Madrid (I)

Z. te dice por Facetime: “Es raro. En Madrid piensan que soy de una forma, pero aquí de otra distinta. ¿Por qué crees que es eso?”. A Z. le encanta hacer preguntas retóricas que tú siempre contestas y, hasta pasado un tiempo, no te das cuenta que si son preguntas retóricas no tienen respuesta.

Al llegar a Madrid lo primero que haces es leer El golpe posmoderno, 15 lecciones para el futuro de la democracia, de Daniel Gascón. Está muy bien. Tiene páginas memorables, sobre todo porque destapa todo el procés en Cataluña sin un gramo de nacionalismo español. Debería ganar el Premio Nacional de Ensayo. El capítulo dedicado a las identidades es el mejor:
“El discurso identitario acaba por negar lo que tenemos en común: la idea de que nuestras experiencias son comunicables, de que podemos entender la alegría o el dolor de los demás. En la mentalidad identitaria no juzgamos a las personas por lo que hacen sino por lo que son. Así, nos parece que alguien no merece un castigo porque piensa como nosotros, desconfiamos de quien intenta ayudarnos si no comparte nuestra autodefinición o desdeñamos el sufrimiento de aquel a quien designamos como diferente. Es un error perceptivo y moral encerrar a los demás en una sola identidad. Pero también es un error dejarnos atrapar en una sola identidad, en una única dimensión”.

En el siglo XXI nos encontramos ante el juego de las identidades. “¿Quién soy yo?” “¿Hacia dónde voy?” “¿Qué se supone que he de hacer con mi vida?” La moral cristiana y las ideologías tenían sus respuestas. Y ahora, ¿qué tenemos? Podemos pinchar en Instagram y ver stories infinitos. Sinceramente, no parece que esto sea peor.

***

Por la tarde, vas al Círculo de Bellas Artes a la conferencia de Mark Lilla, que viene a España. Convences a Tristán para que vaya contigo y quedas allí con él. Llegas más pronto de la hora. Sales del metro de Banco de España y te sientas a leer en un banco, al lado de una pareja joven que se está metiendo mano.

A los cinco minutos, un tipo con gafas se acerca y dice: “Hostia, has vuelto”. Es Jaime. Va con un amigo mexicano, que acaba de llegar hoy. Le preguntas qué hace aquí: “Mañana me voy a París. Después, a más ciudades europeas”. Habláis un poco sobre México y le preguntas si viven amigos suyos en todas las ciudades a las que va.

-Sí. Bueno no. Es que en Atenas he quedado con mi novia.

“¿Pero tienes novia?”, se sorprende Jaime ante su amigo. “Sí, es una chava que conocí en Nueva York”. Cuando Jaime te pregunta qué haces sentando en un banco, le cuentas que estás esperando a Tristán. Te hace gracia la coincidencia, porque a Jaime te lo presentó él. “Vamos a una conferencia”. “Ah, vuestras cosas de intelectuales”. Como queda poco para que empiece la conferencia, llamas a Tristán para preguntarle dónde está. Justo cuando cuelgas, ves caminar algo distraído a Ricky. Le das la mano y él te da un abrazo. “No sabía que ya hubieras vuelto”. Se presenta a los otros dos, pero ellos dicen que se van. Antes de irse, Jaime suelta: “Bro, pues a ver cuándo nos vemos y la liamos to parda ahora que estás en la city. Venga bro, nos vemos, y no le deis mucho”, termina, haciendo un gesto con las manos, como si se bebiera una botella de un trago.

Ricky también va a la conferencia de Lilla. “Si alguien ha conseguido que en España se lea a Mark Lilla es Letras Libres”, te dice, no sin antes preguntaros cómo os va. Le felicitas por la entrevista que ha hecho a Michael Ignatieff, que es muy buena, y después de hablar un poco de todo quedáis en veros arriba.

Cuando subís, Tristán mira con los ojos bien abiertos al público. Parece un sapo. La mayoría son hombres en traje. Le explicas quién es Daniel Gascón, que presenta la conferencia y es el traductor de Mark Lilla.

