en realidad no llegue nunca a saber quien realmente soy, lo que me lleva a seguir escribiendo pensando que algún día lo sabré. Y así hasta hoy.  Todos vamos dando vueltas alrededor de unos pensamientos, de unas cuantas ideas y obsesiones que se van mezclando y cambiando. Es difícil de explicar. Y más aun en un lugar como éste, en un bar chino al aire libre. Ezra Pound se dirigió a todos los escritores para darles el consejo de que lo importante es hacer algo nuevo. Yo creo que eso es una equivocación total. ¿Qué tiene de interesante que algo sea nuevo? Si es muy bueno, perfecto, pero no es bueno por el hecho de ser nuevo. Es como si compras un reloj porque es nuevo. A lo mejor el reloj anterior era mejor. Yo trabajo bastante con todo mi pasado. También con el pasado de la literatura, a pesar de que no recuerdo nada. Y, si casualmente invento algo nuevo, lo hago porque surge de la combinación de lo que he hecho, lo que demuestra que de inventar algo nuevo nada de nada. Lo ideal quizás sea lo que hacía John Cage, que sintonizaba veinte emisoras de radio al mismo tiempo y con todos los sonidos mezclados componía una nueva música. Él decía que era «radicalmente no original». Yo he trabajado con citas por mil motivos, pero a la larga ha predominado la conciencia de saber que no hay nadie original, y de alguna manera he combinado textos y fragmentos de otros para encontrar otras posibilidades a los textos. No es que quiera justificar  las citas, eso sería absurdo cuando éstas cada vez tienen más peso en mi trabajo. Algún día escribiré una novela sobre un archivero de citas, ya verás.   Creo que todo sale de algo, no de la nada. Y si todo sale de algo, lo voy recogiendo, combinando y van saliendo los libros.

Dijo que nunca había encontrado un escritor que se pareciese tanto a usted como Bolaño.

No exactamente. Dije que congeniábamos en cuanto a lecturas e intereses literarios y estábamos muy de acuerdo sobre quiénes no eran escritores. La gente luego se cabreaba mucho porque nos decía que cómo lo sabíamos. Teníamos muy claro quién era un funcionario de la literatura y quién era el escritor que da la vida por lo que hace. Ahora no está muy de moda este romanticismo. Roberto recordaba que los escritores de Madrid le habían ignorado años y años y estaba bastante resentido en el buen sentido de la palabra. En mi caso era parecido. El mundo de Bolaño era la poesía y la generación perdida, que son las dos claves de Los detectives salvajes. Yo también pertenezco a una generación perdida y de alguna forma conectaba mucho con él. Me atreví a discutirle levemente Los detectives salvajes. Yo como escritor tenía la impresión de que la estructura de ese libro se podía agrandar por un lado o estrechar y hacerla más breve. Es decir, que era elástica. No creo que esto fuera un reproche. Pero cuando se lo dije me dijo que no de un modo muy radical, que aquello era exactamente lo que quería. Supongo que él pensaba que no faltaba ni sobraba nada.

Discutir con él era lo normal. Siempre llevaba la contraria. En su última entrevista la entrevistadora le dijo: «Usted siempre lleva la contraria, ¿verdad?», «No señora, no llevo la contraria». La última vez que le vi hacía tiempo que no nos veíamos y quería que todo fuera bien, así que le dije algo en contra de Bush. Uno dice algo contra Bush y sabe perfectamente que el otro va a estar de acuerdo. Me contestó: «Bueno, no creas…». Bolaño era una persona que tenía ansiedad por discutirlo todo. Las obras que más me gustan son Los detectives salvajesEstrella distante y finalmente la ambición  literaria que hay en 2666.

La ambición de 2666.

Sí, la idea que tanto ha calado en muchos narradores contemporáneos de abarcar el mundo y el caos, ¿no?

¿Y a usted eso no le inquieta? La idea o necesidad de escribir un libro total.

Bueno, he terminado uno en el que trato de abarcar la historia de la literatura.

Dice que pretende llegar a la verdad a través de la ficción.

Lo he cambiado, ya no digo «la verdad», digo «la realidad», creo que se adecua más a lo que quería en realidad decir y que era «acercarse a lo que es cierto o es verdadero», que viene a ser lo mismo.  .

