Madrid (II)

Llegas a casa de Jacobo. Sus amigos están bebiendo cerveza y viendo el Mundial. Es un buen plan. Te presenta, aunque ya conoces a todos: “Este chaval escribe un diario… en primera persona. ¿O es en tercera?”. Niegas con la cabeza. “Es en cuarta”. Vaya gilipollas estás hecho, contesta.

Cuando acaba el partido de Portugal os ponéis a beber ron. Llega un desconocido, amigo de Óscar, que también vive en el piso. Jacobo va bastante borracho y no parece que le haya caído bien. Le pregunta dónde trabaja. Cuando dice el nombre de su empresa, Jacobo responde: “Pues vaya mierda”. Se crea un poco de tensión. Óscar se lo recrimina y Jacobo se encoge de hombros. El amigo te da un poco de pena, porque en vez de contestar, se calla. Después intenta justificar la respuesta, hundiéndose en su propio patetismo. “No te preocupes, Jacobo siempre dice que él es un esclavo del sistema”, le animas.

Alguien cambia de tema rápido: quieren salir de fiesta. Jacobo te lleva a su habitación para prestarte una camisa. No te apetece, pero acabas cediendo. Cuando os quedáis solos en el cuarto, le preguntas por qué ha sido tan borde con el tipo. “Es un facha de mierda”, dice, y os reís juntos, como dos amigos que han compartido tantas historias que apenas hacen falta unas pocas palabras para entenderlo todo.

Vais a la discoteca en taxi. Tú te montas en el segundo, con dos amigos y el tipo nuevo. Cuando llegáis, este último saca la tarjeta y lo paga. Le ofrecéis tres euros cada uno. Él dice que no. Insistís, pero él agita la cabeza de un lado a otro y suelta: “Un español tiene la obligación de invitar al taxi a otro español”.

                                                                       ***

Os despedís rápido. “¿Tú hacia dónde vas?”, le preguntas, en una esquina de Lavapiés. “Para arriba”, contesta. “Yo para abajo”. Ella toma la iniciativa y os dais un abrazo que dura un par de segundos más de lo habitual. Cuando os zafáis de la maraña de brazos, os miráis. Para que no se haga incómodo y estropee el divertido reencuentro, le deseas suerte en el examen. “Suerte también a ti en el trabajo”, dice ella. Te pones las gafas de sol y le contestas: “No la necesito”.

Desciendes la calle Embajadores, pensando cuándo os volveréis a ver y qué le habrá parecido esta última frase. Ha sido la primera estupidez que se te ha venido a la cabeza para evitar el silencio, que es cuando surgen las preguntas más incómodas.

                                                                       ***

“Esta mañana me he terminado Limonov, de Carrère. Creo que, después de El adversario, es su mejor obra. Qué bien maneja la autoficción. Le da mil vueltas a El impostor, de Cercas (un libro que podría tener 300 páginas menos). El rollo sentimentalista de contar tu vida mientras narras la de otro no me gusta, aunque Carrère sostiene el equilibrio muy bien”.

                                                                       ***


Quedas con Juan en Tribunal y vais al 2 de Mayo a beber cerveza. Reconoces a una chica y te quedas parado a un par de metros, tratando de recordar su nombre. Tartamudeas: “¿…Julia?”. Ella no te escucha, pero sí uno de sus amigos que te mira con desdén y te dice que te has equivocado. Que te pires. Ella desvía la mirada y al cruzarla con la tuya, exclama: “¡Qué tal! Soy Sofía, del festival”. “¡Ya me acuerdo! Perdón por equivocarme, tengo otra amiga que es igual que tú”. A ella no le sienta mal, le encanta el malentendido.

Ha estado hace poco en el Primavera Sound. A ratos la conversación parece un vídeo de Pantomima Full: “Father John Misty está guay, pero flipé con el directo de Blaze”, “Qué envidia que escucharas a Belle and Sebastian…”, “¿Fever Ray?” “…Nah, en directo no valen tanto”, “¿Y viste a María Arnal?”, “No tío…”.

Cuando no da más de sí, os despedís y ni siquiera fingís que tenéis que quedar un día para veros.

Juan busca en google maps a un amigo que le ha pasado su ubicación en tiempo real. “Está ahí, detrás de esa esquina”. Va con otros tres tíos. Están bastante borrachos. Eso lo hace todo más fácil, porque son muy majos y divertidos.

El amigo de Juan no tarda en presentar a uno de sus amigos como “el puto amo”. “¡Ha sido nominado al Goya al mejor actor revelación!”. Juan pregunta por qué película:

-¿Conoces Selfi?

-Sí, me suena. ¿Dónde la puedo ver?

-En Filmin, en Yomvi… es muy difícil descargarla. Así que si no tienes Yomvi no sé dónde la puedes ver.

-Tengo Filmin-, respondes tú.

No te oyen y siguen hablando de lo difícil que es descargársela cuando está en Filmin. Repites que tienes Filmin hasta que te escuchan. “¿En serio? Ni el 1% de esta plaza sabe lo que es”. ¡Vaya comentario de snob! Le dices a nadie.