La conferencia está muy bien. Lilla hace hincapié en lo mucho que se ha alejado la élite de izquierdas americana del pueblo. Habla muy claro y tiene ideas valiosas. A veces tú crees que idealiza el pasado. Él cita a Reagan y pone ejemplos (que tampoco te convencen). En el turno de preguntas piensas qué puedes preguntarle y no se te ocurre nada. Cuando dicen last question levantas la mano. Formulas primero la pregunta en español en tu cabeza:

“¿Cómo debatir contra alguien que se refugia en su identidad como algo inexpugnable y a la que tú, por tus circunstancias biológicas, sociales o culturales, no tienes acceso? En España pasa, por ejemplo, con Cataluña. Alguna vez me han contestado: es que tú no lo puedes entender porque no eres catalán”.

La traduces al inglés simplificando mucho y, cuando te llega el micrófono, empiezas a titubear. Intentas encontrar las palabras pero te quedas en blanco. Todo el mundo te mira. Acabas formulando una pregunta horrible, tartamudeando y pareciendo un facha que quiere sangre independentista. Su respuesta empieza con un “Boy” que te llena de rabia.

Otro ridículo. Pero no pasa nada. Si uno no sabe hablar en público, la mejor forma de aprender es hacer unas cuantas veces el imbécil.

***

La vuelta a Madrid ha sido reconfortante. Tristán ha vuelto con Isabel y se les ve muy felices.

Ayer te llamó X. de XX. para hacer prácticas en verano en la redacción. Era una llamada que no te esperabas. El lunes tienes la entrevista.

Por la noche, cenas con Jacobo y Paola en un italiano. Bebéis dos botellas de vino para celebrar el encuentro y, después, vais a casa de ella. Está lleno de gente. Hay muchas chicas, pero también unos tipos gigantes. “Son jugadores de baloncesto”, te explica. Gritan y se mueven con grandes aspavientos, a la vez que sujetan un vaso de tubo ridículamente pequeño para la mano que lo sostiene. Hay uno que parece el capitán, El Gran Gilipollas.

Acabas discutiendo con una chica que se había alegrado mucho por que supieras qué significaba TAC, las oposiciones que se está preparando. Hablaba de Cuba, (“ya no me creo lo que dicen los medios sobre Cuba”), del capitalismo sangriento o de lo mala que es la Unión Europea. Intentaste tender puentes, pero fue inútil. La discusión pronto se volvió patética.

***

Leo esta frase de Elias Canetti en El desprecio de las masas, un librito provocador, sugerente y mordaz de Peter Sloterdijk: ”Para todo aquel que se considere apegado al tema de la emancipación, el ascenso de las masas a la categoría de sujeto ha de resultar una ofensa de desagradables repercusiones”.

Sloterdijk más tarde habla de un “contenedor de frustraciones”. Me encanta la expresión. Me recuerda inmediatamente, aunque no tenga nada que ver, a aquella vez que pedí salir a una chica en el colegio y me dijo que no. Puse en mi Tuenti un estado que era: “Frustado” y mi hermano se rio porque lo había escrito mal.

***

La entrevista con X. en XX (parece un sitio porno, pero es un periódico) ha ido bien. La redacción es bastante grande.

Había momentos, al responder algunas preguntas, que contestabas con ingenua sinceridad, como si te olvidaras que estuvieras en una entrevista. Cuando te dabas cuenta de ello te invadía una sensación de perplejidad. Le impresionó mucho La Mecha, pero a cambio apenas te preguntó por la Embajada.

Después, recoges a Tristán en su casa. Pronto tenéis la sensación de que os aburrís los dos solos. Desde que has vuelto, habéis quedado todos los días. Llamas a Gon y a Miguel para que se unan. El primero no puede. “Voy a tu casa en una hora”, contesta el segundo. Antes de que venga, Tristán te pregunta si escribiste algo sobre la noche del sábado. Asientes con la cabeza. “Léemelo”. Tan solo lees la primera parte. Cuando describes a Isabel, Tristán te pide que lo repitas varias veces. Llama a su novia.