(Se interrumpe la entrevista porque se acerca un hombre a pedirle un autógrafo).

¿Esto es algo habitual?

Bueno, no mucho, pero hay un porcentaje alto de posibilidades.  La gente cree que es gente comprada previamente por mí para simular que firmo autógrafos.

Usted dejó de beber alcohol por una enfermedad. ¿Las drogas o el alcohol pueden ser determinantes en la obra de un escritor?

Sí, seguro que influyen, al igual que influye el buen tiempo. En mi caso sí que influía, pero no se puede escribir borracho. Materialmente es imposible. Tú puedes beber tres copas, pero si te tomas cuatro whiskies más no se puede dar a las teclas. Si escribía a mano las ideas tampoco estaban ahí. No se puede. Ahora, de la experiencia de la bebida surgen muchos movimientos mentales. Hay una idea de libertad. Las ideas nocturnas apuntadas a última hora de la noche por la mañana no tenían nada de geniales. Eran absurdas. No tenían ninguna posibilidad. Era la lucidez falsa que a veces tiene uno. No me arrepiento de ninguna etapa ni de la otra. Creo que está muy bien compensado. Sigo siendo el mismo, que es lo que se da cuenta uno cuando deja de beber. Las mismas cosas están ahí, por mucho que uno crea que han cambiado. El talento que tenía es el talento que tengo ahora. Otra cosa es que el alcohol haya ayudado en momentos puntuales para ir más lejos en la noche y quizá ver más cosas. Pero, ¿qué gano con ver más cosas?

Cuando deja de beber, ¿su escritura se vuelve más compacta?

Sólo sé que  ha sido una aventura enorme empezar a pensar de otra forma y pensar mejor. Cuando estás tan alcoholizado estás en una nube. Al principio era más complicado porque tenía miedo de haber perdido el atrevimiento de Doctor Pasavento. Si escribiera ese libro con la serenidad actual quizá lo hubiera estropeado. La gracia deDoctor Pasavento es que tiene trozos que dices «pero qué tío, ¿cómo es que se extiende tanto si tendría que saber esta digresión sobra…». Pero un defecto a veces puede ser algo que está bien. Cuando lo presenté en Anagrama, Herralde me aconsejó que lo acortara y yo le dije que ni pensarlo. ¿Por qué? Porque sabía que si  quitaba “algo” estropearía cualquier conexión que había de ese “algo” con otro “algo” del texto.

Hay puntos de genialidad que pueden desaparecer sin el alcohol, pero se gana más calibrando las posibilidades. Rindo más ahora. La cabeza está más organizada. Es difícil explicarlo. Añoro solamente del alcohol —y eso que han pasado diez años— las noches sin límite. O sea, perderse. Perderse dos o tres días. Por eso Doctor Pasavento es así. Tenía la nostalgia del combate, me sentía en las barras de los bares como un combatiente de la noche, un marginado y un tipo muy interesante. Pero claro, el resto no me veía así. Lo más interesante era la necesidad de jugársela. El atrevimiento lo he tenido siempre. Eso sí, al no haber alcohol no hay huida en el sentido de perderse de repente y tener la coartada de no haberse dado cuenta. Era muy extraño todo. Por poner un ejemplo, me acuerdo de una tarde que me había emborrachado ferozmente solo en mi casa a base de vodka. Aquel día yo era como un soldado ruso en su casa con el proyecto de descansar. Me pensaba a mí mismo como un soldado ruso, amigo de Tolstoi. De repente llamaron al timbre y apareció Javier Cercas en casa. Por aquella época nos veíamos bastante porque nos acabábamos de conocer. «He venido a buscarte para llevarte a la fiesta del premio Tusquets», me dijo, y no se dio ni cuenta de que yo estaba borrachísimo. Estuve engañando con mi actitud, porque el vodka te regala una especie de sobriedad impecable. Una vez en la fiesta él se dio cuenta de que estaba muy borracho, porque cada vez que me acercaba a un grupo de personas  todas se apartaban en el acto.  Y no me extraña. Un soldado ruso en una fiesta de Tusquets…

 

Lee la entrevista completa en El oficio del escritor.

Entrevista realizada junto con Leticia Ybarra. Ilustración: Susana García.

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