Todos viven en un monólogo continuo, en el que cada uno retoma la broma donde la ha dejado el anterior. Es un grupo de amigos normal que siempre se está riendo.

En la plaza del 2 de Mayo han tirado unos cartones y encendido una hoguera por la noche de San Juan. Se arremolinan 200 personas alrededor. Algunos corren y saltan por encima. Al principio lo hacen muchos, pero después casi siempre son los mismos. Dos jóvenes con chándal y gorras hacia atrás arrastran palés para avivar el fuego. Suenan aplausos.

Un vagabundo borracho cruza la hoguera andando descalzo y se intenta sentar en medio de las llamas. Se oyen gritos y sale una chica corriendo a sacarle de ahí. Más adelante llegarán los bomberos, pero no harán nada. “Que boten, que boten, que boten los bomberos”.

Juan y su amigo están apartados, hablando y recordando historias suyas. Como tampoco quieres ser muy pesado con el resto, que acabas de conocer, te pones a mirar a la gente, que a su vez mira el fuego. Intentas escribirlo todo en tu cabeza. Cuando te acuerdas que estás borracho y se te va a olvidar, grabas un audio de voz describiendo lo que ves.

Pero pronto te aburres y vuelves al grupo. Ha llegado un chico nuevo, Lalo. Su rostro te resulta familiar. Es la persona más graciosa que has conocido nunca. En uno de los bares, le preguntas: “¿Yo te conozco de algo?”. Él responde, tímido: “Puede ser. He hecho cosas con Ignatius y he salido en Ilustres ignorantes”. ¡Ilustres ignorantes! Ahí, ahí.

En otro viaje al chino a por cervezas, Juan te pregunta qué tal en tu primera semana en el periódico. Su amigo, al escuchar dónde trabajas, te dice: “¿En serio? La exnovia de Santi también curra de periodista allí”. Te acercas a él y le sueltas: “¿Quieres que le cambie las comas de sitio?”. Él no ha pillado la broma o no le apetece, y se pone a contarte lo bien que se lleva con todas sus ex. “No, no, no… si es mi amiga. Mis exnovias siempre son mis amigas”.

Es con el único que parece que no has conectado. Lo pillas cuando unas chicas se acercan al grupo a convencer a nuestro gran actor para que salga de fiesta a Ocho y medio. Al principio, él se niega. Ellas buscan apoyos. Te preguntan a ti. “Yo me animo a lo que sea”. “¿Lo ves? Tú amigo quiere ir a Ocho y medio”. Santiago levanta la cabeza y responde, muy serio: “Él no es mi amigo”.

Cuando se soluciona el malentendido, esta misma chica dice: “¿Pero por qué vais con este chico? Parece que acaba de salir del colegio”. Te acercas a su amiga y le preguntas al oído por qué sale de fiesta con ella. Con la nariz que tiene y lo bajita que es va a tirar todas las copas de la barra de la discoteca, susurras.

Pero es mentira, no lo haces, tan solo levantas la cabeza, miras a las chicas, sonríes y sueltas una broma sobre tu cara de niño, destacando que ya has acabado la carrera (que ni siquiera es cierto).

Las calles se vacían pero los pocos que quedan gritan más. Aunque desaparece Juan, su amigo insiste en que salgas con ellos a Ocho y medio. Sois cuatro. Cuando entráis, los tres se ponen a hablar con chicas que ya conocían de antes. Tú te quedas solo. No sabes si van a hablar con ellas 5 minutos o 5 horas. Miras a los lados, con la esperanza de reconocer a un amigo entre la multitud. No ves a nadie, así que bebes despacio la copa, para hacer tiempo.

Como no sabes qué hacer, saludas a la chica de al lado. “Hola”. “Hola”, contesta ella. La situación es estúpida, así que te largas de la zona. Cuando llegas a la barra, el dj pone ‘Ni una sola palabra’ y decides que es hora de volver a casa. Sales y hay un taxi esperándote. Nada más subirte al coche, se te ocurre escribir un mensaje a una chica.

En ese momento, hablar a alguien a las tres de la mañana te parece una idea magnífica. Desaparecen los inconvenientes. “¡Qué buena idea! Seguro que mañana querrá verme”. La euforia se desata en ti. Es un mensaje poderoso, repleto de literatura. Te dan ganas de palmotear al taxista, decirle que ojalá fuera tan inteligente como tú.

Llegas a casa y te metes en la cama. Antes de dormirte, te acuerdas del mensaje y te quieres levantar a mirar si ha contestado, pero te quedas dormido de lo borracho que vas.

Cuando te despiertas al día siguiente, no necesitas mirar el móvil para cabrearte contigo mismo y repetirte que nunca más lo volverás a hacer.

                                                                    ***

“Nueva regla: si alguien me pregunta algo pero la conversación se desvía, no recordarle nunca lo que yo le estaba contando. Si esa persona no vuelve al tema, es que no le interesa”.
Escape oil on panel 20x24

Artista: NIGEL VAN WIECK.

Anuncios

Un comentario en “Madrid (II)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s