-Tienes que venir. Carlos ha escrito sobre ti.

Viendo las caras que pone Tristán parece que ella desconfía, pero acaba convenciéndola. “En 20 minutos está aquí”. Justo cuando cuelga llega Miguel y, como no tiene tabaco, Tristán se va a comprar al bar de enfrente. Mientras Miguel se ducha, aprovechas para releer la historia completa en tu cuaderno, por si acaso escribiste algo sobre ellos que no fuera a gustarles. No hay nada, salvo un par de líneas demasiado pretenciosas que tachas.

No tarda en llegar Isabel. No trae nada para beber y las cervezas se han acabado, así que bajan a comprar más. Cuando vuelven, Isabel te pide que leas la historia. Te opones, pero ligeramente, y Tristán insiste. Miguel no entiende nada. “Carlos ha escrito un relato sobre nuestra noche del sábado”, le explica Tristán. Empiezas a leer:

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“Es sábado y estoy cansado, sin ganas de hacer nada por la resaca. Tampoco tengo que hacer nada. Así son las vacaciones. No sé si ir a la fiesta de Víctor, quedar con Nacho y Ana o esperar la llamada de Tristán, que al final siempre me acaba proponiendo algo. Efectivamente, 20 minutos después me llama. “Vente a Lavapiés, vienen amigas de Isabel”. Me ducho y cojo el cercanías, que me deja en Atocha. Al salir, veo como una señora vieja se tropieza y se cae al suelo. El pañuelo que llevaba atado al cuello se le ha subido y enganchado a la diadema. Toda su cara está tapada, como si fuera un cadáver. La otra señora que le acompaña le ayuda a levantarse, y yo sigo mi camino. De golpe, me empiezo a sentir mal por no preguntarle si se ha hecho daño. Pero, al igual que cuando dudo sobre si dar limosna o no, acabo justificándome pensando que ya es demasiado tarde para darme la vuelta.

Cuando llego están los dos bebiendo vermú, y me rio. Él tiene puesto un ponche (que dice que es boliviano). Ella me enseña un montón de vinilos de la Movida. “Los hemos comprado en casa de un argentino y una italiana de 30 años, que se marchan de España y querían deshacerse de todo”. No entiendo nada, así que me cuentan la historia los dos, alternando explicaciones, como si ya la hubieran narrado varias veces.

Ayer fueron al Huerto de Lavapiés a escuchar el último disco de los Arctic Monkeys, que acababa de salir. De repente, Tristán se levantó. “Me voy a dar un paseo”. A los diez minutos volvió.

-Nos hemos quedado encerrados en el huerto.

Isabel no se lo cree y va a comprobarlo. Efectivamente, no hay nadie en el parque y han cerrado por fuera.

En vez de preocuparse, se pusieron a escuchar música y a bailar. “Podíamos aprovechar el huerto para nosotros solos”, explicó ella. Cuando se cansaron, a las dos horas, llamaron a la policía. Antes de que llegasen, ya de noche, una pareja les vio desde fuera. Ellos les explicaron a gritos por qué estaban encerrados. Aunque la puerta era muy alta, el hombre saltó en unos segundos y les ayudó a volver a la calle. Isabel y Tristán, agradecidos, les ofrecieron invitarles a unas cervezas. Ellos aceptaron y contaron su historia de amor. Se conocieron en un bar de La Latina y a los seis meses se fueron a vivir juntos. Ahora, después de 5 años en Madrid, se van a vivir a Argentina.

-Mañana organizamos un mercadillo para vender todo lo que tenemos en casa. ¿Os queréis venir? Haré empanada argentina-, les dijo el hombre.

¿Pero tú tienes tocadiscos? Le pregunto a Carmen una vez que han terminado de contar la historia. “No, ¿pero qué más da? Ya me compraré uno”, responde, encogiéndose de hombros. En la genuina gracia de su respuesta atisbo un control absoluto de los acontecimientos, como si le gustara anticiparse a los hechos y deformarlos a su antojo”.

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Continúas leyendo la historia. Isabel y Tristán escuchan con atención. Es comprensible. Al fin y al cabo, ellos son los protagonistas. Miguel atiende callado. Según en qué fragmentos, la pareja se ríe y hace comentarios.

Amagas con dejar de leer, pero ellos te obligan a que sigas con la segunda parte. Tu lengua ya no funciona bien, más por el efecto de la cerveza que por los nervios. Cuando terminas resuena en toda la casa la última frase como si llevaras horas leyendo:

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“Tristán dice que no puede beber más y nos deja a todos con la sensación de que la noche se ha acabado. Alguien bosteza. Pongo por última vez ‘Tú que vienes a rondarme’, la canción que tanto le gusta a mi amigo. Sorprendentemente, él se disculpa y se va al baño, pero unos minutos después aparece cantando, con dos litronas más de cerveza”.

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Las impresiones son positivas. Los tres se tiran un rato hablando sobre las posibilidades narrativas del relato. Miguel dice que podrías narrar la historia del día de hoy e introducir dentro esta historia y, así, ad infinitum. Tú evalúas su entusiasmo. Es evidente que son buenos amigos. Pero, al mismo tiempo, la lectura ha dejado en ti un poso optimista. En la historia todo es movimiento. Apenas hay descripciones. Las pocas que hay no ralentizan el relato. Sales de tu silencio, dispuesto a arrebullarte entre las sábanas de tu ego: “Lo que más me gusta es el final porque no es el final de mi noche, sino el final del relato”.

Al día siguiente, Miguel y tú os levantáis a las 9:30. Bendito martes de fiesta, te dice. Coges el móvil. Tienes cinco whatsapps de Tristán. “¿Despierto? Ábreme, estoy en tu portal”. “Estas son las típicas cosas que hace Tristán”, le dices a Miguel.

Más tarde vais Tristán y tú al Matadero, a escuchar a Tulsa. Yo iré más tarde, dice Miguel. Coméis un bocata de calamares. “Ojalá no me encuentre a nadie”. Obviamente se equivoca, porque conoce a medio Madrid. Escuchamos el concierto de Tulsa. Sale sola. Cuando acaba de tocar Oda al amor efímero, Tristán grita: “¡Es un himno! Es el himno de toda una generación”. La gente de alrededor se ríe.

Hacéis tiempo hasta que viene Isabel con sus amigas y un amigo. Este último cuenta algo insólito: acaba de llegar a Madrid y al día siguiente tiene un vuelo a primera hora a Los Ángeles. Se va con un amigo al que le ha tocado un sorteo con un viaje todo pagado para dos personas para probar un videojuego.

Entre las amigas de Isabel hay una chica francesa negra que está haciendo su Erasmus aquí. Habla muy bien español y es muy maja. A los pocos minutos de reuniros todos, otra chica, que es amiga de una amiga de Isabel, dice:

-Qué lejos está El Matadero. Además, yo no viviría aquí ni de coña, está lleno de guachupinos.

Después, cuando alguien pide un mechero, esta misma chica racista saca uno con la bandera de España. Tristán, Miguel y tú os abrazáis y gritáis ‘Viva Colombia’, porque unas mujeres están repartiendo panfletos sobre un político del país sudamericano.

Tocan varios grupos random, viene gente y se va, formáis un montón de basura en el centro del círculo que prometéis tirar. Se hace de noche y Miguel propone ir a la Plaza Mayor a un concierto gratuito de El Cigala. Por muchos amigos que haya alrededor, da la sensación que deciden siempre los mismos. Os miráis y decís que vale. En el metro tú no paras de preguntar a Tristán por una chica que os habéis encontrado y te gusta.

Cuando llegáis, la plaza está llena y los policías han cortado los accesos. No se puede entrar. Miguel se lamenta porque tenía muchas ganas de escuchar al Cigala. Mientras se decide qué hacer, Isabel y Tristán discuten. Miguel no se entera y piensa que Tristán está triste porque no ha podido escuchar al Cigala. Decidís que es mejor que cada uno se vaya a su casa. Quizá sea mejor así.

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Autor: Nigel Van Wieck.

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